viernes, 9 de abril de 2010

CORRUPCIÓN

Corrupción

Radiografía de un Círculo Vicioso


Tres Car
¿Solución?

FRASE

La miseria no es causa de la inmoralidad,
sino su efecto

Carlyle

I

I





En Viena, una de las canciones de protesta de los años setenta repetía el estribillo der Mensch ist eine Sau, esto es, “el hombre es una marrana”. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios fue también dotado de una capacidad inagotable de autodestrucción y empezó a descender, casi desde el comienzo, por abismos insondables.
Ese arrogante iluso pertinaz, que en su incorregible megalomanía se cree con poderes superiores, se miente y le miente a sus congéneres al afirmar que puede desentrañar el universo físico y el metafísico, cuyo misterio, peso y dimensiones confunden su cerebro de apenas unos pocos gramos y lo apabullan. Su egolatría lo empujó a tener que demostrar su imaginaria superioridad.
Primero, tuvo la necesidad de apoyarse en un ser superior tras el que pudiera resguardarse de sus miedos y que le sirviera de explicación a lo que él no podía explicar. Había descubierto a Dios, no por su inteligencia, sino, porque Él se dio a conocer.
Todo parecía ir satisfactoriamente, hasta que ese homo sapiens quiso explicar a Dios, y lo que es peor, trató de apoyarlo inventándole unos atributos a su conveniencia y hasta llegó al exceso de la arrogancia y de la mentira, que puso en boca de Dios lo que Él nunca dijo.
Siguiendo por ese mismo despeñadero, el hombre invirtió los papeles y pasó de creatura a creador.
El hombre-creador empezó a inventar dioses a la medida de sus miserias. Los avaros codiciosos, siempre cobardes, concibieron un dios cruel, implacable y vengador, pero sólo con sus enemigos; otros, no contentos con uno sólo, ingeniaron y engendraron dioses lascivos, dipsómanos, glotones, derrochadores, celosos, violentos…
Algunos llegaron al colmo, que hasta pusieron a descansar a Dios.
Como si fuera poco, apareció en escena un inválido espiritual que llegó al extremo de matar a Dios.
Esa creatura hedonista, sin espíritu de lucha, desechó al Dios bueno que le había infundido cosas buenas, la ley natural y sentó así bases sólidas para su propia destrucción.
El hombre que se endiosa es la más grande de las paradojas, pues no hay nada más opuesto y distante de Dios, que un ave de rapiña altanera, que sólo se remonta para poder ver la carroña, que es lo único que la satisface y sustenta; es un microbio infinitesimal, presuntuosamente tratando de abarcar a Dios, que es infinito.
Ebrio de soberbia y de codicia inventó religiones y se declaró ungido. No satisfecha aún su egolatría y proclive a la pereza, puso a trabajar más su imaginación e ideó las colectas, que pronto convirtió en simonías para hacerlas más eficientes y hasta empezó a vender lotes en el cielo por dinero sonante y contante. Nada le importaron los verdaderos ungidos que Dios envía espaciados por siglos, o milenios, sino, que los instrumentalizó y abusó de su liderazgo espiritual en su propio beneficio.
Las masas, salvo contadas excepciones, nunca le creyeron a los voceros de Dios, sino que siempre se dejaron obnubilar por farsantes prevalidos de magias iridiscentes, “maestros” en el manejo del rebaño, que les fueron edificando estructuras religiosas y sociales deleznables, que a medida que crecen se van resquebrajando, pero para evitar que se derrumben, sus beneficiarios las remiendan una y otra vez. Esas trabazones, sólo sustentadas por innumerables cuñas, van agigantándose, haciendo cada vez más peligroso su derrumbe.
Las mayorías prefirieron doblegarse ante los autoungidos o ante los ungidos por los hombres y siguiendo a tan hábiles propagandistas y mercadotecnistas, fueron edificando su propia perdición.
Una sociedad huérfana de caudillos espirituales auténticos, se fue descaminando, no se ejercitó en virtudes y se volvió blandengue, dúctil y maleable.
Los andamiajes sociales y económicos acabaron siendo el reflejo de los morales y es por lo que vemos seres humanos viviendo en contra de la ley natural, de las leyes económicas, de la ley positiva o de las mismas normas de sentido común que deberían orientar a una sociedad que persigue el bien general.
Aunque el hombre haya sido castigado por Dios por habérsele querido igualar desde un principio, despojándolo de la coraza que lo protegía del mal, haciéndolo susceptible al dolor y lastrándolo con una libertad que se le convirtió en la generadora de sus problemas, no todos fueron propagándose con iguales predisposiciones para el bien o para el mal.
Esa libertad capaz de arrojar al hombre soberbio y desobediente al abismo, tiene como regulador la conciencia, que actúa de freno o de castigo y es precisamente en la orientación de esa conciencia donde pueden actuar los conductores de la sociedad, para su beneficio o para su perdición.
El estado de cosas que palpamos a principios del siglo XXI, nos demuestra incontrovertiblemente, que los líderes que se han impuesto hasta ahora, han sido falsos. Esos farsantes han podido fácilmente desplazar a los voceros de Dios y han construido a su antojo esa armazón disconforme que es el aparato social que tenemos, y me estoy refiriendo al de todo el planeta, aunque pueda haber marcadas diferencias de forma, no de fondo, entre las distintas naciones.
No hubiese sido posible engañar a toda la humanidad en beneficio de unos cuantos, de no haber mediado un gigantesco aparato de propaganda mentirosa.
El ser humano ha sido impelido con su cómplice indiferencia e ingenuidad a vivir en un mundo contaminado, caótico e injusto.
Las grandes mayorías, o viven anestesiadas, o han perdido la esperanza, porque apenas ahora están empezando a comprobar que no pueden creer en sus dirigentes y, que es imposible enfrentarlos con armas desiguales.
Al prepotente hombre-dios sólo le importan el poder y el tener, y por ellos ha ido tejiendo esa informe colcha de retazos, ese laberinto en que convirtió el aparato social para confundir y dominar. Las armas contundentes que ha empleado con sus semejantes para lograr sus fines, han sido: la desmoralización, el miedo, el hambre, la enfermedad, el chantaje y la esclavitud.
El malvado cuenta con la ventaja de saber que sus víctimas son indulgentes, incapaces de emplear las armas que ellos emplean y que son las grandes mayorías. Son conscientes además de su inmunidad ante una justicia humana que ellos mismos han confiado a jueces venales de su misma condición. Esto está en concordancia con lo que afirmó Platón: Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte.
Habiendo usurpado los puestos de mando de la comunidad, estos gangsters de la política consolidaron un sistema que proclaman bueno y en beneficio de las mayorías, pero que analizado, resulta ser un engaño monstruoso que sólo beneficia los torcidos intereses de sus inspiradores.
Hecha esta corta introducción, queremos reflejar lo que hizo el hombre de su hábitat, visto en los albores del tercer milenio.
El codicioso no se ocupó de transformar, adaptar y poner a producir la tierra que poseía, sino que pensó en cómo beneficiarse del trabajo de otros, y para ello, debió ingeniarse maneras para lograrlo. Empezó entonces a desarrollar armas de ataque que le dieran ventaja sobre las armas defensivas de los pueblos laboriosos y medios para trasladarse. Ensayó con animales mansos y pacientes, como los elefantes, pasando por camellos, asnos y mulares, hasta lograr domesticar el caballo salvaje que le garantizó mayor velocidad y por lo tanto, eficiencia. Luego quiso husmear del otro lado del agua y se valió de troncos de árboles que había visto flotar, hasta que resolvió atarlos y resultó una balsa. Alguien que se puso a limpiar un leño apagado, extrajo carbón del centro y vió que esa cavidad podía servir para enviar objetos sobre el agua y así nacieron las primeras canoas.
Estas generalizaciones simples, que eso son, no pretenden ahondar en disquisiciones históricas, pues no es el objetivo de estas modestas inquietudes, sino, que sólo tratan de subrayar una perogrullada que se debe mantener presente en lo que aquí se presentará, y es la de que unos nacen inclinados a la justicia, mientras otros a atropellar los derechos ajenos. En la naturaleza siempre hay hienas que arrebatan la caza de las otras especies, o simplemente la hurtan con argucia.
Este instinto, con el crecimiento del número de habitantes, debió ir modificando y complementando los medios simples para ajustarlos al aumento y a la evolución de la población.
El violador de los derechos ajenos hubo de constituir para sus fines, alianzas políticas, militares, religiosas…
Sólo fue cosa de tiempo llegar hasta la enmarañada red del actual entramado social, que contradictoriamente es llamado “ordenamiento de la sociedad”. En ese desorden planetario, los distintos grupos sacaron su rebanada y resultaron países, muchos eufemísticamente llamados estados de derecho, y estos agrupados en “organizaciones”, uniones, pactos u otras denominaciones hipócritas de las distintas agrupaciones.
Reza un refrán popular, que “buen pájaro no ensucia el nido”, pero el gran nido que compartimos todos los hombres, se hizo imposible mantenerlo limpio, pues las aves de rapiña no cesan de excretar sobre él.
La definición de Dios que más me lo explica y que le imprime, a mi parecer, el atributo que más lo diferencia del hombre, es la de que “Dios es infinitamente simple”. Estas cuatro palabras encierran un contenido filosófico-teológico inconmensurable. Creo modesta, pero sinceramente, que de esa corta definición se puede derivar todo lo que el hombre es capaz de intuir acerca de Dios: Ese “Ente Infinito”, como lo llamó Fenelón, es por deducción: infinitamente bueno, sabio, justo, perfecto, poderoso y en resumen, le son propias todas las virtudes en grado infinito.
Pero aterricemos y volvamos al hombre. ¿Qué hizo el hombre para alejarse más de Dios? No tratar de imitarlo siendo simple, sino, apartarse de la línea recta, buscando una torcida para hacerlo todo complejo, confuso y desapacible, pues vió que produciendo un caos, se le facilitaba enormemente dominar y explotar a sus congéneres.
Como iremos viendo más adelante, el orden lo transformó en desorden; de la justicia hizo un esperpento de parcialidad e iniquidad; la moral la acomodó a sus intereses y la volvió relativa; arrogantemente ha pretendido aprisionar la sabiduría tras los muros de unas ciencias naturales que él sea capaz de entender; quiso justificar su pravedad atribuyéndole descaradamente a Dios crueldad y venganza; y en lo único que sí quiso imitarlo fue, en convertirse él en un ser poderoso, lo que ha conseguido en dosis humanas, a fuerza de pisotear la ley natural.
¿Sería por ello que Dostoievski parafraseando a Nietzsche puso en boca de Iván Karamázov, que si el diablo existe, lo creó el hombre a su imagen y semejanza?
Aquí hacemos un parón en el camino para enfatizar, con Ortega y Gasset, la diferencia entre el comprender y el saber. “¡Sabemos tantas cosas que no comprendemos!” afirmaba Ortega en sus “Meditaciones del Quijote”; y más adelante: “La filosofía es idealmente lo contrario de la noticia, de la erudición”. No desconocemos que lo que venimos consignando sean lugares comunes para muchos, pero nos mueve el interés de comprenderlo, esto es, verlo desde el ángulo filosófico. Creo, que el hombre ontológicamente visto, sus propiedades trascendentes condicionan su comportamiento en la vida mortal.
El pasado es un cadáver putrefacto, que aunque repugnante, valioso para estudiar la anatomía de la historia humana y explicarnos el fracaso y la frustración de la sociedad en la que tenemos que vivir. Sólo los premiados con esperanza pueden encarar la incertidumbre del futuro con optimismo.
No temo equivocarme al afirmar, que muchas leyes humanas se fueron haciendo para poder violar más sutilmente y en provecho de sus inspiradores, la ley de Dios. El hombre ha producido tal cantidad de leyes, decretos, disposiciones, ordenanzas, etc., que ha creado un supuesto “ordenamiento jurídico” caótico, de aplicación casi imposible, que sólo ha servido de obstáculo para la aplicación de justicia. No sin razón afirmaba Descartes: La multitud de leyes, frecuentemente presta excusas a los vicios.
Los pueblos primitivos confiaban a los ancianos la jurisdicción de la tribu y lo hacían prevalidos de su recto sentido común, esto es, de la ley natural y experiencia. A diferencia de hoy, todos los sometidos al tribunal de los ancianos sentían que se les había hecho justicia.
Siempre los malos quisieron aparentar ser buenos y hasta los peores bribones quieren ser tenidos por virtuosos. Había pues que ocultar la protervia tras un manto de probidad y ello no se podía alcanzar sin deformar lo indeformable, la moral. El hombre debió entonces ingeniarse la sentencia de que “La autoridad proviene de Dios”; esto es, que quien llega al mando de un conglomerado social, no importando los métodos, ha sido ungido por Él. Así prevalido de semejante mandato, se siente autorizado hasta para interpretar, modificar y corregir la Ley de Dios.
El mandato divino de “no matarás”, lo explica diciendo, que el hombre del común es incapaz de penetrar el arcano del dador de esos mandamientos y que él, como elegido para regir los destinos de la sociedad, ha sido iluminado para interpretarlos y explica, que el creador naturalmente quiso decir: No matarás, pero excepción hecha de quienes perjudiquen el “interés común”. Con esta aclaración de la ley natural, “tan obvia”, está apoderado, no para matar, sino, para ejecutar en nombre de la sociedad.
De esta manera fue deformando a su conveniencia toda la casuística y lo que es peor, le hizo creer a la masa, que esa es la verdadera moral.
La teología, la deontología y hasta la filosofía pura le estorbaron, entonces resolvió que sólo puede ser verdad lo medible o comprobable mediante las ciencias naturales.
Una sociedad con la conciencia así deformada es el caldo de cultivo idóneo para que se esparza la maleza.
De este estado de cosas surgió la mediocridad, tan útil para los tiranos. De la masa acondicionada por falsos guías emergieron los mediocres, esas mayorías adocenadas que viven en un letargo, anestesiadas con permanentes dosis de lavado cerebral, pero que creen vivir en Jauja. De estos especímenes hay dos clases, los mediocres que creen que lo son, y los que se creen iluminados; los primeros pueden ser hasta adorables, pero los segundos, siempre serán detestables. No obstante, las dos categorías constituyen el rebaño dócil que obedece pronta y sumisamente, que no cuestiona, que no tiene metas elevadas, que se basta con los cachivaches iridiscentes que le arrojan sus amos, que vive contento, aunque nunca alcanzará la felicidad a la que tampoco aspira, pues sus pensamientos no alcanzan hasta allá.
A diferencia de quienes no permitieron la invasión de su fuero interno, esa masa anodina nunca sospecha de quienes le ordenan desde altas posiciones, ni de quienes aparecen tras pantallas o micrófonos o simplemente, de quienes discursean desde una tribuna.
Ese mediocre recuerda a un personaje de don Pío Baroja en sus “Inquietudes de Shanti Andia”, Libro Segundo, JUVENTUD, Capítulo III: Don Matías era el tipo del buen burgués: bruto, rutinario, indelicado y, en el fondo, inmoral. Toda rutina le parecía santa; el precedente, la mejor razón.
El rebaño creyó y cumple ciegamente el mandato de sus líderes que ordenan no criticar, por ser de mal gusto, mala educación y ser la crítica el distintivo de frustrados y fracasados. Bien escribía Ortega en las ya citadas Meditaciones del Quijote, que: Ciertas almas manifiestan su debilidad radical cuando no logran interesarse por una cosa, si no se hacen la ilusión de que es ella todo o es lo mejor del mundo. En este orden de ideas se entiende por qué toda fruslería que le ofrece su mayoral, la considera la panacea.
Siguiendo por el mismo camino puede verse con claridad el mundo que creó Dios y el mundo que transformó el hombre.
Dios le dio a su creación un aire puro y diáfano, unas aguas cristalinas y limpias, un clima predecible y ordenado, un equilibrio que garantizaba un suministro holgado a todos los seres vivientes y una capacidad de transformación y absorción de deshechos para no poner en peligro el balance y así empezaron a manejarlos los primeros hombres aun no contaminados.
Lo que a la naturaleza le tomó millones de años, el ser humano ha sido capaz en apenas unos cuantos siglos de malograrlo, cubriendo con cemento y supuestas obras de progreso superficies enormes de tierra y en su rapacidad, no permitió que el crecimiento de las plantas se hiciese a ritmos naturales, sino, que también debió ayudar con agroquímicos y con pesticidas, exterminando de paso miles y miles de especies. No satisfecha su codicia, empezó a industrializar, y a motorizar su hábitat, contaminándolo hasta límites insoportables.
Es claro que el hombre sólo tiene un destinatario para hacer el bien y ese es el prójimo, porque a Dios nada le puede dar ni agregar, pues lo posee todo en grado infinito, incluyendo gloria, que algunos pretenden darle sin saber que a Dios no le cabe ni un ápice de nada bueno.
Pero hay varios móviles para hacer el bien: el desinteresado, el altruista, el que se hace por caridad, esto es, por puro amor o el que se hace para parecer bueno; o para conseguir beneficios, sin importar el bien de los congéneres.
Normalmente es este último el que practican los dirigentes de la sociedad, especialmente los políticos.
El psicólogo francés Gustav Le Bon acuñó el preocupante concepto de “muchedumbre psicológica”, según el cual:
Cualesquiera que sean los individuos que componen la muchedumbre psicológica, y por semejantes o no que sean su género de vida, ocupaciones, carácter e inteligencia, por el solo hecho de transformarse en muchedumbre adquieren una clase de alma colectiva que los hace pensar, sentir y obrar de una manera completamente diferente a aquella como pensaría, sentiría u obraría cada uno aisladamente.
Lo anterior no es nada distinto al “conformismo social” del que habló el norteamericano Solomon Asch y que demostró con experimentos, según los cuales, al menos tres cuartas partes de los conglomerados pueden cambiar sus opiniones propias correctas, por opiniones erradas, cuando son influidos desde afuera. Las investigaciones de Asch fueron corroboradas por un profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) que afirmó: La información que nos facilitan otras personas puede influir en nuestra percepción hasta un nivel muy profundo”, independientemente de si es o no veraz.
Como era de esperarse, estos conceptos no han encontrado difusión, pues ponen en entredicho la forma en que funciona la democracia tal como la promueven sus beneficiarios.
Muchos, al ver una Historia deformada y falaz, una democracia que actúa en beneficio de unos pocos contra el bien común, creen que pueden aferrarse a la tabla de salvación, a la que sirve de control a los poderes públicos, a la prensa. Nada más lejos de la verdad y aquí baste reproducir las palabras de John Swinton, jefe de redacción por muchos años del New York Times, durante el almuerzo de despedida que le ofrecieron sus compañeros de trabajo con motivo de su jubilación. Al final, uno de los asistentes levantó su copa y propuso brindar por la independencia de la prensa, a lo cual Swinton expresó:
No existe una prensa independiente, a no ser en una pequeña ciudad de provincia: vosotros lo sabéis y yo lo sé. No hay ni uno sólo entre vosotros que ose escribir su honesta opinión y, si lo hiciera, sabéis de sobra que vuestro texto jamás sería publicado…. El oficio de periodista en Nueva York, y en toda América, consiste en destruir la verdad, en mentir abiertamente, en pervertir, en envilecer…. ¿Qué locura es esa de beber a la salud de una prensa independiente? Somos herramientas y criados de hombres ricos que se ubican tras las bambalinas. Somos unos polichinelas: ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos. Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas son propiedad de otros hombres. Somos unos prostitutos espirituales.
Goethe afirmaba que: La memoria llega sólo hasta donde llegan nuestros intereses.
Su manía de ir en contravía del sentido común lleva al hombre a que en su conciencia y en la toma de decisiones no gobiernen la razón y el sentimiento, sino sus intereses egoístas y los de sus patrocinadores. El cerebro lo emplea principalmente para manipular la sensibilidad de las masas y así sacar provecho personal o grupista.
Probablemente uno de los fraudes más grandes a que haya sido sometida la humanidad, sea la falsificación que se ha hecho de los conceptos de democracia y de libertad de expresión. Mientras no se condenen estas grandes farsas, artificiosamente maquilladas y disfrazadas por sus beneficiarios para presentarlas a unas masas previamente enajenadas, como axiomas y hasta como incuestionables dogmas a los que sólo es posible tributar devoción y adoración, no será posible sustraer a la sociedad del oprobio, de la mentira y de la esclavitud.
Aunque la corrupción no sea un sistema político, y no haya estado ausente prácticamente de ninguno, sí ha sido la inspiradora y el lubricante de muchos que fueron concebidos ya corruptos.
Alguien me argumentaba, que “la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”, y yo me permití responderle, que no estaba de acuerdo, pues la prostitución es de suyo una actitud corrupta, y ya antes había políticos.
Kant expresó: Dos cosas me llenan el espíritu de admiración y espanto, el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral de mí mismo.
El hombre siempre ha luchado por conseguir lo que la sociedad admira, y en su egolatría y vanidad no ha cejado esfuerzos por tener o aparentar tener, porque para las abrumadoras mayorías es irresistible el deseo de ser adulados.
Shakespeare sentenció: Vale más ser despreciado y saberlo, que vivir adulado y tenido siempre en desprecio.
El corrupto se comporta hacia afuera como si desconociera esta evidencia, pero para sus adentros se siente culpable. No obstante, persiste en su corrupción soterradamente y haciendo ingentes esfuerzos por esconder y negar sus actos vergonzosos, pues es sabedor que no hay nada que genere más desprecio que su vicio.
Los grandes pensadores de la humanidad en todas las épocas han predicado la recta moral y han dejado criterios para un obrar a la altura de la dignidad del hombre.
Pero el comportamiento que vemos en la sociedad parece estar cada vez más alejado del ideal que planteó Kant: Obra de manera que la razón de tus actos pueda servir de ley universal.
La corrupción no se combate condenando los pecados de los otros, ni tampoco justificando los propios, ni con “un millón de muertos”, como nos recordó José María Gironella, ni con los treinta y cinco millones de víctimas de la Revolución de Octubre, ni con los supuestos seis millones de los campos nazis; mucho menos con conferencias internacionales y sus declaraciones de buenas intenciones, ni tampoco con organismos dedicados a buscar soluciones, pues un general honesto nunca enviaría una patrulla al mando de un cabo para hacerle frente a una división blindada.
Los vicios electoreros democratizantes han sido tan profundos y están tan arraigados en la naturaleza de quienes hoy se dedican a la política, que no es posible una enmienda o dar marcha atrás. Sería como hacer que el tiempo se devuelva, o como “pedirle peras al olmo”.
El programa de sujeción de masas no es posible desarrollarlo sin acceder a los puestos de toma de decisiones.
La corrupción siempre surgió del abuso del poder y de hecho, ya esta tendencia está marcada desde la primera edad; el niño más grande abusa del más chico; el más listo, del tonto; quien dispone de más dinero se compra el ingreso en el equipo que representará a su clase...
Lord Acton sentenció que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
La corrupción ha sido uno de los temas más señalados y discutidos por el público, por los medios de información y por supuesto, por los políticos, especialmente por los corruptos, y existe una abigarrada clasificación de este flagelo, tanto en la terminología corriente, como en la jurídica. Se habla de corrupción personal y de corrupción oficial; de tráfico de influencias, de valimiento, de soborno, de extorsión, de peculado, de concusión, de abuso de información privilegiada, de abusos con los subordinados o con los más débiles; de clientelismo, de populismo, amiguismo y nepotismo, y hasta de cleptocracia.
El tema de la corrupción es imprescindible en cualquier campaña política y en cualquier gestión de gobierno y todos sin excepción, corruptos y no corruptos, la atacan y promueven leyes para perseguirla, pero leyes sin dientes y se ha vuelto tan trillado el asunto, que ya se oye como oír llover en una región de un continuado monzón. Resulta paradójico constatar, que en la medida en que la sociedad hace avances científicos y materiales, se percibe un retroceso proporcional en la moral, llevando a las mayorías a una esclavitud de nuevo cuño, porque unos pocos acapararon para si la tajada del león, y esto no fue posible sin el fomento de la corrupción.
La tan invocada lucha contra la corrupción por las “democracias actuales”, no pasa pues de ser la de la zorra con las uvas que nos narra la fábula. ¿Pero qué político, especialmente en campaña electoral, no incluye dentro de sus demagógicas promesas la de acabar con la corrupción, sabedor de los votos que esa mágica palabreja, ya degradada a expresión estereotipada, reditúa?
Pero la más perniciosa, a mi juicio, de las manifestaciones de corrupción, es la que ejercen intencionalmente o como idiotas útiles, comentaristas de medios de “información”, bajo el control de organizaciones secretas. Estos supuestos periodistas, unos ya bien amaestrados y otros simplemente como muñecos de ventrílocuo, son aupados desde arriba a transmitir falacias que a fuerza de repetirlas una y otra vez, con toda suerte de disfraces, acaban deformando las conciencias débiles.
Es así como conceptos tan altos y tan caros, como libertad de prensa y democracia, han sido insidiosa y machaconamente tergiversados y la masa ha terminado creyendo, o por lo menos, aceptando las interpretaciones con que la sociedad es constantemente apabullada.
Las grandes mayorías están atrapadas en un poderoso remolino informático del cual es casi imposible escapar, pues son muy escasos o insignificantes los medios que no están bajo la vigilancia de intereses ocultos.
Vemos como ese torbellino mediático está destruyendo obstinadamente el patrimonio moral e histórico de todos los pueblos, pues son sabedores que naciones desmoralizadas, libertinas, sin apego a sus tradiciones, ni a su pertenencia; con una conciencia de democracia y de libertad deformadas, son presas fáciles de dominación.
Con la triste realidad de cerebros lavados, hemos caído en un círculo vicioso, pues combatir la corrupción desde micrófonos, pantallas o imprentas controlados, es tan efectivo como encerrar el perro en la carnicería para cuidar la carne.
El mercado, ha sido otro criterio, que espías al servicio de intereses que gobiernan las naciones más poderosas, han deformado y degradado para convertirlo en instrumento de oprobio.
Las fuerzas todopoderosas del mercado lo han convertido en dogma de fe para terminar de exprimir las venas ya exangües del rebaño.
Son corruptas las leyes de la competencia en la globalización que vivimos.
El poder económico abusa de las debilidades de la competencia para devorarla.
Estamos siendo espectadores de unas “Justas deportivas” en las que compiten por la totalidad del trofeo briosos caballos purasangre contra asnos famélicos.
Este concurso disconforme está polarizando cada día más a los habitantes del planeta y está logrando a pasos agigantados lo que pretenden sus promotores, esto es, unos escasísimos dueños de las riquezas, y el resto, una masa de vasallos. La sociedad mundial está pues indefectiblemente en camino de una esclavitud económica forzada, tan soñada y minuciosamente planificada.
La corrupción existe pues a todos los niveles y se puede hablar objetivamente de corrupción de clases, desde la del mendigo menos impedido que por unas monedas de más, con amenazas desplaza a su colega de la puerta mayor de la iglesia; hasta la del Jefe de Estado de la gran potencia que por adicción al supremo poder y a las grandes riquezas, traiciona a sus conciudadanos, les miente, los engaña y los vende.
La primera en este mundo paradójico es vituperable, causa oprobio y el desprecio de las gentes. La segunda en cambio, gracias al lavado de cerebros de los medios, despierta admiración y sus autores son elogiados como ingeniosos, clarividentes, hábiles, sagaces y el vulgo los califica hasta de aviones, porque vuelan muy alto. Ocurre el mismo fenómeno del pobre cuando se embriaga que es tildado de borrachín, de degenerado; en cambio el rico es sólo el señor que reposa, o sabatiza, o santifica las fiestas.
Grupos como Transparencia Internacional, que colabora con la Conferencia Mundial Anticorrupción, con la Universidad de Göttingen y el Banco Mundial, entre otros, no pasan de la teoría y de hacer pronunciamientos que ya se han vuelto lugares comunes y que los medios ignoran o relegan a últimos planos. Su arte se ha comparado con el de Cantinflas, el célebre cómico mexicano de la pantalla, que consistía en hablar y hablar, sin decir nada.
En países como los Estados Unidos de Norteamérica, donde casi todas las grandes multinacionales, con la mirada complaciente de los gobiernos, manejan cuentas off shore para sobornar gobiernos extranjeros, partidas que son contabilizadas y aceptadas en muchos países como erogaciones especiales, hay y como no, agencias gubernamentales encargadas de la supervisión de actuaciones corruptas. Para las operaciones bursátiles y para la administración de impuestos, por ejemplo, existen Securities and Exchange Commission o el Internal Revenue Service, que hipocritamente han conducido a lo que se ha llamado el apresuramiento corporativo a confesarlo todo, The corporate rush to confess all.
Según un estudio sobre 350 empresas en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Holanda, Hong Kong y Brasil – realizado por el gabinete Control Risks, especializado en la corrupción, y el de abogados Simmons & Simmons – un 43% de ellas dicen haber perdido contratos por las “coimas”.
La economía de Hong Kong es la más afectada de las siete estudiadas, pues tres cuartos de sus empresas afirman haber perdido contratos por esta causa en los cinco últimos años, un aumento con respecto al 69% en 2002.
En Holanda, la corrupción aumentó en la misma proporción de 6 puntos y pasó a 46%, mientras que en Estados Unidos pasó a 44%, cuando era 32% en 2002.
Un 38% de las empresas brasileñas dicen haber perdido contratos por las “coimas” pagadas por sus rivales, lo mismo que 36% de las alemanas, 34% de las francesas y 26% de las británicas.
“La corrupción sigue siendo un enorme problema internacional y una gran proporción de empresas honradas siguen perdiendo frente a competidores deshonestos”, declaró John Bray, consultante de Control Risks.
Un 10% de las empresas consultadas estiman que las comisiones ilegales podrían representar hasta la mitad del costo total de los proyectos en juego, y 7% afirman que las “coimas” pueden representar un costo más elevado aun.
Según el estudio, los niveles de corrupción tienen un impacto desfavorable en la capacidad de un país para atraer la inversión extranjera: más de 35% de los inversores consultados dicen haber sido desalentados de arriesgarse en un país con mala reputación en la lucha contra la corrupción.
Al palpar tanta miseria y tanta injusticia, martillan en lo más profundo de los seres humanos decentes las frases de Ernesto Sabato en sus memorias “Antes del fin”*:
Al parecer; la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización. La angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos. Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algún pobre diablo que pertenece al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos de un supermercado. Y mientras aquel pobre infeliz duerme tranquilo, encerrado en su fortaleza de aparatos y cachivaches, miles de familias deben sobrevivir con un dólar diario. Son millones los excluidos del gran banquete de los economicistas.
Cuando por la calle veo tantos negocios cerrados, o vecinos del barrio me detienen para decirme que no podrán seguir manteniendo su tallercito, que no les rinden las ganancias para cubrir los impuestos, pienso en la corrupción y la impunidad, en el grosero despilfarro y en la sensación de que estamos en el hundimiento de un mundo donde, a la vez que cunde la desesperación, aumenta el egoísmo y el “Sálvese quien pueda”. Mientras los más desafortunados sucumben en la profundidad de las aguas, en algún rincón ajeno a la catástrofe, en medio de una fiesta de disfraces siguen bailando los hombres del poder; ensordecidos en sus bufonadas.

II

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Todas las organizaciones, asociaciones, Clubs, grupos, fraternidades, o como se quieran denominar, que fomentan la corrupción y que están amparadas bajo un mismo manto, confunden a sus miembros con propósitos nobles, pero no confiesan que: El fin perverso debe desaparecer dentro de los medios nobles, y es con esta simple, pero ingeniosa fórmula, como han logrado entrampar en sus redes a media humanidad. Con campañas humanitarias y altruistas atraen a los desprevenidos, que son las mayorías, y una vez adentro, no notan la sutileza con la que les van infiltrando su filosofía.
En lo estatal, la transnacional del mal creó la separación de poderes que fue impuesta a todos los países después de la Revolución Francesa con el fin de ejercer un control recíproco entre ellos, pero lo que los ciudadanos del mundo no intuyeron, ni de lo que la mayoría aún se ha percatado, es de que el sistema de elección y/o nombramientos de los poderes públicos fue inficcionado por un régimen sutil pero preciso, mediante el cual los corruptos están en condiciones de nombrar y de destituir sus propios jueces y que todos los dignatarios de los poderes públicos son escogidos del mismo montón, y como reza el refrán, entre bomberos no se pisan las mangueras.
No insistimos suficientemente cuando repetimos, que estamos atrapados en un remolino o inmersos en un círculo vicioso.
Pero hay esperanzas de que a fuerza de padecer este terrible mal, las sociedades reaccionen, aunque ocurra demasiado tarde.
La milenaria China, por ejemplo, debió constatar cómo la mayoría, o todas sus dinastías fueron derrocadas por debilitamiento del Estado a través de la corrupción de sus ministros, consejeros y demás funcionarios y es así como la China de hoy considera la corrupción como traición a la patria y es castigada con la pena capital, igual que la venta de secretos militares en tiempos de guerra.
La madrecita Rusia, que en tiempos de los zares era bucólica y rezandera, hervía de amor a la tierra y a sus tradiciones, aunque el progreso parecía congelado como sus estepas en invierno. Pero llegó La Revolución organizada desde afuera e implantada adentro por testaferros de la multinacional del mal y empezó a convertirse en un Estado criminal y corrupto sin precedentes en la historia.
Latinoamérica no ha disminuido su merecida reputación de corrupta y hasta existen países que, como a México, algunos le endilgan corrupción institucionalizada. Colombia empezó a situarse en la segunda mitad del siglo XX en los más elevados peldaños de la corrupción. Su democracia la transformó en una “narcodemocracia”, como la denominan en muchos medios de comunicación y círculos de Europa y de otros países del mundo industrializado, sistema éste que consiste en la disputa del poder político cada cuatro años entre los tres grupos en que están divididos los narcotraficantes de la cocaína y de la heroína, a saber: los narcotraficantes a secas, los “narcoguerrilleros” y los “paranarcos”; estos últimos o paramilitares, son acérrimos enemigos de los “narcoguerrilleros” y todos luchan por el control de la rutas de la droga y de las tierras. Testaferros de cada grupo, disfrazados de políticos, compran los votos de los miserables, que hacen mayorías electorales, y triunfa en las urnas el grupo que más duro puje. La “narcodemocracia” colombiana, no solo arrasa con lo que estorbe su marcha criminal, sino que hace de los dineros públicos su propio botín.
Sólo Chile, logró con Pinochet, éxito relativo en su lucha contra la corrupción. ¿Será esta una de las causas por las cuales el poder detrás del telón se ensañó en el anciano exgobernante, cuando ya nos les fue útil y empezó a “descubrirle” cuentas bancarias ocultas?
La mayoría de políticos en el poder y de los gobernados saben que la corrupción menos protuberante, la de baja estirpe, la que no ocupa la atención de los medios, la de los pequeños burócratas, es casi tan nociva como la de los dirigentes.
Las formas que emplean para esquilmar dinero y subir sus deprimidos egos de robots, es la de convertirse en el enemigo del ciudadano y con actitudes agresivas y hostiles, solicitan lo no exigido, retrasan excesivamente todo trámite y ¡Oh placer supremo!, negativas injustificadas. Los ciudadanos invariablemente salen de las oficinas públicas furiosos, humillados y sin ganas de seguir obedeciendo las leyes.
La corrupción en Japón despierta contradicciones, como es contradictorio casi todo en ese país desde la ocupación estadounidense con sus logros de americanizar sus costumbres. Hoy en día nadie le podrá responder con certeza si Japón es pacifista o guerrerista; si es moderno o tradicional y en cuanto a la corrupción, algunos lo acercan al modelo de lo que era la incorruptibilidad alemana, otros por el contrario lo identifican con la discesa italiana.
Gibbons (1993) identificó como corrupto todo comportamiento que, de convertirse en hecho de conocimiento público, conduce al escándalo, pero Gibbons no estaba connaturalizado seguramente con ciertos modelos de educación poco rigurosa que se imparten en latitudes tropicales, donde se confunde escándalo con jolgorio.
En un cuadro publicado en el periódico Japonés Asahi Shinbun el 11 de mayo de 1989, se reflejan las opiniones de japoneses y estadounidenses ante preguntas cruciales sobre la corrupción:

¿Cuál es el mayor problema ético en política?
EEUU 54% : Dinero
Japón 62% : Dinero
EEUU 33% : Las mentiras
Japón 35% : Las mentiras

¿Influye excesivamente el dinero en las elecciones?
EEUU 84% : Sí
Japón 82% : Sí

¿Tienen excesiva influencia las empresas que contribuyen a
las campañas electorales?
EEUU 81% : Sí
Japón 86% : Sí

En Japón También se han denunciado conexiones oscuras entre la política y el crimen organizado, pero por mucho, esta nación no puede compararse con Italia en cuanto al porcentaje de la clase política implicada en corrupción, el grado de contubernio con el crimen organizado, ni con la violencia experimentada en el país mediterráneo.
Mal de muchos, consuelo de tontos, recuerda el aforismo, pero permítasenos transcribir el artículo encontrado en la red (http://bolivia.indymedia.org/es/2004/11/13245.shtml) bajo el título La corrupción de los poderosos de Andrés Soliz Rada:

Desde los centros de poder mundial nos llegan la corrupción, la absolución y el castigo. Ellos miden la corrupción, de acuerdo a sus propios parámetros, elaboran sus escalas de países más o menos corruptos. Entregan los premios y las censuras. Pero no todo es ceguera en el primer mundo. La demostración de lo anterior está en el libro de la juez noruega-francesa, Eva Joly: “La Corrupción en las Entrañas del Poder” (Editorial Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2003).
La juez recuerda que las Islas Caimán es uno de los diez centros financieros más importantes del planeta. Su soberanía pertenece a la Corona Británica, cuyo gobernador es designado desde Londres por el Ministro de Justicia. Los grandes bancos norteamericanos tienen sucursales en esas islas alejadas de la mirada de Dios, de policías y de fiscales. Es uno de los paraísos financieros más renombrados del universo en el que narcotraficantes, gerentes de transnacionales, dictadores y genocidas “lavan” los dólares de la cocaína o giran dineros destinados a sobornos que, el año pasado, ascendieron a 400.000 millones de dólares, sólo en el rubro de licitaciones (“La Razón”, de La Paz, 21-X-04).
El sonoro nombre de Gran Ducado de Luxemburgo genera una suerte de respeto reverencial entre los hombres de a pie y sin corbata. Pocos saben, dice Eva Joly, que ese “honorable” país es, además de residencia de la Corte Europea de Justicia, el lugar donde 12.000 sociedades de pantalla y 320 Bancos de respetabilidad mundial tienen filiales debido a que los jueces de Luxemburgo traban, de manera sistemática, todo intento por intervenir en ese remanso de la delincuencia financiera.
El juez Baltasar Garzón, quien escribe el colofón del libro de Eva Joly, se queja por las crecientes dificultades jurídicas para juzgar en Italia los delitos de Silvio Berlusconi, paradigma de la corrupción en el viejo continente. Sus defensores sostienen que investigar cuentas secretas de los Bancos es una violación a los derechos humanos. En respuesta a los que luchan contra el delito, Berlusconi ha bautizado a su nueva organización política con el nombre de “Casa de las Libertades”. Y hablando de corrupción, ¿no es corrupción reelegir a George W Bush, como presidente de EEUU, quien al invadir a Irak, con la oposición de las Naciones Unidas, se ha convertido en criminal de guerra?
Desde su sede en Alemania, Transparencia Internacional (TI), entidad que dice luchar contra la corrupción, informa, en su página WEB, que, gracias a sus gestiones, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), conformada por los países más ricos del mundo, ha constituido una comisión de lucha antisoborno, financiada, entre otras compañías, por la Shell, la Rio Tinto Zinc (RTZ), Price Water House y el Citigroup. La Shell, al inflar sus reservas, ha alcanzado los niveles de corrupción de la ENRON. La inglesa RTZ, que apoyó a Hitler, es socia del derrocado Gonzalo Sánchez de Lozada (GSL) y saquea el cobre de Chile y de otros países “en vías de desarrollo”. Price Water House es encubridora de la ENRON. Los delitos del Citigroup ya no caben en esta corta nota.
Lo anterior no implica dejar de luchar contra la corrupción en Bolivia y en otros países semi-coloniales. No se trata de aceptar el adagio “mal de muchos consuelo de tontos”. Todo lo contrario. El convencimiento de que la corrupción nos desangra y nos destruye espiritual y económicamente nos llevó, en 1990, a presentar la Ley de Investigación de Fortunas, que desde entonces duerme el sueño de los justos, así como a escribir “La Fortuna del Presidente”, libro en el que se detallan las tropelías delincuenciales de GSL.
Poner a la cabeza de la corrupción mundial a Bangladesh, Haití, Ecuador, Bolivia o Paraguay, como hace TI, y no mencionar en los primeros lugares a Inglaterra, EEUU, Francia, Alemania, Italia y Bélgica, por el manejo de los paraísos financieros, por su responsabilidad en la destrucción del medio ambiente y por ser los fabricantes más descarados de armas de destrucción masiva, implica creer que, además de pueblos saqueados somos pueblos de idiotas.
Sobre la incorruptibilidad de los funcionarios de países, que supuestamente son ejemplos, cuenta una historieta, que cierto jefe del bajo mundo necesitaba un favor de un ministro del Imperio Británico y en su lenguaje crudo y directo le ofreció cien mil libras esterlinas. Al ver la reacción airada y ofendida del ministro, subió su oferta inmediatamente a doscientas mil. Cómo viera que la reacción seguía siendo de disgusto, pero ya más menguada, subió a quinientas mil, a lo que el ministro sólo se limitó a negar con la cabeza, pero al oír la oferta de un millón de libras, le respondió casi con benevolencia: Es mejor que se vaya, pues ya se está acercando.
Ya afirmaba Cicerón: No hay fortaleza tan bien defendida que no pueda conquistarse con el dinero.
La buena reputación de los políticos de hoy parece circunscribirse exclusivamente al ámbito del silencio. Se decía ya desde antiguo que el caballero disfruta y calla, obviamente para proteger el honor de la dama. Parece que la única regla, la de oro, la única que preocupa a los corruptos de hoy, es que se sepa, no porque se avergüencen de ello, porque ya desarrollaron callo en la cara, sino porque se les podría cerrar el surtidor.
Muchos tratan de encubrir sus comportamientos corruptos haciendo creer al público que sólo es corrupto aquel que abierta y descaradamente mete las manos en las cajas del erario, forma de corrupción que se volvió la menos recurrida, por innecesaria para alcanzar los fines y por lo obvia.
Obran corruptamente los líderes de comunidades religiosas, de iglesias, o de organizaciones que predican una moral recta, pero que reciben donaciones de orígenes dudosos; quienes ofrecen o reciben regalos para otorgar favores; quienes perciben pagos por trabajos que irresponsablemente descuidan o dejan incumplidos; quienes se valen de información privilegiada de sus cargos para provecho personal y en fin, todos aquellos que actúan contra los más elementales principios morales en su beneficio, validos por las posiciones que ocupan.
En el Antiguo Testamento, Génesis 30, 37-43 (Jacob dueño de numerosos rebaños), se nos narra un típico caso de corrupción, de cómo en las costumbres judías de aquel entonces eran ya comunes esas prácticas. Jacob amparado en un acuerdo hecho con su suegro y tío Labán, se valió de un truco para hacerse a la mayoría de los rebaños del padre de sus esposas Raquel y Lía.
Pero volvamos al dinero, a ese medio tan venerado y tan condenado; en aras del cual se han desencadenado cruentas guerras e inmolado naciones y honras y hasta ha servido de acicate para la producción de grandes obras de arte y para el alumbramiento de piezas literarias inmortales, por una parte, y por la otra, que ha sido calificado como el excremento del demonio y Shakespeare en la escena III, acto IV de su Timón de Atenas lo describía así: ¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso! ¡No, oh dioses, no soy hombre que haga plegarias inconsecuentes!... Muchos suelen volver con él lo blanco, negro; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente... El os va a sobornar a vuestros sacerdotes y a vuestros sirvientes y a alejarlos de vosotros; va a retirar la almohada de debajo de la cabeza del hombre más robusto, este amarillo esclavo va a fortalecer y a disolver religiones, bendecir a malditos, hacer adorar la lepra blanca, dar plazas a los ladrones y hacerles sentarse entre los senadores, con títulos, genuflexiones y alabanzas. El es el que hace que se vuelva a casar la viuda marchita y el que perfuma y embalsama como un día de abril a aquella ante la cual entregarían la garganta, y las úlceras en persona. Vamos fango condenado, prostituta común de todo el género humano, que siembras disensión entre la multitud de las naciones. Tan cierto es todo ello, que hoy no se entra de rodillas a las iglesias sino a los bancos.
Este genial poeta y dramaturgo, dio pruebas de ser un profundo conocedor del alma humana. Su camino como artista y como hombre fue una lucha apasionada con los enigmas universales, con la relación entre el ser y el aparentar, el orden y el caos, la transitoriedad y la perennidad.
Con su personaje Shylock de El Mercader de Venecia nos dejó una magistral semblanza del avaro usurero.
Cervantes, por su parte, nos legó al gran don Quijote, un idealista enloquecido, a quien nada le importaba el dinero, que no se preocupaba por el sueño ni por el alimento y que sólo vivía para sus elevados ideales y para su gran amor. Fue atrapado por las astas de un molino, cuando trató de enderezar un entuerto que sólo existía en su noble cerebro de orate y al lado a su Sancho Panza, su bonachón escudero, rechoncho y vulgar, que sólo albergaba pensamientos rastreros, por cuyo cerebro sólo pasaban vinos, quesos y embutidos y claro, la bolsa de su amo y los gobiernos prometidos de ínsulas.
Los diálogos del caballero manchego con su escudero nos enseñaron más sutilmente cómo se desprecia la codicia desde un espíritu elevado y cómo se pega esa brea, de los pedestres.
El dramaturgo inglés fue más directo, pero tanto Shakespeare como Cervantes no albergaron dudas acerca de la perversidad de ese medio metálico y amarillo convertido en fin, en ídolo, en dios.
No hay duda, con las honrosas excepciones de algunos seres superiores, que el ser humano fue absorbido por la fijación paranoica del dinero, que todo lo ha inficcionado.
Cuando hoy a los “Críticos” de arte se les pregunta por el mérito de una obra, casi automáticamente responden con la suma por la que fue vendida.
Ya a los más altos cargos públicos no se accede a través de una emulación de ideas, sino de campañas publicitarias, y vence quien ha podido pagar la más costosa.
Las leyes son para quienes no tienen con qué evadirlas, al igual que las cárceles.
Vivimos en una sociedad que le rinde culto a quien tiene y no es, y desprecia a quien es y no tiene; que ignora la sentencia de Temístocles: Es preferible hombre sin dinero que dinero sin hombre.
El dinero ha sido capaz de rebajar tanto la condición humana, que hasta los ideales más nobles han sucumbido a sus pies y ni el amor pudo escapar a tan gran miseria. Es probablemente por ello que afirmara Shakespeare: Es amor bien pobre el que puede evaluarse, aunque hoy casi todos hayan confundido evaluarse con avaluarse.
Una de las grandes tragedias de nuestros días, es que ya casi nadie puede distinguir entre el interés y el amor y no solamente la profesión más antigua, como se suele llamar a la prostitución, se ocupe de vender “amor”, sino que ni amistades, ni noviazgos, ni matrimonios, escapen a la codicia hedonista.
¿Será por ello, por la fuerza del amor, que todos hayan sido subyugados por el vellocino de oro?
Bien afirmaba Oscar Wilde: Sólo hay una clase en la sociedad que piensa más en dinero que los ricos, ellos son los pobres; los pobres no pueden pensar en otra cosa y esa es precisamente la miseria de ser pobre.
Absolutamente bueno es sólo Dios y absolutamente malo sólo el demonio y es por ello, que el dinero tiene también innegablemente funciones indispensables y bien empleado, hasta encomiables. Ha sido el vehículo para grandes obras en beneficio del hombre, pero también para su destrucción espiritual y material.
La usura fue un engendro perverso que sedujo al hombre. No obstante estar prohibida desde antiguo por comunidades y religiones, la codicia pudo más y muchos empezaron a sucumbir ante ingresos sin necesidad de trabajar.
En un comienzo, el usurero era algún mercader aislado que empezó a constatar cómo su más valiosa mercancía era el sonante y contante metálico que podía dejar en manos de otro por un tiempo limitado a cambio de una suma mayor.
La envidia entró en juego y pronto eran muchos los que querían lucrarse del negocio.
Quienes no disponían de recursos propios, pero sí de poder convincente, empezaron a ofrecer incentivos a agricultores, comerciantes y artesanos, para que les confiaran sus sobrantes a cambio de un “interés” y a su turno, los depositarios de los dineros ajenos empezaron a ofrecer préstamos a los necesitados, que debían devolver inflados después del plazo convenido. La banca estaba dando los primeros pasos.
Los prestamistas, usureros o agiotistas fueron ganando cada vez más poder, hasta lograr estar cercanos a jefes y monarcas, convirtiéndose muchos de ellos en banqueros del reino.
Son excepciones quienes no asocian banca con agiotaje y con engaño.
La banca pronto se fue perfilando como el instrumento fundamental del ala politizada de una de las antiguas religiones, que para perseguir sus fines de dominio indeseables sobre otras comunidades, siempre se debió valer de herramientas innobles que han garantizado y aclaran las astronómicas ganancias de sus patrocinadores.

III

III




La vanidad engendra avaricia y ambas, codicia; pero las tres se nutren mutuamente. En su obra; “La Insoportable Levedad del Ser”, Milan Kundera hablaba de “la infinita vanidad de los discursos y las palabras, la vanidad de la cultura, la vanidad del arte”; pero la lista podría alargarse de manera insospechable, hasta llegar a la sentencia de Salomón: Vanidad de vanidades y todo vanidad (Eclesiastés1,2).
Los vanidosos sin posibilidades en contiendas económicas o del intelecto y sus congéneres femeninos con iguales perspectivas para alcanzar una corona de belleza, se ven impelidos, los que pueden, a refugiarse en un partido político, donde normalmente operan otras consideraciones o antivalores, como la intriga, la adulación, la desvergüenza, el engaño, la traición… y como escribía Gay Talese en “Honrarás a tu Padre”:
“…un excesivo énfasis en la apariencia, parte del síndrome FARE BELLA FIGURA…”
Prácticamente en todos los países del orbe existe consenso acerca de que el oficio más desprestigiado es el de la política. La experiencia nos confirma continuamente el imposible de poner talanqueras infranqueables a la codicia y a la vanidad, inmemoriales surtidores de la corrupción. Hemos también aprendido la lección, a pesar de los pesares y de lo que rezan todas las teorías politológicas, que un ser humano virtuoso está perdido y no se puede mover en el sinuoso mundo de los partidos y de la política.
Produce desconcierto ver cómo los políticos en la carrera por el poder bajaron a su medida el nivel de las vallas. Toda la sociedad debió sacrificar la calidad en aras de la cantidad. La concupiscencia de micrófono y de pantalla se le despertó a los mediocres y tenemos que oír indefensos a quienes precisamente nada tienen que decir, invadiendo tribunas y escenarios. Terminada la perorata ante un público generalmente adocenado que no puede discernir, el héroe de turno apoyado por la galería se siente con méritos y títulos para constituirse (¿o ya lo ha sido?) en lazarillo o en faro de sus conciudadanos y no hay nada más peligroso que un lazarillo ciego o que un faro apagado. Ya sentenciaba Nietzsche de los vanidosos: El que niega en si mismo la vanidad, la posee generalmente bajo una forma tan brutal, que cierra instintivamente los ojos delante de ella, para no verse obligado a despreciarse.
Es una verdad documentada, que las grandes realizaciones y los grandes saltos de las sociedades hacia adelante, han ocurrido porque cada vez algún genio sobresalió notoriamente entre sus congéneres y no, porque se hubiesen sumado las ideas de muchos. Es suficientemente sabido que el resultado del cerebro de un solo idiota, equivale al de todos los tontos del momento reunidos.
La iluminación siempre esperará en el silencio de las bibliotecas y en la austeridad de las cátedras magistrales, pero sólo a las mentes claras, abiertas y dispuestas al esfuerzo.
Vemos desconcertados cómo las grandes mayorías de los países pobres se encuentran atrapadas en un círculo vicioso en el que viven confundidos entre el aparentar y el ser. Pedantes convertidos en modelos de medianías hacen imposible que la sociedad reaccione y se sacuda.
La historia parece aferrarse a la sentencia de Giambattista Vico de “corsi e recorsi”. Todo parece regido por las “marchas y contramarchas”, idea defendida por Schopenhauer y después por Nietzsche. El progreso sólo existe en las mentes esclarecidas, en las corrientes puras del pensamiento.
Camus afirmó: Indudablemente cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión.* ¿Serán perennemente actuales las afirmaciones de este gran hombre?. Todo indica en los albores del tercer milenio, que sí.
¿Se accedió al poder a través de la corrupción, o fue el poder el que corrompió el alma humana?
Quienes creemos que el hombre nace con el lastre por la soberbia mostrada por sus primeros antepasados ante su Creador, aceptamos la vanidad y la codicia como males congénitos, pero controlables y encauzables, incluso a fines nobles y pueden transformarse en laboriosidad productiva y en dignidad y amor propio, indispensables para ser útil a la sociedad.
Pero quienes persistieron y persisten en la soberbia, en interpretar a su amaño los mandatos de Dios y obran en contravía de la ley natural, hicieron posible el poder corrupto y corruptor.
Estos falsos profetas, prevalidos de falsos o desfigurados mandatos son los que han hecho posible que los perversos acaparen el control sobre la comunidad.
El hombre es una criatura que se diferencia de las demás por la ley natural. Ninguna otra tiene discernimiento entre el bien y el mal, con el consiguiente sentimiento de culpa o conciencia.
Una sociedad en la que impere la ley natural por encima de cualquier constitución o ley humana, será una fortaleza. No es una frase de cajón hablar de “la fortaleza moral”.
Pero en los últimos tiempos venimos siendo apabullados por los medios de masas con el falso sermón relativista; la moral, que siempre fue una y no puede ser otra, fue reemplazada por la ética contingente sujeta a votaciones. Un axioma no puede someterse a las manipulaciones “democráticas” que hoy se manejan, porque bien aceitada la maniobra, seguramente se puede conseguir que el vulgo acepte en las urnas que el agua no moja.
El pobre homo faber de la anticultura tecnicista es forzado psicológicamente con elementos mediáticos al consumo, potenciándole su codicia.
El consumismo enfermizo se ha encargado de arrasar los restos de recta moral que todavía no había destruido el relativismo.
La impetuosa ansia de poder insiste en consolidar una “moral” sin Dios, que conduce indefectiblemente a la esclavitud, o sea, al derrumbe de la fortaleza.
Es sabido que todo obedece a un minucioso plan que pretende atraer el rebaño al despeñadero.
En su documento EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD*, el eminente Psiquiatra y Teólogo Juan Bautista Torelló, expone:
Esta soledad existencial ha sido explorada en todas sus dimensiones y el hombre ha redescubierto el infierno, ha encontrado otra vez el demonio. El demonio: con él dialoga Iván Karamazov (Dostoievsky), con él pacta Adrián Leverkuhn (T Mann), con él lucha cuerpo a cuerpo el Abbé Donissan, de Bernanos, después de una larga noche de errar juntos por un paisaje laberíntico de pesadilla. El infierno: en él pasa una estación del año Rimbaud, a él desciende Freud con su psicoanálisis («¡Allá abajo es horrible!»), en él se mueven los personajes de Strindberg, de Wedekind y Sartre: el infierno del amor, del matrimonio, de la sociedad en general: «Lénfer cést les autres!». Los subterráneos de Nueva York (Kerouac), el sanctuary, de Faulkner, la ciudad visitada por los rinocerontes, de Ionesco, el hotel bergmaniano de Timoka, el trágico cocktail-party de «¿Quién teme a Virginia Wolf?», de Albee, y el manicomio de Marat-Sade-Peter Weiss... son las nuevas imágenes del infierno del hombre que, después de la nietzscheana «muerte de Dios» y con el embarazoso peso de su cadáver en los brazos, cae en un estado de esencial condenación.
En un principio se levantó la protesta («me siento culpable y por esto acuso a Dios»). El mal es sentido como una tragedia, y la tragedia, incluso la del demonio, despierta compasión: el abismo fascina a Shakespeare y a Marlowe, pero desde Milton y Blake, pasando por Bohme, Schelling y Hegel -la negación creadora, que sin embargo, no niega a Dios-, pasando por el satanismo de Baudelaire y de Balzac y por el pandemonismo de Jouhandeau, desemboca en la compasión de Papini por el mismo Satanás. Iván Karamazov «rechaza el billete de entrada en el cielo» como protesta contra el desorden del mundo. Kafka siente la culpa como algo externo que nos asalta y condena sin razón y sin posible explicación: Dios permanece tan escondido que no se sabe si realmente existe.
La curación de la corrupción debe necesariamente partir de reconocer la culpa y aceptarla y nunca de la ortodoxia freudiana que persigue la liberación de toda vivencia de culpa. Continuamos con Torelló:
No es casualidad si los pervertidos Gide, George y Wilde predican la asunción del mal como fuente de vitalidad y de belleza, como experiencia del espíritu y del mismo bien. Actitud y doctrina que Thomas Mann desarrolla poco a poco desde la degeneración progresiva de los Buddenbrocks, pasando por las fosforencias de la corrupción de la Muerte en Venecia y precipitándose en el infierno mismo del Doctor Faustus.
El paso sucesivo era inevitable: situarse en la indiferencia absoluta, más allá del bien y del mal, en la siniestra región en la que culpa y virtud se identifican con definitiva superioridad sobre «el diablo y el buen Dios» (J. P Sartre). Allí se vive la desesperada libertad humana, que se vuelve contra Dios, contra el bien y contra el mal, con la misma náusea ante el bien que ante el mal, con el mismo tedio y aburrimiento, como fracaso total de la existencia.

Finalmente, desaparece de este escenario espeluznante cualquier sentimiento vital: ninguna revuelta, ninguna angustia existencial, ninguna voluntad de humanismo. La descomposición domina en una literatura que amalgama hombres y cosas, que sólo sabe describir objetos con enervante minuciosidad: el hombre se convierte en una cosa, en un hecho meramente relacional. Robbe-Grill, el fundador del nouveau roman, declarará: «el mundo no tiene sentido ni carece de significado. No es más que esto: objetos y gestos que se superponen por la sola fuerza de su desnuda facticidad.» El mundo de Becket, de Ionesco, de algunas películas de Antonioni y de la nouvelle vague francesa y alemana: el mundo de la total alienación, poblado de insectos y larvas esquizofrénicas...
Dentro de los insectos y larvas esquizofrénicos se encuentran los corruptos y sus víctimas.
El círculo vicioso de la corrupción, a veces, hace inevitable que nos sintamos inclinados a creer con el protagonista de La Vorágine, José Eustasio Rivera (Editorial La Oveja Negra, Bogotá) cuando afirmaba: La mansedumbre le prepara el terreno a la tiranía y la pasividad de los explotados sirve de incentivo a la explotación y más adelante: …a quienes venceré con armas iguales, aniquilando el mal con el mal, ya que la voz de paz y justicia sólo se pronuncia entre los rendidos.
¿Es tan ciega la masa que no ve la deshonestidad, que no la reconoce?
¿Por qué casi siempre los corruptos encuentran el camino franco a los cargos públicos de manejo?
¿Qué ha hecho posible que el sistema se corrompa?
Para responder a estas preguntas tenemos que analizar cómo un alto valor del orden social, la forma tal vez ideal de gobierno, la más perfecta y elevada, fue pervertida, desfigurada y utilizada; fue como la violación de una casta doncella.
En el año 508 antes de Cristo, Atenas como Ciudad–Estado se dio una constitución democrática y luego Aristóteles catalogó la democracia como tercer sistema de estado, después de la monarquía o reinado de uno solo y de la aristocracia, pervertida hoy en oligarquía, o dominio de unos cuantos.
Esta aplaudida forma de gobierno, que es el sistema democrático, parte de la igualdad y libertad de todos los ciudadanos y de que se debe gobernar según la voluntad del pueblo.
El pueblo como soberano es llamado a expresar su voluntad a través de votaciones en las que se deben respetar las decisiones mayoritarias, y fue precisamente con este hecho, que el sistema democrático empezó a mostrar sus flaquezas.
No se hace necesario explicar lo obvio.
A nadie se le escapa que en el manejo de los negocios públicos hay asuntos complejos que exceden la capacidad de análisis de las mayorías y entonces el sentido común indica que esas decisiones deben ser delegadas a personas calificadas, pero la experiencia nos demuestra que el vulgo tampoco tiene capacidad de discernimiento para elegir representantes idóneos y sobre todo, honestos; por el contrario, son los más proclives a dejarse engañar o confundir por acaparadores de sufragios. Fueron precisamente estos últimos quienes desde hace más de dos mil quinientos años vienen corrompiendo y degradando la democracia, hasta convertirla en lo que está hoy, en la meretriz que se vende al mejor postor.
Como no hay mayores devotos, cuando de perorar sobre el amor a la patria se trata, que los que con su proceder más la envilecen y deshonran, tampoco nadie supera en fervor democrático a un político corrupto, y valga la redundancia.
Paradójicamente hoy se ha convertido la crítica a los solapados traidores a la patria en el más vituperable pecado público y ¡Ay! de quien se atreva a cuestionar la democracia.
Para aclarar un poco mejor el funcionamiento de la democracia en la práctica, nos valemos del siguiente silogismo:


Primera proposición:
El gobierno es elegido por el pueblo.

Segunda proposición:
El gobierno es corrupto.

Deducción:
Entonces el pueblo es corrupto.

Cómo la deducción no es válida, entonces el silogismo cojea en alguna parte; Veamos: Si el gobierno es corrupto y el pueblo no lo es por naturaleza, entonces la Primera Proposición es falsa por incompleta y habría que completarla así:
El gobierno es elegido por el pueblo manipulado y engañado.
Se puede también dar el caso de que la segunda proposición sea falsa y entonces se debería cambiar corrupto por honorable en ambas proposiciones y estaríamos así ante el caso ideal de una perfecta democracia, que no pasa de ser un vehemente deseo en el corazón de los idealistas.
En su obra SOBRE HEROES Y TUMBAS, Editorial Seix Barral S.A. 2003, III Informe Sobre Ciegos, el genial Ernesto Sabato nos alerta:
…Y con esa eficacia, rápida y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte.
Este testimonio más, entre miles, nos ayuda a entender como funciona una sociedad manejada por corruptos.
En aras de la tergiversación de democracia y libertad de prensa, el poder oculto ha diseñado en su beneficio, unos Estados a su servicio y no al de los gobernados.
El sistema impuesto persigue bajar el nivel de la clase dirigente de antes, que ellos sustituyeron, para reemplazarlo por otro que mantenga a la masa en un estado de postración cultural, reservando la educación privilegiada para los miembros de sus conciliábulos.
Fue así como, con su discurso democrático mentiroso, fue sacrificada la calidad a la cantidad, porque supuestamente se le daban oportunidades a todos, pero callando que esas “oportunidades” en vez de beneficiar, perjudican a la sociedad. Nadie se atrevería a negar, que es más útil para una comunidad un médico con una exigente formación y óptimamente capacitado, que cien mediocres curanderos provistos de diplomas de “universidades” muy cuestionables. Esto mismo es válido para todas las carreras, artes, y oficios. Pero lo que la inmensa mayoría desconoce, es que ese bajo nivel para el rebaño, es mantenido intencionalmente por el verdadero poder que maneja los gobiernos, porque es bien sabido, que un pueblo que no sobrepase los niveles de “entrenamiento” que exige la buena marcha de la carpintería social, puede ser manejado a su antojo, especialmente, si se le niega la formación humanística, hoy casi desaparecida del homo faber de la globalización neoliberal que le impusieron al planeta.
El progreso del común de los hombres actuales está convertido en un círculo vicioso, en el que al ser humano lo han ido transformando en un autómata, le han suministrado la instrucción necesaria para su oficio específico, pero ha sido privado de cultura y formación humanística, menguándole sensiblemente su libertad y en la medida que más lo “tecnifican”, van haciendo de él una más dócil marioneta.
Afirmaba Alexander Rose que: Cuando no hay guerra, la democracia es un sistema político cómico. En opinión de muchas de las grandes mentes de la historia, la propia idea de permitir que la plebe elija a sus líderes, para que después éstos satisfagan sus deseos, es de por sí ridícula. Más adelante este mismo autor agrega: “…Comparada con la estabilidad del gobierno aristocrático o el orden divino de la monarquía, la democracia es una forma de gobierno caótica y confusa.
Cuando se observan y analizan cuidadosamente las campañas electorales, se siente una combinación de admiración, compasión y burla al ver un puñado de Quijotes hacer proselitismo, ponderando los valores de su candidato e invirtiendo todas sus energías, pues carecen de dinero, para meterles en la cabeza a unos analfabetos de ojos desorbitados y estómagos vacíos, que su hombre es quien les garantizará que no se roben el dinero de su salud, de su educación y de su bienestar, sin darse cuenta, que ese discurso ni lo oyen, ni lo entienden, pues lo que les interesa es el ya y el ahora, no intuyendo que la suerte ya está echada. El día de las elecciones siempre tienen que ver desconsolados el mismo cuadro: Los mensajeros de los dueños de la maquinaria llegan por única vez al barrio de miseria armados de inagotables fajos de billetes de bajas denominaciones, de cargamentos de licores baratos y de una flota de camiones cargados con grandes ollas de humeantes bazofias y se sitúan al lado de las urnas, ante las miradas de despreocupados guardianes del orden, que la mayoría de las veces, prefieren escurrirse. Como nubarrones de moscas en torno a la carroña, se arremolinan sin necesidad de ser llamados, urgidos de depositar el voto por el candidato del poder desconocido, a quien ni siquiera han visto, para poder recibir, cuanto antes, el condumio, la botella y el billete, mientras los prosélitos de la honradez se desgañitan sin que nadie les pare bolas. Esta es la DEMOCRACIA, que tanto predican y temen perder.
En su citado conmovedor testimonio de rectitud y valentía, que tituló: “IMPUNIDAD”*, la admirada jurista Eva Joly, ante quien me descubro e inclino con respeto, afirma:
… la magnitud de una cultura de la corrupción donde la transgresión de la ley no es ni siquiera lo que está en juego.
Antes había ya sentenciado: Sé que lo increíble es posible.
Narrando en esta misma obra esa valerosa señora acerca de la detención de una vaca sagrada, que después de desfalcar miles de millones tomó las de Villadiego, su arresto fue presentado como el retorno de la Inquisición española. Decididamente, las palabras ya no tienen sentido. Únicamente valen las fanfarronerías y la demagogia verbal.
Al referirse en otro aparte a la instrucción del caso de uno de los más abultados desfalcos en una empresa estatal francesa, dice:
Era antes de que comenzase este culebrón y de que yo fuese demonizada por haberme acercado demasiado al corazón del poder, ese que muerde y quema.
El relativismo que le han insuflado a las masas ha calado tanto, que estamos confrontados ante la triste realidad de que ya la gente se pregunte: ¿Cuál verdad?, como si la verdad no fuera solo una y única. Lo mismo es válido para “democracia” ¿La que todos soñamos? o ¿la que practica el poder invisible?, que ha llevado al aberrante estado de cosas que hoy debemos presenciar, cuando los hermanos, jefes de Estado dominantes se reúnen, deba montarse un operativo de protección contra quienes los eligieron, más fuerte al que precisaría una nación para defenderse de su peor y más peligroso enemigo.
Entonces se explica y entiende perfectamente cuál es el resultado de esa “democracia” así desfigurada: Corrupción.
La corrupción con que se maneja la sociedad, con su predicada y nunca suficientemente defendida “libertad de expresión” que tanto ponderan y que ellos son capaces de tapar, de transformar, de adornar y hasta de convertir en virtud, como también podrían sacar perfume de los excrementos.
Pero dejemos que sea Federico Carlos Sainz de Robles en su “Diccionario Español de Sinónimos y Antónimos” que nos diga cuáles son los verdaderos significados de CORRUPCION:
Putrefacción. Podredura. Pudrición. Pudrimiento. Descomposición. Sepsia. Fermentación. Infección. Pus. Moho. Tomaína. Bacteria. Corruptela. Estrategia. Bizantinismo. Estrategamiento. Vicio (V.). Perversión (V.). Depravación. Alteración (V.). Tergiversación, Error (V.).
Y sus antónimos: Salud. Virtud.
¿Libertad de expresión? Claro que es un derecho básico que ningún ser humano con una aceptable salud mental y una recta conciencia se atrevería a negar. Pero una “libertad de expresión” y una “democracia” como algunos clanes para su beneficio les han inyectado soterradamente a las masas para su ruina, son los engaños más perniciosos jamás propalados, una auténtica ley del embudo.
Sé que vendrán con sus argumentos de siempre:
• Cualquiera puede libremente tener un medio de comunicación.
• Todos son libres de expresar sus opiniones.
• Nadie le puede coartar su libertad de expresión.
Yo les respondería:
Claro, todos podemos ejercer nuestro derecho a la vida, a la
educación y todos los demás derechos humanos que garantizan nuestras constituciones, pero sólo teóricamente, porque en la práctica el derecho a la vida depende sólo de la buena suerte de no toparse con un atrabiliario asesino que desconoce tu derecho o a quien no le importe; también el derecho a la educación, pero si tenemos acceso a ella porque disponemos de medios económicos para pagarla o porque tengamos la suerte de ingresar a un establecimiento público, aunque sea de muy baja calidad.
Si tenemos hambre, por supuesto podemos ejercer nuestro derecho a mitigarla, siempre y cuando tengamos con qué.
Siguiendo este razonamiento, los medios de comunicación manipulados por otros intereses saben que mienten cuándo repiten su manido discurso de libertad de expresión con vehemencia.
La inmensa mayoría de quienes formamos la “opinión pública”, carecemos de recursos para establecer un periódico, una emisora o un canal de televisión y sólo tenemos acceso al modesto rincón de “la tribuna de opinión”, que no acoge sino lo que en nada contradice su ideario, el del clan, claro está.
Nietzsche también había identificado el papel de los medios de información: …¿qué importancia puede concederse a la prensa, tal como hoy existe, con su ridícula audacia pulmonar para gritar, ensordecer, excitar y espantar?. La prensa es un ruido absurdo y persistente que inclina los oídos y los sentidos en una falsa dirección.

IV

IV




¿Es la corrupción inherente al sistema?
En la nueva ética relativista que quiere sacar a empellones a la moral, se hizo indispensable crear otros “valores” que hicieran posible una gestión justificable y despreocupada para alcanzar las metas que fijó el nuevo orden mundial.
Lo inamovible de la moral, la única, la de siempre; lo volvieron relativo.
La nave donde navegaba la sociedad, la sacaron del mar abierto y diáfano y la pusieron a flotar en aguas negras.
Pero como lo que hay impreso en cada ser humano es imborrable y a pesar de los descomunales esfuerzos por extirparle lo que hay en su conciencia sin matarlo, es imposible de alcanzar completamente, debieron entonces acomodarse a las circunstancias y transmitirle a las masas la impresión de que ellos también practican la ley natural y acudieron a la hipocresía, que siempre interpretaron con arte inigualable.
Existen en nuestros tiempos unas protuberantes herramientas que han sido creadas para sus oscuros propósitos y de cuyos comportamientos fariseos ya nadie se escandaliza, por lo frecuentes, desvergonzados y obvios.
Pero dejemos que sea Naomi Klein quien nos ilustre con su nota, BANCO MUNDIAL: HISTORIAS DE HIPOCRESIA, CORRUPCION Y DESPRESTIGIO, que nos permitimos tomar de la red (http://porlaboca.blogspot.com/2007/05/banco-mundial-historias-de-hipocresia.html) y a continuación transcribimos:
No es el acto en sí mismo; es la hipocresía. Tal es la línea que sobre Paul Wolfowitz viene marcándose desde las páginas editoriales del mundo entero. No es ninguna de las dos cosas: ni el acto (saltarse las reglas para aumentar la paga de su novia), ni la hipocresía (el hecho de que la misión de Wolfowitz en el Banco Mundial fuera la de luchar por la “Buena Gobernanza”).
Empecemos con el problema de la pretendida hipocresía. “¿Quién quiere recibir lecciones de alguien que dice: ‘haz como te digo y no como yo hago’”?, preguntó un periodista. Nadie, claro está. Mas eso es precisamente una descripción harto ajustada del póquer de despojo unilateral que es nuestro sistema de comercio global, juego en el que EEUU y Europa –a través del Banco Mundial, el FMI y la OMC— dicen al mundo en desarrollo: “Bajad vuestras barreras comerciales, que nosotros mantendremos las nuestras levantadas”. Desde subsidios agrícolas hasta el escándalo del Dubai Ports World, la hipocresía es el principio y la directriz de nuestro orden económico.
El sólo crimen de Wolfowitz ha sido hacer suya la postura de la institución internacional que dirigía. El hecho de que haya respondido al escándalo contratando a un abogado célebre y saliendo a comprarse un “entrenador” de liderazgo, no deja de ser una prueba de que le ha calado en lo más hondo el estilo del Banco Mundial: en caso de duda, gástate el presupuesto en consultores carísimos, y llámalo ayuda.
La mentira más grave que subyace a toda esta disputa es el sobrentendido de que el Banco Mundial era una institución con credenciales éticas impecables, hasta que, según 42 antiguos ejecutivos del Banco, su crédito se vio “fatalmente comprometido” por Wolfowitz. (Muchos liberales de izquierda norteamericanos se han apuntado a ese cuento, presos de una prisa fugaz por obligar a los neocons a dimitir.) Porque lo cierto es que la credibilidad del Banco estaba ya fatalmente comprometida cuando, a cambio de un préstamo, obligó a cancelar las becas para estudiantes en Ghana; cuando exigió a Tanzania privatizar su sistema hídrico; cuando para prestar ayuda en las devastaciones del Huracán Mitch, puso como condición la privatización del sistema de telecomunicaciones; cuando exigió “flexibilidad” laboral tras la catástrofe del tsunami asiático en Sri Lanka; cuando impulsó la eliminación de subsidios alimentarios tras la invasión de Irak. A los ecuatorianos les importa un higo la novia de Wolfovitz; más agobiante les resultó que en 2005 el Banco Mundial dejara de transferirles los 100 millones de dólares que les tenía prometidos sólo porque el país osó gastar una porción de sus rentas petroleras en salud y educación. ¡Menuda organización antipobreza!
Pero el área en que el Banco Mundial tiene menos derecho a la autoridad moral es el de la lucha contra la corrupción. Dondequiera que haya habido pillaje estatal masivo en las pasadas cuatro décadas, allí han estado el Banco Mundial y el FMI en primera línea de la escena del crimen. Y no; no, no. No ( Sic ) es que se quedaran mirando para otro lado cuando las autoridades locales se llenaban los bolsillos; lo que hicieron fue poner negro sobre blanco y por escrito las reglas conforme a las cuales tenía que proceder el robo al grito de: “¡Más de prisa, hagan el favor!” (un proceso conocido como terapia de choque y de saldo rápido).
La Rusia bajo liderazgo del recientemente fallecido Boris Yeltsin es un caso harto instructivo. Ya en 1990, el Banco Mundial colocó a la antigua Unión Soviética ante la tarea de imponer inmediatamente lo que llamó una “reforma radical”. Cuando Mijail Gorbachov se negó a seguir ese curso, Yeltsin tomó el relevo. Este buldózer de hombre no dejó estorbo ni títere con cabeza a la hora de allanar el camino trazado desde Washington, ni siquiera se contuvo ante los políticos rusos electos. Tras ordenar en 1993 a los tanques abrir fuego sobre los manifestantes, matando a cientos y dejando al Parlamento en llamas, quedaba todo listo para las privatizaciones a precio de saldo de los bienes estatales más preciados en beneficio de los llamados oligarcas. Ni que decir tiene: el Banco estaba allí. A propósito del frenesí legislador, completamente ajeno a cualquier control democrático, que siguió al golpe de Yeltsin, comentó en el Wall Street Journal Charles Blitzer, el economista en jefe del Banco en Rusia: “Jamás me había divertido tanto en toda mi vida”.
Cuando Yeltsin dejó el cargo, su familia se hizo inexplicablemente rica, mientras muchos de sus diputados se revolcaban por el lodazal de los escándalos de corrupción. De todo eso se informó, como siempre, en occidente como si se tratara de excesos locales desafortunados de un proyecto de modernización económica globalmente ético. De hecho, la corrupción resultaba inherente a la idea misma de una terapia de choque. La turbulenta aceleración del cambio era crucial para aplastar el amplio rechazo que despertaban las reformas, pero significaba al propio tiempo, y por definición, que era imposible su control. Además, los beneficios para los funcionarios locales resultaban incentivos imprescindibles para que los apparatchiks rusos generaran el amplio mercado abierto exigido desde Washington. Ello es que hay buenas razones para que la corrupción nunca haya sido una prioridad para el Banco y para el FMI: sus funcionarios comprendieron cabalmente que para reclutar políticos a favor de unos programas económicos que necesariamente habrían de reportarles furiosos enemigos en sus propios países, hay que estar dispuesto a llenar un poco las cuentas bancarias que esos políticos tienen en el extranjero.
Rusia está lejos de ser un caso único: desde el Chile del dictador Augusto Pinochet, que acumuló más de 125 cuentas bancarias mientras construía el primer estado neoliberal, hasta la Argentina del Presidente Carlos Menem, que conducía un deslumbrante Ferrari Testarossa rojo mientras liquidaba su país, pasando por los “millones extraviados” en el Irak de hoy: en todos los países hay una clase de políticos ambiciosos y sanguinarios dispuestos a actuar como subcontratistas de Occidente. Cobran honorarios, y a esos honorarios se les llama corrupción: esa socia callada pero omnipresente en la cruzada privatizadora del mundo en vías de desarrollo.
Las tres instituciones capitales de esa cruzada han entrado en crisis. Y no por sus hipocresías pequeñas, sino por las superlativas. La OMC no puede volver a encarrilarse, el FMI está en bancarrota, desplazado por Venezuela y China. Y ahora el Banco Mundial rueda por despeñaderos.
Informa el Financial Times de que cuando los ejecutivos del Banco Mundial dan consejos, “ahora se les ríen en la cara”. Tal vez todos deberíamos reírnos del Banco. Pero lo que en ningún caso habría que hacer es colaborar en el blanqueo de su ruinosa historia repitiendo el necio cuento de que la reputación de una respetable organización antipobreza ha resultado humillada por un hombre. Se comprende que el Banco quiera tirar a Wolfovitz por la borda. Yo digo que el barco debe irse a pique con su capitán.
Paradójicamente vivimos en un mundo donde la pelea la llevan perdida los valientes. El caballero de honor considera indigno batirse con un bellaco o con un servil y menos mide sus fuerzas con la fragilidad. Ante una dama se rinde y al niño que le dá un puntapié, lo acaricia. Pero el mundo de la caballería tuvo que ser borrado del mapa e impusieron y forzaron unos sinuosos métodos que suplantaron el código de honor. Ernesto Sabato en su ya citado Informe Sobre Ciegos* lo reconoce: No había reflexionado hasta ahora en ese inquietante signo, aunque siempre pensé que no se puede luchar durante años contra un poderoso enemigo sin terminar por parecerse a él; ya que si el enemigo inventa la ametralladora, tarde, o temprano, si no queremos desaparecer, también hay que inventarla y utilizarla y lo que vale para un hecho burdo y físico como un arma de guerra, vale, y con más profundos y sutiles motivos, para las armas psicológicas y espirituales: las muecas, las sonrisas, las maneras de moverse y de traicionar, los giros de conversación y la forma de sentir y vivir; razón por la cual es tan frecuente que marido y mujer terminen por parecerse.
Sí: poco a poco yo había ido adquiriendo muchos de los defectos y virtudes de la raza maldita.
Es por ello que ya muy pocos nos preguntemos por qué casi todos sentimos náuseas ante las lacras que reemplazaron las virtudes, pero casi todos terminaron por aceptarlas con resignación cobarde: ¡El mundo es así!, ¡Qué le vamos a hacer!, ¡No lo podemos cambiar!, ¡La crítica es de mala educación!.
Dejemos ahora que sea el mismo Sabato quien nos describa lo que ya casi nadie percibe a su alrededor por haberse “acostumbrado”: Así pues, en aquella vasta caverna, entreveía por fin los suburbios del mundo prohibido, mundo al que, fuera de los ciegos, pocos mortales deben de haber tenido acceso, y cuyo descubrimiento se paga con terribles castigos y cuyo testimonio nunca hasta hoy ha llegado inequívocamente a manos de los hombres que allá arriba siguen viviendo su candoroso sueño, desdeñándolo o encogiéndose de hombros ante los signos que deberían despertarlos: algún sueño, alguna fugaz visión, el relato de algún niño o un loco. Y leyendo como simple pasatiempo los relatos truncados de algunos de los que acaso llegaron a penetrar en el mundo prohibido, escritores que terminaron también como locos o como suicidas (como Artaud, como Lautréamont, como Rimbaud) y que, por lo tanto, sólo merecieron la condescendiente mezcla de admiración y desdén que las personas grandes sienten por los niños.
Sentía, pues, a seres invisibles que se movían en las tinieblas, manadas de grandes reptiles, serpientes amontonadas en el barro como gusanos en el cuerpo podrido de un gigantesco animal muerto; enormes murciélagos, especie de pterodáctilos, cuyas grandes alas ahora oía batir sordamente y que, en ocasiones, me rozaban con asquerosa levedad el cuerpo y hasta la cara; y hombres que habían dejado de ser propiamente humanos, ya sea por el contacto perpetuo con aquellos monstruos subterráneos, ya por la misma necesidad de moverse sobre terrenos pantanosos; de manera que más bien se arrastran en medio del barro y de la basura que en aquellos antros se acumulan. Detalles que aunque no pueda decir que los haya verificado con mis ojos (dada la oscuridad que domina), los he presentido por mil indicios que nunca nos dejan equivocar: un jadeo, una manera de gruñir, una forma de chapotear.
¿Hasta cuándo lograrán los profetas y predicadores de la separación de poderes engañar a las masas con la falacia de que es un sistema que garantiza la independencia y autonomía de los poderes públicos y consecuentemente le asegura a la sociedad una democracia con justicia a toda prueba?
La forma de estado o régimen que ellos crearon, supuestamente aislaba y blindaba cada uno de los poderes, sin permitir que se intervinieran entre sí y menos, que ninguno controlara a otro o lo interfiriera.
Pero vemos asombrados que ha sido precisamente esta construcción “democrática” la que se ha convertido en la mayor amenaza contra el orden social.
Nos encontramos, como ya vimos, con poderes judiciales sugeridos o nombrados o controlados por el poder legislativo y el ejecutivo, esto es, la indeseable y peligrosa bomba de una justicia sin autonomía en manos de los políticos, que no puede actuar en nombre y beneficio de la sociedad, sino de intereses partidistas, casi siempre mezquinos.
La misma cuna de la Revolución Francesa, promovida y llevada a infeliz término por los Iluminados de Baviera, ha sido victima de aberrantes y protuberantes escándalos de corrupción.
Cómo opera y cómo no debe operar la justicia, nos lo demuestra, entre otros, el desvergonzado y continuado robo a la empresa petrolera estatal de Francia Elf-Aquitaine, que nos describe la valiente y admirable juez que instruyó el caso y que milagrosamente logró sobrevivir para contarlo. Quienes quieran adentrarse por laberintos de una siniestra y amarrada justicia; transitar por kafkianos y tenebrosos sótanos y ver cómo, para que la justicia se pueda acercar al poder, hay que llegar hasta la antesala del infierno; debe leer el espeluznante testimonio de la magistrado Eva Joly, “IMPUNIDAD, La corrupción en las entrañas del poder”*, donde un ser excepcional consiguió heroicamente desenmascararnos los vericuetos de esa “justicia“ arrodillada.
Para darnos una idea del tortuoso camino que debió recorrer esta valerosa mujer, baste citar de su relato algo que aparece bajo el subtítulo Mi hilo de Ariadna: … Elf posee servicios financieros de alta tecnología en los que ingenieros superdiplomados, asesorados por hábiles abogados de negocios, han montado, desde hace años, entramados de sociedades pantalla y de invisibles pagos bajo la mesa, cuyas ramificaciones se extienden por varios continentes. ¡En una lista de transacciones que puede medir varios metros tenemos que buscar, a veces, un único ingreso, aparentemente idéntico a todos los demás! Trabajamos durante jornadas de doce horas, multiplicando las audiencias y los interrogatorios.
Ya sus lacayos, siempre provistos de todo el dinero necesario, anunciaron a los matones el precio que habían puesto a la cabeza de tan atrevida juez que había osado averiguar lo vedado.
Un desconocido que dijo llamarse Franz, apartó a la arrojada Juez durante una fiesta y le dijo: Señora, debe usted comprender que el 98% de los delitos pueden ser juzgados. Pero que queda un 2% que la justicia no puede solucionar. Se los llama “secretos de Estado”. Hay muchos intereses poderosos a su alrededor. Tenga cuidado. El Estado posee guardianes de sus secretos. Y no se andan con chiquitas. Hay que ser razonable.
El “cuarto poder” que es la niña de los ojos del poder tras bambalinas, el encargado de resguardar su democracia, salta al ruedo para confundir más a una opinión pública obnubilada por lo apabullante de los hechos. Con palabras de la misma Eva Joly, el caso se ve desbordado mediaticamente. El aluvión de noticias se vuelve incontrolable. Cuando un informe llega a un cierto grado de notoriedad, es víctima de la maldición de los recortes de prensa: Los artículos que se van recopilando, en los cuales se mezclan verdades y errores, forman una historia autónoma, un culebrón de la mentira-verdad. La realidad mediática se autoalimenta, corriendo el riesgo de desbancar a la realidad del sumario.
Más adelante: …nos va a envolver una bola de fuego mediático, que puede arrastrarnos.
Esta señora que tiene el temple de los aceros finos no se deja derrumbar y afirma: Me acostumbro al miedo. Convivo con él así como se lucha contra una enfermedad vergonzante.
Un gran periodista español, Juan Tomás de Salas, antiguo editor de Diario 16, da pruebas de procedimientos similares en España: Los ideales se han desvanecido. Ya no hay periodismo de investigación, sino poderes ocultos que filtran a menudo la información a su antojo. Estos poderes nos han utilizado en sus luchas personales.
Mientras lucha contra corriente esta magistrada va constatando que es una minúscula pieza dentro de una gigantesca maquinaria judicial engrasada por delincuentes:
De esta forma transcurren a veces nuestros días: pasando el tiempo en demostrar que no estamos locos, mientras que violaciones tan graves de la ley –como grabar el contenido de un interrogatorio o ponerle escuchas a un magistrado- sólo nos movilizan a nosotros y no alteran a nadie más de la jerarquía judicial.
Vivimos en un extraño país, en el que los robos de pruebas, las escuchas indiscriminadas, el espionaje, los golpes bajos, todas esas prácticas extraordinarias son ya casi para nosotros el pan de cada día… ¿Quién se preocupa aún por ello en Francia? Durante diez años, en los sumarios que he instruido, incluso parcialmente, la destrucción de archivos funcionó como un deporte nacional.
Más adelante constata: Detengo aquí esta desoladora lista de delitos que hacen que la República francesa se asemeje a una democracia de ficción, donde los criminales exhiben la arrogancia de la impunidad. Entramados organizados, respaldados por una logística sofisticada, les permiten todo: hostigar a los magistrados, robar informes, asaltar cualquier domicilio o destruir pruebas comprometedoras… Pero el mundo gira al revés: al parecer se protege a los sospechosos, mientras que se desafía a los magistrados.
Y se pregunta: ¿Todos los negocios industriales tienen un doble fondo en el no man´sland de la globalización financiera?
Agrega: Enfrentados a la soberanía de la impunidad a que las proporciones habitualmente aceptadas entre la corrupción y el respeto de la ley se tergiversen, debemos replantearnos sin cesar la visión del mundo.
En ese rosario de los misterios dolorosos Eva Joly refiriéndose a la “libertad de información“ y a la “democracia“, cuando de la desviación de fondos de varios miles de millones se trata, nos informa: Cuando la mayoría de los políticos y de los intelectuales han echado pestes contra los jueces, han aparecido algunos periodistas valientes que defienden la aplicación de la ley frente a los poderosos. Se encontraban completamente solos.
Pero lo más desconcertante de todo, no es constatar esas monumentales mentiras que rigen la sociedad actual: democracia, libertad de información, sino ver cómo ese laberinto financiero controlado por bancos de la organización, desemboca irremediablemente en paraísos fiscales organizados y reglamentados por ellos mismos, donde el dinero sucio es huésped bienvenido y es arropado con el manto de la impunidad del secreto bancario.
La lección más profunda que nos ha dejado esta tenaz gladiadora de ese circo en que los corruptos convirtieron la justicia, es ver cómo un ser humano solitario, amenazado, sitiado; a quien se le violaron todas las garantías que la fementida justicia otorga a sus jueces, no claudica ante barreras, cada vez más grandes y que el sistema putrefacto las va haciendo infranqueables, pero Eva Joly se va creciendo hasta alcanzar una grandeza alimentada por su virtud y su valor, con la que los prestidigitadores del mal nunca contaron.
Esa iustitia, como la llamaron los romanos o dikaiosyne, los griegos, y filosoficamente definida como virtud individual y norma de la sociedad, que el derecho le imprime normas y para la moral cristiana es una virtud cardinal, es una virgen inviolable, pues no es un producto de la carne, sino un reflejo de Dios y a Dios no lo puede ensuciar ningún ave de rapiña con su carroña.
Los derechos del individuo o de la sociedad podrán ser violados, pero la justicia prevalecerá intacta en las conciencias no deformadas y sólo es asunto de tiempo para que quien es la misma Justicia, falle.
Sigamos con el heroico testimonio:
Cuando fue arrestado Alfred Sirven por ser sospechoso de un desfalco de más de mil millones de francos y había huído, su caso fue presentado como una cacería de brujas, y evocan una vez más los sacrosantos derechos humanos.
Toda esta indignante prueba de la corrupción con que se manejan las sociedades contemporáneas, relatada desde la fuente misma de los acontecimientos por la protagonista principal que actuaba en nombre del Estado y luchaba contra corriente por imponer justicia, es digna de citar integramente y debería ser conocida por todos los que aún creen en pajaritos de oro, pero aquí y en aras de la brevedad, nos limitamos a citar algunos acápites, que uno solo de cada uno de ellos lo dice todo:

 Nuestra investigación es como un sondeo a tamaño natural, una muestra de terreno que nos descubre los sedimentos enterrados en profundidad. Comparada con otros casos en curso, confirma la magnitud de una cultura de la corrupción donde la trasgresión de la ley no es ni siquiera lo que está en juego.*
 En Roma, uno de los empresarios más incriminados de Italia se ha convertido en el presidente del Consejo1. En Francia, numerosos políticos, después de haber purgado sus condenas, son reelegidos triunfalmente.*
 He visto que la impunidad es la norma y la ley la excepción. He comprobado los límites de la Justicia.*
 Porque la corrupción es un secreto para iniciados que se juega entre pocos jugadores. Son muy pocos los que han tenido la suerte de penetrar en el meollo del asunto, más allá de las apariencias, y que han podido contarlo.*
 Pero la gran corrupción es invisible, se incrusta en el corazón del poder más insospechado.*
 Hasta los cincuenta años, yo formaba parte de aquellos que creen en la grandeza de las instituciones y en la nobleza del poder. Reivindico este largo período de ingenuidad.*
 Silvio Berlusconi, el hombre más rico de Italia, convertido en presidente del consejo gracias a una campaña con bombos y platillos, ha adaptado las leyes para extender la prescripción de los delitos financieros, repatriar los capitales ilegales y suprimir, de facto, ciertos delitos, como por ejemplo la presentación de balances falsificados.*
Como ha escrito el premio Nobel de Literatura Dario Fo:
Nos encontramos ante la paradoja más insensata, digna de Ubú rey, la farsa de lo imposible: se hacen leyes expresamente para el rey, se escoge a los ministros dentro de su corte y defienden sólo sus propios intereses. El Cavaliere y sus subordinados son plenamente conscientes de que tienen todos los poderes en su mano y de que disfrutan de total impunidad.*
 En Estados Unidos, la investigación oficial acerca del “Contragate” ha puesto en evidencia la colaboración de la CIA con los distribuidores colombianos de cocaína con el fin de financiar a la Contra nicaragüense. Mientras, en Panamá, Manuel Noriega, asalariado de la agencia de información norteamericana, ayudaba a blanquear el dinero de los narcotraficantes latinoamericanos. En Europa, ciertas organizaciones independientes tales como el Observatorio Geopolítico de las Drogas han denunciado en varias ocasiones la tolerancia de las autoridades comunitarias en cuanto al tráfico de estas sustancias. Es así como las grandes potencias combaten con la mano izquierda lo que toleran, e incluso protegen, con la mano derecha.*
 Existe riesgo de ver cómo nuestros esfuerzos se pierden en un absurdo, kafkiano, agujero negro, porque la comprensión profunda del problema se nos escapa. Mi convicción, basada en ocho años de experiencia sobre el terreno, es que no encontramos la solución a la ecuación de la delincuencia financiera porque esta última conlleva demasiadas incógnitas. Debemos aislar una variable y concentrarnos en ella. La corrupción a gran escala es el nudo gordiano. Si se cortase, el juego cambiaría de forma espectacular.*
 Con la globalización financiera de estos últimos veinte años hemos cambiado de dimensión. La actual corrupción a gran escala es un fenómeno radical: ya no es individual sino inherente al sistema. Las cantidades a las que nos referimos no sólo han dejado de ser marginales, sino que, por el contrario, las transferencias de riqueza ilícitas quebrantan en profundidad nuestro edificio político.*
 El mercado global ha permitido la aparición de una corrupción global.*
 Entre los años 1991 y 1999, las exportaciones de armamento anuales –oficiales– de Francia ascendieron a 5,61 miles de millones de euros (37 mil millones de francos) al año. Una tasa media de 20% de comisión equivale a 1,12 miles de millones de euros (7,4 miles de millones de francos) en fondos reservados entregados cada año. Una tasa máxima del 40% corresponde a 2,24 miles de millones de euros (14,7 miles de millones de francos) de dinero en negro.*
 Once de las 16 principales sociedades francesas intervienen en un sector en el que la práctica de la corrupción a gran escala es moneda corriente: Total, Vivendi Medioambiente, Bouygues, Vinci, Airbus… Pero esta realidad sólo se expone tan directamente en contadas ocasiones. Tanto más si tenemos en cuenta que la mayoría de los medios de comunicación nacionales pertenecen a dichos grupos, hecho que no incita ni a la curiosidad ni al debate. La cadena TF 1 es la propietaria del grupo Bouygues; Le Figaro y L´Express están controlados por el grupo Dassault; Europe 1, Paris Match y la mayoría de las editoriales pertenecen al grupo Lagardére.*
 La realidad de la corrupción a gran escala sobrepasa nuestro entendimiento. Nos produce una especie de estupefacción. Y también de espanto.*
 Una cultura de malversación ha adquirido su título de nobleza.*
 La corrupción a gran escala se nutre de lo que los italianos llaman el circolo vizioso dell´arroganza (el círculo vicioso de la arrogancia). Se asemeja al infierno: es fácil entrar y casi imposible salir de allí. La impunidad permite medrar sin problemas.*
 Luxemburgo es un país “honorable”, que cuida las apariencias para salvar su estatuto de país fundador de la Unión Europea.*
 Otra vez Ubú rey.
Por una ironía de la historia, una de las dos grandes jurisdicciones europeas, la Corte de Justicia, tiene su sede en ¡Luxemburgo! Este tribunal, en sus sentencias sobre la competencia se refiere cada vez con más frecuencia a la protección de los derechos humanos fundamentales. Ahora bien, los jueces comunitarios están instalados a unos cuantos cientos de metros de los 320 establecimientos financieros del gran ducado, entre los cuales se halla la cámara de compensación Clearstream, un engranaje fundamental del peligroso juego de los productos derivados: 50 billones de euros cambiados al año, 16 mil cuentas bancarias abiertas por establecimientos oriundos de 150 países, 41 de los cuales son paraísos fiscales… El Tribunal de Justicia cohabita sin vergüenza con las 12 mil sociedades pantalla matriculadas en Luxemburgo, ese remanso para la delincuencia financiera en el cual, por una burla del destino, el mismo hombre ocupa las funciones de ministro del Tesoro y de ministro de Justicia.*
 Pero la democracia ya no será más que una fachada. ¿En un mundo así queremos vivir?*
 Esa es la herencia del Siglo de las Luces.*

Es de anotar, que la publicación del libro de Eva Joly IMPUNIDAD, La Corrupción en las entrañas del poder se prohibió inicialmente.
Un índice que muestra cuánto abarcan las garras del dragón, lo tomamos del Epílogo hecho por el Juez Baltazar Garzón al libro de Eva Joly:
 En Italia, en 1994, dos tercios de los parlamentarios estaban imputados en procesos de corrupción; en Alemania, Helmut Kohl fue acusado en 2000 y 2001 de financiación irregular del partido conservador; en España, los escándalos por corrupción jalonan la década de los noventa, llegando hasta nuestros días –hasta Asia –en Japón, donde se admite que la corrupción es un mal endémico, han aprendido a convivir con ella; en China, el anterior presidente de las líneas aéreas nacionales fue condenado a muerte por apropiación indebida de fondos–, pasando por América –en el año 2000, poco tiempo antes de finalizar su mandato, Bill Clinton indultó a cuarenta personas que habían sido condenadas por delitos económicos; o lo sucedido en México con el caso PEMEX–.*
 Hoy día se percibe que lo político, en una especie de onda expansiva, trata de abarcar todas las manifestaciones clásicas (el Poder Judicial es una de ellas), al tiempo que pasa a depender del poder económico, multinacional y globalizado (el poder de las corporaciones).*