viernes, 9 de abril de 2010

VI

VI




Los hijos de papi, como se conoce a esos especímenes de la nueva generación, son insolidarios, agresivos, groseros y ramplones.
Esos rudimentos de seres humanos pasan de la carriola de bebé a la gasolina y en triciclos propulsados por ruidosos motores se arrojan por las aceras y los parques tratando de hacer blanco en ancianos y otros niños, que huyen asustados, mientras los pequeños monstruos se complacen a las carcajadas y empiezan a afianzar su propio sentido de superioridad.
Ya adolescentes, sus amorosos progenitores les cambian el arma de tres ruedas por un potente vehículo de tracción en las cuatro y se convierten en el más grave problema de perturbación de la paz y de la seguridad públicas. Cuando se cruzan con un congénere al volante, frenan en seco en la vía pública y da comienzo una retahíla de carro a carro, en la que esos dos imberbes se mienten hazañas de catre y valentía, mientras el tráfico es represado y a quien ose sonar el claxon, le llueve un rosario de soeces denuestos y amenazas con armas de fuego. Los policías se han escabullido prudentemente del escenario, sabedores de que de los padres de esos angelitos depende su subsistencia.
Cuando van en faena cinegética, que parece ser con la rumba sus únicos oficios, hacen sonar al paso de cualquier fémina que los atraiga, las potentes cornetas de aire que han hecho instalar sobre el capacete del vehículo y que con los enormes parlantes y las gruesas y desproporcionadas llantas pantaneras, son distintivos inconfundibles de los propietarios de esas terribles máquinas sobre ruedas.
Cuando ninguna hembra voluptuosa se hace acreedora a un cumplido grosero y lujurioso, se divierten haciendo puntería con los peatones que se atreven a cruzar una calle y deben escapar, a los brincos para no ser arrollados.
Pero la peor pesadilla la sufren quienes son vecinos de alguna de las féminas de las preferencias de un hijo de mandarín, pues deben sufrir en silencio el desapacible bramido de las cornetas del carro del pretendiente, que no interrumpe hasta que tan afortunada pretendida sale a la calle. Ahora, con suerte, podrán dormir un par de horas, hasta que el gamberro regresa acompañado de sus camaradas y sendas varonas, abren las puertas de los vehículos, encienden a todo volumen los atronadores equipos de sonido que tocan horribles sonsonetes sin melodía, se apean botella de licor en mano y tratan de sobreponerse inútilmente a sus discotecas rodantes con risotadas y palabrotas a los gritos que van in crescendo paralelamente con la droga y la embriaguez, hasta que ya incapaces de aguantar más y recalentados por el sol, salen haciendo chirrear las llantas y dejando atrás un reguero de colillas, botellas quebradas y orines, para dirigirse a casa de sus papis, quienes solícitamente cuidarán el silencio, para que los críos puedan dormir apaciblemente todo el día, mientras las alarmas de sus carros que han dejado activadas, se encargarán de hacerles también los días insoportables a los afortunados vecinos.
Por inercia adquieren el certificado de estudios secundarios que los acredita para entrar en una de esas universidades privadas que abundan y que dejan ingresar y egresar a quienes paguen los elevados estipendios semestrales. Maestro o profesor que se atreva a reprobar a uno de esos estudiantes, tendrá que atenerse a las consecuencias, y si sale bien librado, sólo perderá el cargo y conservará vida e integridad.
En estos rebeldes sin causa, la hombría o machera que tanto se complacen en vivir demostrando, consiste en destruir lo que encuentran donde sean vistos, solamente por sus camaradas: Teléfonos públicos, bancas de los parques, farolas de las calles, butacas de los cines que rompen y embadurnan con gomas de mascar y en fin, todo el mobiliario ajeno que no se encuentre vigilado por personas de mayor tamaño que ellos, no escapa a sus andanadas de valentines. Son bravucones y agresivos, pero sólo se atreven a amenazar a los más chicos o a sus madres.
En uno de los muy esporádicos casos en que el mozalbete coincide con su progenitor estando ambos en estado de vigilia; lo ve al entrar, arrellanado en un sillón de la sala con un vaso gigante lleno de hielos y licor en la mano y vistiendo bermudas, chancletas y una camiseta abierta, que dejan ver el abundante vello negro de piernas y pecho. El hijo al ver el rostro enrojecido de su padre le pregunta socarronamente con la complicidad acostumbrada, si estuvo bien la rumba y abundaron las buenas hembras. El papi riendo maliciosamente le responde en voz baja: No me puedo quejar, pero habla en voz baja que tu madre aún no ha salido para el club e invita a su crío a servirse un drink y a sentarse.
Al preguntarle a su papi acerca de la masacre escenificada por la policía para desalojar a una multitud de un barrio de invasión, el progenitor del adolescente le imparte una de sus escasas, pero impactantes cátedras magistrales:
- A esos parásitos hay que darles duro hasta que entiendan que si no pagan los precios que se señalaron, tendrán que ir a levantar sus chozas a otra parte. No se puede permitir que unos fanáticos fascistas pongan en peligro nuestra democracia, ni que abusen de las libertades que en mala hora les concedimos en demasía. Nunca debes perder de vista, que para eso ponemos nosotros las autoridades, para que nos obedezcan. Yo siempre he insistido con algunos idiotas que se empeñan en hacerlo, que no se debe permitir construir escuelas en esos tugurios, porque lo único que aprenden en ellas esos muertos de hambre, es a pedir lo que no tienen derecho a recibir.
- Se debería también mantenerles racionadas sus bazofias, pues el hambre logra la obediencia ciega. El conferencista interrumpe su cátedra para contestar al celular la llamada de una amiguita y al terminar se pone de pie y le dice a su párvulo, que si quiere salir con sus amigos y unas chicas, puede usar su yate. En ese momento sale la madre con la cara tan maquillada, que parece una máscara, se despiden a las carreras y los tres toman apresurados distintos caminos.-
Las adolescentes que tanta admiración tributan a esos personajes, tienen también un sello inconfundible: Usan solamente prendas de determinadas marcas, no importando ni su calidad ni su belleza, sólo su elevado precio, así provengan de familias de escasos recursos; viven indefectiblemente con un teléfono móvil adherido a una oreja y se preocupan por hacerlo sonar en público y por sostener largas conversaciones en alta voz para ser oídas, pues creen que esos adminículos confieren status.
Son frívolas y todos los valores los satanizan de ridículos: ¡qué oso! ¡qué boleta! son los distintivos que le endilgan a religión y familia y ni qué decir de música y expresiones culturales tradicionales.
Y claramente, como no podemos escapar al remolino que atrapó las sociedades tercermundistas y ya muchas del mundo industrializado, si esa generación, como ocurrirá, toma la conducción de la sociedad, estaremos indefectiblemente condenados al subdesarrollo eterno, como vaticinara un conocido hombre público.
Cerrado el capítulo de la educación superior, se logra la semblanza del prototipo de candidato a la clase política dirigente del Tercer Mundo.
El joven profesional que se inicia desde un elevado cargo, está convertido en un hombre obeso, de mirada opaca, adicto al alcohol y muchas veces a las drogas alucinantes; es de carácter agresivo, egoísta y dispuesto a todo para poder mantener su vida regalada y de caprichos. Lleva mucho oro en ambos brazos y en el cuello; usa atropelladamente y a cada instante un teléfono celular, que se ha convertido en nuevo apéndice de la generación actual, y se desplaza en una enorme camioneta de vidrios polarizados, que se asemeja más a un tanque de guerra, que a un vehículo de pasajeros. Estos sujetos explican, sin lugar a dudas, los niveles tan descarados que ha alcanzado la corrupción que perpetúa la miseria.
Todo ser humano llega al mundo infectado de envidia, codicia y pereza, que se van despertando desde la más temprana edad. Los bebés se arrebatan los juguetes entre ellos y protestan a los gritos cuando sus respectivas madres restablecen el orden de propiedad. Ya mayorcitos empiezan a hacer trampas en los juegos para granjearse inmerecidamente reconocimientos y premios. Las diferencias de los futuros ciudadanos las marcarán los padres de los pequeños con la educación que les impartan y muchos de ellos que con el manido estribillo de no quiero que mi hijo pase por las que yo pasé, cohonestan un comportamiento vicioso, tergiversado, que hará de su vástago un ser humano de conciencia torcida.
En nuestros países atrasados, especialmente en medios de escasa formación, las madres crean en sus hijas, desde la más temprana edad, un síndrome de reina de belleza o de diva de farándula y vemos con tristeza en los mediocres programas de una mísera televisión, a niñas desde los cuatro o cinco años disfrazadas de bailarinas de streap tease tongoneándose vulgar e insinuantemente en pasarelas. Estas mismas ya adolescentes y así orientadas, son las que acuden a los cirujanos estéticos para hacerse cortar lo que les sobra e insuflar donde les falta. Estamos siendo testigos atónitos de cómo esas pequeñas féminas recurren hasta a las medidas más extremas, incluso venderse, para pagar sus operaciones y comprar costosas prendas de marca. Algunas de ellas llegan a los concursos de belleza a engañar concientemente a un jurado y a un público con unas facciones y medidas que no son las suyas, ni han sido conseguidas por medio del esfuerzo, sino del bisturí y terminan siendo adictas al exhibicionismo.
Hasta aquí, la sociedad no sufre consecuencias tan dañinas por tratarse de frivolidades. Pero lo que harán pronto sus congéneres masculinos desde altas posiciones que comprometen el manejo público, sí producirá secuelas desastrosas para sus conciudadanos.
Pero en las naciones que deberían dar ejemplo están ocurriendo hechos de consecuencias más graves, porque hombres que crecieron en un ambiente de moral laxa y relativista, se encuentran al frente de esos gobiernos.
Es una verdad muy recurrida que violencia engendra violencia y otra no menos conocida, es que no hay que buscar el ahogado río arriba. Pero, las potencias con su política internacional están utilizando terrorismo de Estado para supuestamente combatir el terrorismo, y están violando todos los acuerdos internacionales y la autodeterminación de los pueblos; validos de mentiras.
Su cacería de brujas, su supuesta defensa contra grupos fundamentalistas, no es otra cosa que la justificación de sus crímenes contra una parte de la tierra para poner en marcha sus inconfesables metas.
La sociedad está ahogándose en un mundo virtual. Las relaciones entre los hombres, se han ido degradando; las tertulias han sido reemplazadas por el Chat, o en el mejor de los casos por entrecortados y distantes monosílabos a través de adminículos electrónicos. Ya Ernesto Sábato en La Resistencia* afirmaba: Porque a medida que nos relacionamos de manera abstracta más nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros mientras toman poder entidades sin sangre ni nombres propios.
Otro de los factores preponderantes que contribuyen a la tan buscada robotización del hombre es el ruido. Investigaciones de prestigiosas universidades no comprometidas con la manipulación de las masas han comprobado que este es un factor altamente perturbador y que la contaminación por ruido causa alteraciones del sistema nervioso, sube la tensión arterial, produce taquicardias y cefaleas y hasta gastritis. Estos trastornos aumentan con la perturbación del descanso y del sueño, logrando que los afectados lleguen hasta perder el control.
Es por ello, que en su ya citada obra La Resistencia, Ernesto Sabato manifestara: El hombre se está acostumbrando a aceptar pasivamente una constante intrusión sensorial. Y esta actitud pasiva termina siendo una servidumbre mental, una verdadera esclavitud.
Es evidente que el ser humano creado libre y para un destino superior, no podía ser convertido en un borrego que se dejase cabestrear, por lo que había que hacer de él un abúlico. Ese pobre andariego, que no caminante, es apabullado con una avalancha de mensajes que es incapaz de procesar, pues han sido elaborados precisamente para confundirlo.
La mayor angustia del hombre se debe a la soledad. Para los cientificistas, el hombre es un animal gregario y para quienes creemos que se compone, además de una vil materia débil y corruptible, de un espíritu que lo hace trascendente, es un ser sociable capaz de transformar sus pesares y dolores en alegría, la que se cosecha compartiendo con otros seres espirituales.
Pero la sociedad globalizada de nuestros tiempos, con sus avances electrónicos asombrosos, que supuestamente comunicó al hombre actual como nunca antes ni lo soñó, paradójicamente lo introdujo en un mundo que sufre de una soledad tampoco vista hasta entonces. A las personas les cambiaron las relaciones con otros congéneres de carne y hueso, por pantallas y auriculares de plástico. La calidez acogedora y sosegada de las veladas fue reemplazada por la velocidad vertiginosa y la insensible frialdad del aparato.
Los emisores de mensajes a través de imagen y sonido no se interesan ni creen en las verdaderas inquietudes que hay en lo recóndito de todo ser humano y por el contrario, se valen de ellas para convertirle su angustia en pánico; su soledad en prisión; su esperanza en capitulación y su conciencia libre en una mazmorra de esclavos.
Leemos en el Antiguo Testamento, Éxodo 32, 1 a 6, que el pueblo judío cometió un acto de idolatría fundiendo un becerro de oro para adorar, lo que, a no ser por las súplicas de Moisés, le hubiera valido su exterminio (Éxodo 32, 10).
La historia siempre se repite y nuevamente los infieles disfrazados de pozos de ciencia crearon nuevos ídolos y luchan a brazo partido por insuflarle a toda la humanidad su tecnolatría. A la masa la están convirtiendo en adictos compulsivos a la pantalla, a receptores de sonido y a teléfonos móviles, medios a través de los cuales lavan cerebros novatos y los moldean para sus propósitos.
En la tribuna consiguieron afianzar el desprecio hacia los espíritus elevados de exquisita formación humanística, mientras la admiración por la habilidad de los oprimidores de teclas aumenta.
A todas estas miserias que padece el hombre de nuestro tiempo se pueden agregar las adicionales de las sociedades pobres. El Tercer Mundo carga un lastre maldito que es la herencia colonial.
Sin excepción, todos los nativos de los pueblos colonizados arrastran un resentimiento, la mayoría de las veces convertido en odio.
Las potencias coloniales que no mezclaron su sangre con los aborígenes, nunca lograron que se les perdonara ese desprecio, y los colonizadores que sí lo hicieron, lo empezaron con violencia. No fue el amor el motor del mestizaje, sino la lascivia la que los indujo a las violaciones de las mujeres exóticas que se atravesaron en sus caminos de codicia.
Una causa importante de la violencia en los países en vías de desarrollo, o mejor, en vías de subdesarrollo, se debe a la frustración que genera la impotencia y el rencor que cargan los colonizados.
Los hombres nacemos, por lo menos, con deseos vehementes de igualdad, cuando no, de superioridad, que se pueden canalizar para bien o para mal.
La tendencia a conseguir dinero de la manera más fácil posible, es generalizada, pues erróneamente casi todos creen que el dinero iguala o suple y muchos hacen cualquier cosa por hacerse a él.
Los sobrevivientes de la colonización anglosajona en Norteamérica fueron relegados a reservas, especie de getto restringido donde añoran la inmensidad de las llanuras que cruzaban veloces en caballos salvajes cual centauros, amos y señores de todo cuanto se perdía a la vista.
El puchero racial iberoamericano fue cocido por manos inexpertas. El hombre al sur del Río Bravo, con algunas excepciones, no heredó el pundonor de los grandes de España, sino la indignidad del aventurero exconvicto; ni el estoicismo del indígena, sino una inercia indiferente; ni la fuerza del africano, sino la pasividad.
Aunque todo hombre decente y pensante no puede leer, escribir ni hablar sobre la corrupción sin indignarse y esa peste ha tomado tales proporciones que amenaza con destruir la civilización, abrigamos la esperanza de que la sociedad despierte del letargo, abra las entendederas y se imponga en ella el sentimiento de justicia.
El tema es inagotable como los tentáculos de ese pulpo y siempre nos sentiremos impelidos a volver sobre él, pero en aras de la brevedad, valga una última comprobación acerca de los ejecutores de las órdenes de los verdaderos amos, esto es, de los políticos:
En casi todas las tareas que acometen los seres humanos deben hacer acopio de virtudes para poderse perfilar. Veamos algunos ejemplos:
Los filósofos, armados de la razón, de su capacidad de abstracción, de buenos libros y maestros y utilizando todo instante disponible, deben sumergirse con todo el desprendimiento que ello implica en la tarea menos redituable, pero que más puede absorber y llenar la inteligencia.
Algo parecido sucede con los científicos de la naturaleza.
Existen otras ocupaciones, que algunos llaman vocaciones, que deben renunciar, no sólo a prebendas económicas, sino, incluso a la satisfacción del ego unida a algo o a mucho de vanidad que motiva a filósofos y científicos. Estamos hablando de ministros eclesiásticos y de miembros de órdenes religiosas, cuya entrega, por lo general, debe ser entera.
Las profesiones liberales, las artes y los oficios, aunque no renuncian a beneficios económicos, son indispensables también para un buen funcionamiento de la sociedad.
El deportista que quiere subir al podio, deberá durante muchos años emplear todas sus energías y no poca voluntad para lograrlo.
Todas las anteriores ocupaciones y otras más, implican el ejercicio de un sinnúmero de virtudes en mayor o menor grado para cada una de ellas: Fe, paciencia, voluntad, diligencia, tenacidad, entrega, templanza, generosidad, veracidad, fortaleza, lealtad, humildad…
En cambio, la mentira, el egoísmo, la gula, la codicia, la envidia, la deslealtad, la deshonestidad y la arrogancia, suelen encontrarse frecuentemente entre los políticos.
Pero paradójicamente, esta última clase, que es la que más daño le hace a la sociedad, por encima de ladrones, asesinos y otros antisociales, es la que consigue ser exaltada, con la ayuda de los medios de información, a los altares de las naciones y recibir los más altos honores. Ellos mismos se endilgan rimbombantes títulos de “servidores públicos”, “altos dignatarios” y hasta, “padres de la patria” ¡Habrase visto hasta dónde pueden llegar el cinismo y la arrogancia!.
Churdril afirmaba que la democracia es el menos malo de los sistemas conocidos, pero yo me atrevo a proponer uno que lo reemplazaría por otro, no perfecto, pero sí con visos de honestidad o por lo menos, mucho menos malo. Veamos:
Toda nación que se quiera sacudir el yugo de las fementidas democracia y libertad de expresión, debe escoger un consejo de calificación, mediante un sistema de evaluación electrónico, rigurosamente preparado por un grupo de expertos en informática cuidadosamente seleccionados, y tanto el sistema como los expertos se blindarían contra toda influencia o manipulación.
El programa registra los candidatos a evaluar y escoger por el sistema, dentro de las distintas áreas del saber: filósofos, teólogos, matemáticos, físicos, químicos, médicos, psicólogos, climatólogos, sociólogos, historiólogos, expertos de todas las bellas artes, juristas, economistas…
El programa evaluará únicamente candidatos que hayan demostrado suficientemente y sin lugar a dudas, sus profundos conocimientos en su especialidad y que hayan sido sometidos a rigurosas pruebas psicotécnicas para analizar sus índices de inteligencia y equilibrio mental. El sistema tampoco aceptará personas que registren alguna sombra sobre su rectitud, honestidad, sinceridad, o cualquier otro problema de comportamiento. El programa tampoco aceptará candidatos menores de cuarenta años.
El computador, sin que pueda ser intervenido el programa ya por persona alguna, procesará la información y seleccionará el mejor en cada área, que entrará a formar parte del consejo de calificación.
Éste consejo de calificación se dedicaría durante un lapso de tiempo determinado, a preparar el perfil de las personas que deben ocupar los puestos de gobierno de la nación, de mayor a menor: Jefe de gobierno, secretarios o ministros de las diferentes áreas, hasta llegar a los niveles más bajos. Lo mismo hará para seleccionar los magistrados del poder judicial, los jueces de todos los niveles y así sucesivamente, sin descuidar las funciones más elementales, como las de aseo de los juzgados.
El computador así programado, procesaría la información y haría los nombramientos. Cuando un ciudadano seleccionado no pueda asumir sus funciones por razones justificadas, entraría a reemplazarlo quien lo sigue en riguroso orden.
Con el poder legislativo, el consejo procederá a extraer del sistema los diez mejores candidatos que hayan quedado en cada área, después de la selección hecha de los miembros del consejo de calificación, y someterá esa selección, para que de cada área del saber, los votantes alfabetos que estén mentalmente saludables, puedan elegir, previo análisis del perfil que arroje el computador, tres de cada área. No se permitirá, ni proselitismo, ni nada diferente a lo que el consejo de calificación decida sobre los sitios donde deberán darse a conocer los perfiles de los candidatos a elegir, que no podrán ser aspirantes, esto es, a quienes no se permitirá proponer sus nombres por sí mismos ni por otras personas o grupos.
Es evidente que el hombre no puede producir nada perfecto, pero en la medida que sus actos estén encaminados a beneficiar a los demás y no se contaminen de egoísmo y codicia, serán satisfactorios. Sabemos, empero, que es casi imposible, tratándose del manejo de los intereses de la comunidad, que la ambición no mate los buenos propósitos. Es por ello que se debe delegar a grupos selectos ajenos y a máquinas, la regulación y administración de la sociedad para sustituir esa caricatura de democracia avalada por sus propios medios de comunicación, por una auténtica, realista y veraz, como la que se propone, porque la que ahora tenemos ya la había identificado Bernard Shaw cuando expresó: La democracia sustituye al nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente.
La capacidad de entendimiento en los seres humanos es diferente y su distinción abarca una extensa gama entre los genios y los estúpidos, sin que ello pueda constituir motivo de orgullo o vergüenza, pues nadie puede hacer nada para lograr o evitar inteligencia.
Con la moral pasa algo diferente, pues el hombre está capacitado y facultado para obrar bien o para obrar mal, y lo que es más importante, para distinguir entre lo bueno y lo malo.
Toda persona que vaya a ocupar cargos de manejo en una sociedad, máxime cuando son de gobierno, debería poseer en grado alto inteligencia y moral.
Pero tenemos que ver y sufrir, cómo en la prostituida democracia son escogidos seres carentes de inteligencia y de moral con el temerario argumento de “democracia participativa”, ya que son claramente dóciles a sus amos, pero funestos para la comunidad. Ésta “democracia participativa” fue la encargada de “democratizar”, de popularizar la corrupción, hasta llevarla a los antes insospechados niveles en que hoy la conocemos, no quedando ni un pelo libre de esa gangrena social.
Hay que hacer pues un nuevo camino ya que parece estarse cumpliendo lo anunciado en Apocalipsis 18.2: Cayó, cayó Babilonia la grande, y se hizo morada de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de todas las aves asquerosas y abominables.
Si surgiese un iluminado capaz de poner en marcha un método para reversar el lavado cerebral y el implante que se hizo en las mentes de las masas, la sociedad podría derribar los fundamentos mentirosos subyacentes a esta Torre de Babel que la confunde y esclaviza.
No se trata de barajar y volver a repartir para jugar el mismo juego con cartas marcadas, sino, de botar los naipes y ensayar un nuevo juego sin los jugadores tramposos ya conocidos.
Mientras esto no ocurra, no acabará la división entre cachicanes y bufones; entre titiriteros y muñecos; entre explotadores y cándidos; entre verdugos y víctimas.
Antes perder la vida que la esperanza, afirmaba Quintiliano. Precisamente, al mirar hacia atrás, al darle un vistazo a la historia podemos constatar, que todos los imperios, todos los despotismos, todas las tiranías, han pasado, y ello nos lleva a conservar la esperanza. Como en la naturaleza, en la política también todo sistema nace, crece y finalmente muere.
También la historia nos da testimonio de tiempos gloriosos, de grandes gestas y alumbramientos que llevan a muchos desesperanzados a sentir tristeza por tener más pasado que futuro.
Uno de los temas que más ha ocupado a la filosofía, es el del tiempo.
La comprensión de este problema se escapa, como se escapa el mismo tiempo.
Algunos han afirmado que el único tiempo que existe es el pasado, pues queda fijado en la memoria y no se puede escapar; vivimos de recuerdos y nostalgias.
Yo me aventuraría a decir, que el tiempo es el vehículo de transporte de la materia prima para nuestro cerebro. Somos lo que hayamos acumulado en nuestra memoria. Esta facultad del alma es la que hace posible que acopiemos y conservemos conocimientos, que adquiramos experiencia y podamos llegar a ser prudentes o insensatos.
El tiempo se puede comparar a un surtidor que vierte combustible en un tanque. El líquido que está fluyendo es el presente y el líquido almacenado es el pasado, cuando el surtidor se cierra, se acaba el tiempo, que para el hombre es la muerte. El pasado es lo único que le queda. El futuro no existe como tiempo, es solo una ilusión, o temor, o esperanza…
Arquímedes afirmaba: Una mirada hacia atrás vale más que una mirada hacia delante y un proverbio turco reza: Toda desgracia es una lección. Creemos consecuentemente, que la experiencia acompañada de una actitud crítica, es la única arma que tenemos los hombres contra los falsos profetas, contra los deformadores de conciencias.
La experiencia más valiosa para encarar el futuro con esperanza, es la que ninguno puede vivir en carne propia, la muerte. Ver morir, como fin indefectible de esta vida en el mundo, obliga a reflexionar en la fatuidad de la codicia y a mirar la corrupción con miedo, pues hasta los más ateos guardan un rescoldo de duda acerca de lo que pueda haber después de la muerte.

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