viernes, 9 de abril de 2010

VII

VII




Carlyle sentenció: La vanidad es un insaciable sexto sentido; y cuando dijo insaciable, seguramente pensó que la codicia que genera no tiene límites. Pues bien, la codicia con su hermana la envidia, son la indispensable consecuencia de la vanidad y el combustible de la corrupción.
Es más, la vanidad, como caricatura del amor propio tan útil a todo hombre de bien, es la causa de la corrupción.
Chamfort hablando de lo miserable que es la vanidad, afirmó, que es vana que significa vacío… El pequeño de estatura soberbio quiere parecer grande; el bruto vanidoso, genial; el ignorante, sabio;… Los vanidosos, siempre vacíos, sienten la imperiosa necesidad de compensar sus falencias y se convierten en megalómanos.
San Agustín predicó: La soberbia no es grandeza, sino hinchazón, y aquello que está hinchado parece grande, pero no está sano.
El vanidoso nunca sentirá satisfecho su apetito insaciable y como su instinto predominante es la egolatría, que está por encima de toda ley moral, atropellará leyes, derechos ajenos, honores, reputaciones, en fin, todo lo que se atraviese en el camino de su codicia.
Sabiamente nos dejó escrito Cervantes: Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición, que no sea con daño de tercero.
Los usureros codiciosos que abusaron de su religión desfigurándola, vieron que el único camino que conduce al banquete de las vanidades, es el dinero, y fue cuando se organizaron para desfigurar la economía, que se regía antes de su intervención, por leyes obvias, como que el trabajo es el único medio para generar riquezas. Como el vanidoso que ha dejado desbocar la codicia se convierte pronto en un amoral, fue perdiendo los verdaderos valores, principalmente la fortaleza y la honestidad que se requieren para desempeñar el trabajo que quiso Dios, y fue entonces como vio, que el único camino posible era contagiar su vanidad y su codicia a unos cuantos, no de su clan, para así poderse valer de ellos mediante la usura, que era su única posibilidad de llegar donde pretendía su arrogancia. Fue acumulando y acumulando dinero sin trabajar, sólo explotando las necesidades de los demás, que él mismo creó, y cuando se apoderó de la mayoría del dinero de la sociedad a través de su método torcido, pudo acercarse al poder y sutilmente fue introduciendo su discurso, hasta que logró empezar a corromper a los poderosos, pues éstos fueron sucumbiendo, poco a poco, ante las sinuosas motivaciones de sus serviles banqueros, quienes pronto ya los pudieron asir firmemente en sus garfas usureras.
Calderón nos enseñó: El ánimo desprecia generoso a la codicia, bestia tan ingrata que con su aliento a quien la engendra mata.
Reza el refranero popular, que a grandes males, grandes remedios, pero por la medicina sabemos que hay infecciones, cánceres, gangrenas…, que si se dejan avanzar demasiado, ya no cabe esperar mejoría, sino la muerte.
Es tan antigua la sustitución de la economía real por la especulativa y usurera, que toda la humanidad, salvo pequeñas y aisladas excepciones, se connaturalizó con el sistema mentiroso y fraudulento que rige hoy en los cuatro puntos cardinales.
Ante la queja aislada de algún miembro pensante e influyente del conglomerado que se ha logrado mantener incontaminado, surgen inmediatamente los corruptos, que son los primeros en saltar a la palestra, con propuestas de campañas contra la corrupción, la creación de comités y alianzas que la combatan, propuestas de nombramientos de funcionarios anticorrupción, siempre segundones, y en fin, toda suerte de iniciativas que sabe de antemano inocuas y que inmediatamente son acogidas con entusiasmo por el títere que preside el gobierno, sabedores todos de que así volverán a mantener acallada y tranquilizada la masa por años o lustros, hasta que surja otro despistado Quijote, para volver a desempolvar el mismo libreto, y acaban, tal vez, eliminando al quejoso, cumpliéndose lo que sentenció Emerson: Todos los héroes acaban por volverse fastidiosos.
Los mentirosos inspiradores de la Revolución Francesa y sus marionetas que la ejecutaron, le dieron a la masa un bombón envenenado. Como todo lo que sale de ese siniestro clan, siempre es presentado con envolturas primorosas y en bandeja de plata a los destinatarios, que se sienten obsequiados, desconociendo que sólo serán víctimas engañadas. En efecto, la separación de poderes para el gobierno de los Estados, parece una idea maravillosa y prometedora de un manejo diáfano y blindado contra la corrupción, pero la masa que la acogió entusiasmada desconocía de los manejos tras bambalinas del poder secreto. La experiencia de más de dos siglos demostró incontrovertiblemente, que los poderes públicos, aparentemente soberanos, independientes e impenetrables entre sí, no eran nada distinto, que tres grupos de títeres que bailan cuando el poder oculto tira de las cuerdas.
La otra enorme mentira que lograron convertir en precepto, fue atribuirle a la banca ser la columna vertebral de la economía y sustento indispensable de cualquier desarrollo. Lo que ocultaron, fueron los propósitos de tan aberrante dogma y fue, que en adelante la sociedad debería trabajar para los banqueros, estos sí, de su propio conciliábulo.
Tenemos que vivir hoy en un mundo en el que los gobiernos elegidos “democráticamente” perdieron el control de los bienes estratégicos de la sociedad, principalmente, el control del dinero para poder financiar obras de desarrollo y financiar proyectos de los ciudadanos.
La inmensa mayoría de los usuarios de los bancos, debido al lavado cerebral, acabaron ignorando la sentencia tan obvia de D´Azeglio cuando se refería a la economía: La primera de las cosas necesarias es no gastar lo que no se tiene.
Cuando la economía todavía se regía por los principios de la razón y del sentido común y no por la usura y la especulación, Bacon afirmó: Hay muchos modos de hacerse rico, pero muy pocos de hacerlo con honradez; la economía es uno de los más seguros, a pesar de que tampoco es del todo inocente, porque resta una parte a la caridad.
Casi ninguno de los grandes pensadores, desde la antigüedad, omitió marcar las diferencias morales entre la especulación y el trabajo. Aristóteles dejó sentado: Mercaderes... no deben ser admitidos a la ciudadanía, porque su género de vida es abyecto y contrario a la virtud y muchos siglos después, pero varios atrás, Montaigne escribió: El provecho de uno siempre es perjuicio de algún otro y Scott hace poco más de un siglo afirmó: El dinero ha aniquilado más almas, que el hierro cuerpos.
El ser humano con delirios de grandeza es un vanidoso que en el fondo carga con un complejo de inferioridad que lo atormenta y lo hace insufrible. Ese megalómano suele ser medroso y en medio de su recelo genera las reacciones típicas del cobarde, convirtiéndose en bravucón, siempre y cuando se sienta respaldado por una fuerza muy superior a la del objeto de su agresión.
Estos especímenes inseguros son los que casi siempre vemos apoderándose de las tarimas de las plazas, de los micrófonos, y encaramados en los escenarios vociferando lo que ellos creen la panacea o la piedra filosofal. Esos ególatras que ponen la moral por debajo de sus delirios, son los candidatos ideales del poder oculto para encabezar los movimientos caudillistas y son llevados a “gobernar”, pueblos, con el dinero y el apoyo de los medios de información masiva que controlan los “sabios de los conciliábulos”. Esta marioneta ya instalada en su trono, se convierte en el déspota que siempre soñó ser y allí en su solio permanecerá arrellanado, hasta que sus patrones no lo necesiten más y lo arrojen de un papirotazo. Esta, y no otra, es la nunca bien ponderada, alabada y venerada “democracia” corrupta que vivimos hoy.
Bernanos en su “Diario de un Cura Rural”, escribió: No hay nada más duro que el orgullo de los míseros… y más adelante, refiriéndose a Judas: … era el banquero de los doce, ¿y quién ha visto la contabilidad de una banca en regla?
La sociedad ha llegado a tal grado de degradación, que el crimen más aberrante contra la misma sociedad, la corrupción, es visto como algo inherente al sistema y por tanto, natural. Albino Luciani, posterior Papa Juan Pablo I, en su estupendo libro “Ilustrísimos Señores”, escribió: … se sonrojan porque se avergüenzan, pero hoy, se avergüenzan porque se sonrojan. Este bondadoso hombre debió reconocer con pesar, que se había perdido la vergüenza en ciertos círculos.
Nadie mejor que Benito Pérez Galdós en su obra “EL AMIGO MANSO”, nos da un perfil magistral del personaje típico que se pavonea por los vericuetos de la política, de los negocios y de la banca, mezcla esta perversa y corrosiva; veamos: Doña Cándida era viuda de García Grande, personaje que desempeñó segundos o terceros papeles en el período político llamado de la Unión liberal. Era de estos que no fatigan a la posterioridad ni a la fama, y que, al morirse, reciben el frío homenaje de los periódicos del partido y son llamados probos, activos, celosos, concienzudos, inteligentes o cosa tal. García Grande había sido hombre de negocios, de estos que tienen una mano en la política menuda y otra en los negocios gordos, un bifronte de esta raza inextinguible y fecundísima que se reproduce y se cría en los grandes sedimentos fungulares del Congreso y la Bolsa; hombre sin ideas, pero dotado de buenas formas, que suplen a aquellas; apetitoso de riquezas fáciles; un sargentuelo de las pandillas que se forman con las subdivisiones parlamentarias; una nulidad barnizada, agiotista sin genio, orador sin estilo y político sin tacto, que no informaba, sino decoraba las situaciones; substancia antropomórfica, que, bajo la acción de la política; apareció cristalizada de distintas maneras, ya como gobernador de provincia, ya como administrador de Patronatos, ahora de director general, después de gerente de un desbancado Banco o de un ferrocarril sin carriles.
En esos trotes, García Grande, cuya determinación psicofísica acusaba dos formas primordiales, linfatismo y vanidad, derrochó su fortuna, la de su mujer y parte no chica de varios patrimonios ajenos, porque una Sociedad anónima para asegurarnos la vida, de que fue director gerente, arrambló con las economías de media generación y allá se fue todo al hoyo. Decían que García Grande era honrado, pero débil. ¡Qué gracia! La debilidad y la honradez están siempre mal avenidas, así como la humildad evangélica y el amor a los semejantes suelen andar a la greña con aquel vigor de carácter que el manejo de fondos propios y particulares exige.
Estamos viviendo en medio de una sociedad adocenada y pusilánime, que mantiene así, conscientemente, el poder oculto y corrupto para sus fines inconfesables.
No sin razón escribió José Ortega y Gasset en “¿Qué es Filosofía?”: … y esto es lo que hace el hombre medio y la mujer mediocre, es decir, la inmensa mayoría de las criaturas humanas. Para ellas vivir es entregarse a lo unánime, dejar que las costumbres, los prejuicios, los usos, los tópicos se instalen en su interior, los hagan vivir a ellos y tomen sobre sí la tarea de hacerlos vivir y más adelante: … Son ánimos débiles que al sentir el peso,… se preocupan por despreocuparse y luego: Hacer lo que hace todo el mundo es su preocupación.
¿Cuál será la manera más expedita de sacar a la sociedad del escabroso socavón en que se encuentra? Valga la perogrullada de que no hay víctima sin victimario y en el caso que nos ocupa, es difícil establecer qué reviste menor ingenuidad, si acometer la quijotesca tarea de deslavado cerebral de la masa, o arrebatarle al poder oculto el control del dinero y de la información, y con ello, la hegemonía política, jurídica y militar sobre la humanidad. Este, y no otro, es el gran dilema, la encrucijada a la que no se le ve salida a ninguna parte. Estas pocas palabras parecen encerrar una formulación simple, pero en la realidad, es el planteamiento de un problema más quimérico que el que formularon los antiguos con cuatro vocablos: la cuadratura del círculo.
El poder que hoy se pavonea por los cinco continentes, le robó a la sociedad, sin que lo notara, sus derechos fundamentales, cambiándoselos por unas caricaturas de derechos adornadas de colorines y le hizo creer sinuosamente a esa sociedad que ahora sí era usufructuaria de sus plenos derechos. Lo que le ocultaron, lo que siempre han impedido que conozca la masa, es que su libertad de expresión fue peligrosamente coartada; que su derecho a ser objetiva e imparcialmente informada, desapareció con el monopolio de la información en manos de sus manejadores; que sus demás derechos los volvieron relativos, pues al ostentar sus amos el control financiero, su acceso a medios para educarse, educar a su familia, desarrollar proyectos, y en una palabra, para ejercer cualquier actividad humana, está limitada a la medida de su servilismo con el poder.
La más peligrosa para la sociedad de todas las alimañas que la asechan, son los políticos vendidos al poder oculto. No hay delincuente mayor que el que traiciona a sus congéneres a cambio de unas prebendas. Esas caricaturas de seres humanos, que como hombre me avergonzaría en llamarlos siquiera hombrecillos, encarnan el súmmum de la corrupción.
Habiendo sido el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, moriré con la incógnita sin despejar, de por qué las grandes mayorías sucumben ante el oropel que rodea y la verborragia propia de esos traidores tan evidentes. Sólo el poder de la propaganda que los apabulla y las migajas que les arrojan esos títeres a sus víctimas famélicas, me suministran una tímida e incompleta explicación. Mi pobre cerebro confundido ante tan descabellado escenario me sugiere, que el hambre y la manipulación mental de masas a través de los medios, conduce a la pérdida de la libertad, y esta parece ser la única aclaración satisfactoria.
Al hojear las enciclopedias nos encontramos con nombres en el campo de la filosofía, de las matemáticas, de las ciencias, de las letras, del arte…, que representan un orgullo para la humanidad, pero si recorremos ciertos salones de la fama, nos encontramos con cuadros de políticos y de gente de la farándula, que son una vergüenza para el género humano.

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