II
Todas las organizaciones, asociaciones, Clubs, grupos, fraternidades, o como se quieran denominar, que fomentan la corrupción y que están amparadas bajo un mismo manto, confunden a sus miembros con propósitos nobles, pero no confiesan que: El fin perverso debe desaparecer dentro de los medios nobles, y es con esta simple, pero ingeniosa fórmula, como han logrado entrampar en sus redes a media humanidad. Con campañas humanitarias y altruistas atraen a los desprevenidos, que son las mayorías, y una vez adentro, no notan la sutileza con la que les van infiltrando su filosofía.
En lo estatal, la transnacional del mal creó la separación de poderes que fue impuesta a todos los países después de la Revolución Francesa con el fin de ejercer un control recíproco entre ellos, pero lo que los ciudadanos del mundo no intuyeron, ni de lo que la mayoría aún se ha percatado, es de que el sistema de elección y/o nombramientos de los poderes públicos fue inficcionado por un régimen sutil pero preciso, mediante el cual los corruptos están en condiciones de nombrar y de destituir sus propios jueces y que todos los dignatarios de los poderes públicos son escogidos del mismo montón, y como reza el refrán, entre bomberos no se pisan las mangueras.
No insistimos suficientemente cuando repetimos, que estamos atrapados en un remolino o inmersos en un círculo vicioso.
Pero hay esperanzas de que a fuerza de padecer este terrible mal, las sociedades reaccionen, aunque ocurra demasiado tarde.
La milenaria China, por ejemplo, debió constatar cómo la mayoría, o todas sus dinastías fueron derrocadas por debilitamiento del Estado a través de la corrupción de sus ministros, consejeros y demás funcionarios y es así como la China de hoy considera la corrupción como traición a la patria y es castigada con la pena capital, igual que la venta de secretos militares en tiempos de guerra.
La madrecita Rusia, que en tiempos de los zares era bucólica y rezandera, hervía de amor a la tierra y a sus tradiciones, aunque el progreso parecía congelado como sus estepas en invierno. Pero llegó La Revolución organizada desde afuera e implantada adentro por testaferros de la multinacional del mal y empezó a convertirse en un Estado criminal y corrupto sin precedentes en la historia.
Latinoamérica no ha disminuido su merecida reputación de corrupta y hasta existen países que, como a México, algunos le endilgan corrupción institucionalizada. Colombia empezó a situarse en la segunda mitad del siglo XX en los más elevados peldaños de la corrupción. Su democracia la transformó en una “narcodemocracia”, como la denominan en muchos medios de comunicación y círculos de Europa y de otros países del mundo industrializado, sistema éste que consiste en la disputa del poder político cada cuatro años entre los tres grupos en que están divididos los narcotraficantes de la cocaína y de la heroína, a saber: los narcotraficantes a secas, los “narcoguerrilleros” y los “paranarcos”; estos últimos o paramilitares, son acérrimos enemigos de los “narcoguerrilleros” y todos luchan por el control de la rutas de la droga y de las tierras. Testaferros de cada grupo, disfrazados de políticos, compran los votos de los miserables, que hacen mayorías electorales, y triunfa en las urnas el grupo que más duro puje. La “narcodemocracia” colombiana, no solo arrasa con lo que estorbe su marcha criminal, sino que hace de los dineros públicos su propio botín.
Sólo Chile, logró con Pinochet, éxito relativo en su lucha contra la corrupción. ¿Será esta una de las causas por las cuales el poder detrás del telón se ensañó en el anciano exgobernante, cuando ya nos les fue útil y empezó a “descubrirle” cuentas bancarias ocultas?
La mayoría de políticos en el poder y de los gobernados saben que la corrupción menos protuberante, la de baja estirpe, la que no ocupa la atención de los medios, la de los pequeños burócratas, es casi tan nociva como la de los dirigentes.
Las formas que emplean para esquilmar dinero y subir sus deprimidos egos de robots, es la de convertirse en el enemigo del ciudadano y con actitudes agresivas y hostiles, solicitan lo no exigido, retrasan excesivamente todo trámite y ¡Oh placer supremo!, negativas injustificadas. Los ciudadanos invariablemente salen de las oficinas públicas furiosos, humillados y sin ganas de seguir obedeciendo las leyes.
La corrupción en Japón despierta contradicciones, como es contradictorio casi todo en ese país desde la ocupación estadounidense con sus logros de americanizar sus costumbres. Hoy en día nadie le podrá responder con certeza si Japón es pacifista o guerrerista; si es moderno o tradicional y en cuanto a la corrupción, algunos lo acercan al modelo de lo que era la incorruptibilidad alemana, otros por el contrario lo identifican con la discesa italiana.
Gibbons (1993) identificó como corrupto todo comportamiento que, de convertirse en hecho de conocimiento público, conduce al escándalo, pero Gibbons no estaba connaturalizado seguramente con ciertos modelos de educación poco rigurosa que se imparten en latitudes tropicales, donde se confunde escándalo con jolgorio.
En un cuadro publicado en el periódico Japonés Asahi Shinbun el 11 de mayo de 1989, se reflejan las opiniones de japoneses y estadounidenses ante preguntas cruciales sobre la corrupción:
¿Cuál es el mayor problema ético en política?
EEUU 54% : Dinero
Japón 62% : Dinero
EEUU 33% : Las mentiras
Japón 35% : Las mentiras
¿Influye excesivamente el dinero en las elecciones?
EEUU 84% : Sí
Japón 82% : Sí
¿Tienen excesiva influencia las empresas que contribuyen a
las campañas electorales?
EEUU 81% : Sí
Japón 86% : Sí
En Japón También se han denunciado conexiones oscuras entre la política y el crimen organizado, pero por mucho, esta nación no puede compararse con Italia en cuanto al porcentaje de la clase política implicada en corrupción, el grado de contubernio con el crimen organizado, ni con la violencia experimentada en el país mediterráneo.
Mal de muchos, consuelo de tontos, recuerda el aforismo, pero permítasenos transcribir el artículo encontrado en la red (http://bolivia.indymedia.org/es/2004/11/13245.shtml) bajo el título La corrupción de los poderosos de Andrés Soliz Rada:
Desde los centros de poder mundial nos llegan la corrupción, la absolución y el castigo. Ellos miden la corrupción, de acuerdo a sus propios parámetros, elaboran sus escalas de países más o menos corruptos. Entregan los premios y las censuras. Pero no todo es ceguera en el primer mundo. La demostración de lo anterior está en el libro de la juez noruega-francesa, Eva Joly: “La Corrupción en las Entrañas del Poder” (Editorial Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires. 2003).
La juez recuerda que las Islas Caimán es uno de los diez centros financieros más importantes del planeta. Su soberanía pertenece a la Corona Británica, cuyo gobernador es designado desde Londres por el Ministro de Justicia. Los grandes bancos norteamericanos tienen sucursales en esas islas alejadas de la mirada de Dios, de policías y de fiscales. Es uno de los paraísos financieros más renombrados del universo en el que narcotraficantes, gerentes de transnacionales, dictadores y genocidas “lavan” los dólares de la cocaína o giran dineros destinados a sobornos que, el año pasado, ascendieron a 400.000 millones de dólares, sólo en el rubro de licitaciones (“La Razón”, de La Paz, 21-X-04).
El sonoro nombre de Gran Ducado de Luxemburgo genera una suerte de respeto reverencial entre los hombres de a pie y sin corbata. Pocos saben, dice Eva Joly, que ese “honorable” país es, además de residencia de la Corte Europea de Justicia, el lugar donde 12.000 sociedades de pantalla y 320 Bancos de respetabilidad mundial tienen filiales debido a que los jueces de Luxemburgo traban, de manera sistemática, todo intento por intervenir en ese remanso de la delincuencia financiera.
El juez Baltasar Garzón, quien escribe el colofón del libro de Eva Joly, se queja por las crecientes dificultades jurídicas para juzgar en Italia los delitos de Silvio Berlusconi, paradigma de la corrupción en el viejo continente. Sus defensores sostienen que investigar cuentas secretas de los Bancos es una violación a los derechos humanos. En respuesta a los que luchan contra el delito, Berlusconi ha bautizado a su nueva organización política con el nombre de “Casa de las Libertades”. Y hablando de corrupción, ¿no es corrupción reelegir a George W Bush, como presidente de EEUU, quien al invadir a Irak, con la oposición de las Naciones Unidas, se ha convertido en criminal de guerra?
Desde su sede en Alemania, Transparencia Internacional (TI), entidad que dice luchar contra la corrupción, informa, en su página WEB, que, gracias a sus gestiones, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), conformada por los países más ricos del mundo, ha constituido una comisión de lucha antisoborno, financiada, entre otras compañías, por la Shell, la Rio Tinto Zinc (RTZ), Price Water House y el Citigroup. La Shell, al inflar sus reservas, ha alcanzado los niveles de corrupción de la ENRON. La inglesa RTZ, que apoyó a Hitler, es socia del derrocado Gonzalo Sánchez de Lozada (GSL) y saquea el cobre de Chile y de otros países “en vías de desarrollo”. Price Water House es encubridora de la ENRON. Los delitos del Citigroup ya no caben en esta corta nota.
Lo anterior no implica dejar de luchar contra la corrupción en Bolivia y en otros países semi-coloniales. No se trata de aceptar el adagio “mal de muchos consuelo de tontos”. Todo lo contrario. El convencimiento de que la corrupción nos desangra y nos destruye espiritual y económicamente nos llevó, en 1990, a presentar la Ley de Investigación de Fortunas, que desde entonces duerme el sueño de los justos, así como a escribir “La Fortuna del Presidente”, libro en el que se detallan las tropelías delincuenciales de GSL.
Poner a la cabeza de la corrupción mundial a Bangladesh, Haití, Ecuador, Bolivia o Paraguay, como hace TI, y no mencionar en los primeros lugares a Inglaterra, EEUU, Francia, Alemania, Italia y Bélgica, por el manejo de los paraísos financieros, por su responsabilidad en la destrucción del medio ambiente y por ser los fabricantes más descarados de armas de destrucción masiva, implica creer que, además de pueblos saqueados somos pueblos de idiotas.
Sobre la incorruptibilidad de los funcionarios de países, que supuestamente son ejemplos, cuenta una historieta, que cierto jefe del bajo mundo necesitaba un favor de un ministro del Imperio Británico y en su lenguaje crudo y directo le ofreció cien mil libras esterlinas. Al ver la reacción airada y ofendida del ministro, subió su oferta inmediatamente a doscientas mil. Cómo viera que la reacción seguía siendo de disgusto, pero ya más menguada, subió a quinientas mil, a lo que el ministro sólo se limitó a negar con la cabeza, pero al oír la oferta de un millón de libras, le respondió casi con benevolencia: Es mejor que se vaya, pues ya se está acercando.
Ya afirmaba Cicerón: No hay fortaleza tan bien defendida que no pueda conquistarse con el dinero.
La buena reputación de los políticos de hoy parece circunscribirse exclusivamente al ámbito del silencio. Se decía ya desde antiguo que el caballero disfruta y calla, obviamente para proteger el honor de la dama. Parece que la única regla, la de oro, la única que preocupa a los corruptos de hoy, es que se sepa, no porque se avergüencen de ello, porque ya desarrollaron callo en la cara, sino porque se les podría cerrar el surtidor.
Muchos tratan de encubrir sus comportamientos corruptos haciendo creer al público que sólo es corrupto aquel que abierta y descaradamente mete las manos en las cajas del erario, forma de corrupción que se volvió la menos recurrida, por innecesaria para alcanzar los fines y por lo obvia.
Obran corruptamente los líderes de comunidades religiosas, de iglesias, o de organizaciones que predican una moral recta, pero que reciben donaciones de orígenes dudosos; quienes ofrecen o reciben regalos para otorgar favores; quienes perciben pagos por trabajos que irresponsablemente descuidan o dejan incumplidos; quienes se valen de información privilegiada de sus cargos para provecho personal y en fin, todos aquellos que actúan contra los más elementales principios morales en su beneficio, validos por las posiciones que ocupan.
En el Antiguo Testamento, Génesis 30, 37-43 (Jacob dueño de numerosos rebaños), se nos narra un típico caso de corrupción, de cómo en las costumbres judías de aquel entonces eran ya comunes esas prácticas. Jacob amparado en un acuerdo hecho con su suegro y tío Labán, se valió de un truco para hacerse a la mayoría de los rebaños del padre de sus esposas Raquel y Lía.
Pero volvamos al dinero, a ese medio tan venerado y tan condenado; en aras del cual se han desencadenado cruentas guerras e inmolado naciones y honras y hasta ha servido de acicate para la producción de grandes obras de arte y para el alumbramiento de piezas literarias inmortales, por una parte, y por la otra, que ha sido calificado como el excremento del demonio y Shakespeare en la escena III, acto IV de su Timón de Atenas lo describía así: ¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso! ¡No, oh dioses, no soy hombre que haga plegarias inconsecuentes!... Muchos suelen volver con él lo blanco, negro; lo feo, hermoso; lo falso, verdadero; lo bajo, noble; lo viejo, joven; lo cobarde, valiente... El os va a sobornar a vuestros sacerdotes y a vuestros sirvientes y a alejarlos de vosotros; va a retirar la almohada de debajo de la cabeza del hombre más robusto, este amarillo esclavo va a fortalecer y a disolver religiones, bendecir a malditos, hacer adorar la lepra blanca, dar plazas a los ladrones y hacerles sentarse entre los senadores, con títulos, genuflexiones y alabanzas. El es el que hace que se vuelva a casar la viuda marchita y el que perfuma y embalsama como un día de abril a aquella ante la cual entregarían la garganta, y las úlceras en persona. Vamos fango condenado, prostituta común de todo el género humano, que siembras disensión entre la multitud de las naciones. Tan cierto es todo ello, que hoy no se entra de rodillas a las iglesias sino a los bancos.
Este genial poeta y dramaturgo, dio pruebas de ser un profundo conocedor del alma humana. Su camino como artista y como hombre fue una lucha apasionada con los enigmas universales, con la relación entre el ser y el aparentar, el orden y el caos, la transitoriedad y la perennidad.
Con su personaje Shylock de El Mercader de Venecia nos dejó una magistral semblanza del avaro usurero.
Cervantes, por su parte, nos legó al gran don Quijote, un idealista enloquecido, a quien nada le importaba el dinero, que no se preocupaba por el sueño ni por el alimento y que sólo vivía para sus elevados ideales y para su gran amor. Fue atrapado por las astas de un molino, cuando trató de enderezar un entuerto que sólo existía en su noble cerebro de orate y al lado a su Sancho Panza, su bonachón escudero, rechoncho y vulgar, que sólo albergaba pensamientos rastreros, por cuyo cerebro sólo pasaban vinos, quesos y embutidos y claro, la bolsa de su amo y los gobiernos prometidos de ínsulas.
Los diálogos del caballero manchego con su escudero nos enseñaron más sutilmente cómo se desprecia la codicia desde un espíritu elevado y cómo se pega esa brea, de los pedestres.
El dramaturgo inglés fue más directo, pero tanto Shakespeare como Cervantes no albergaron dudas acerca de la perversidad de ese medio metálico y amarillo convertido en fin, en ídolo, en dios.
No hay duda, con las honrosas excepciones de algunos seres superiores, que el ser humano fue absorbido por la fijación paranoica del dinero, que todo lo ha inficcionado.
Cuando hoy a los “Críticos” de arte se les pregunta por el mérito de una obra, casi automáticamente responden con la suma por la que fue vendida.
Ya a los más altos cargos públicos no se accede a través de una emulación de ideas, sino de campañas publicitarias, y vence quien ha podido pagar la más costosa.
Las leyes son para quienes no tienen con qué evadirlas, al igual que las cárceles.
Vivimos en una sociedad que le rinde culto a quien tiene y no es, y desprecia a quien es y no tiene; que ignora la sentencia de Temístocles: Es preferible hombre sin dinero que dinero sin hombre.
El dinero ha sido capaz de rebajar tanto la condición humana, que hasta los ideales más nobles han sucumbido a sus pies y ni el amor pudo escapar a tan gran miseria. Es probablemente por ello que afirmara Shakespeare: Es amor bien pobre el que puede evaluarse, aunque hoy casi todos hayan confundido evaluarse con avaluarse.
Una de las grandes tragedias de nuestros días, es que ya casi nadie puede distinguir entre el interés y el amor y no solamente la profesión más antigua, como se suele llamar a la prostitución, se ocupe de vender “amor”, sino que ni amistades, ni noviazgos, ni matrimonios, escapen a la codicia hedonista.
¿Será por ello, por la fuerza del amor, que todos hayan sido subyugados por el vellocino de oro?
Bien afirmaba Oscar Wilde: Sólo hay una clase en la sociedad que piensa más en dinero que los ricos, ellos son los pobres; los pobres no pueden pensar en otra cosa y esa es precisamente la miseria de ser pobre.
Absolutamente bueno es sólo Dios y absolutamente malo sólo el demonio y es por ello, que el dinero tiene también innegablemente funciones indispensables y bien empleado, hasta encomiables. Ha sido el vehículo para grandes obras en beneficio del hombre, pero también para su destrucción espiritual y material.
La usura fue un engendro perverso que sedujo al hombre. No obstante estar prohibida desde antiguo por comunidades y religiones, la codicia pudo más y muchos empezaron a sucumbir ante ingresos sin necesidad de trabajar.
En un comienzo, el usurero era algún mercader aislado que empezó a constatar cómo su más valiosa mercancía era el sonante y contante metálico que podía dejar en manos de otro por un tiempo limitado a cambio de una suma mayor.
La envidia entró en juego y pronto eran muchos los que querían lucrarse del negocio.
Quienes no disponían de recursos propios, pero sí de poder convincente, empezaron a ofrecer incentivos a agricultores, comerciantes y artesanos, para que les confiaran sus sobrantes a cambio de un “interés” y a su turno, los depositarios de los dineros ajenos empezaron a ofrecer préstamos a los necesitados, que debían devolver inflados después del plazo convenido. La banca estaba dando los primeros pasos.
Los prestamistas, usureros o agiotistas fueron ganando cada vez más poder, hasta lograr estar cercanos a jefes y monarcas, convirtiéndose muchos de ellos en banqueros del reino.
Son excepciones quienes no asocian banca con agiotaje y con engaño.
La banca pronto se fue perfilando como el instrumento fundamental del ala politizada de una de las antiguas religiones, que para perseguir sus fines de dominio indeseables sobre otras comunidades, siempre se debió valer de herramientas innobles que han garantizado y aclaran las astronómicas ganancias de sus patrocinadores.
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