V
¡Democracia!, para los despistados y/o engañados, una palabra mágica, un camino que resuelve todos los males sociales; pero rigurosamente analizada es, aunque las mayorías se escandalicen, la causa de la corrupción, veamos:
No se sabe quien siente más codicia, si el avaro por el oro, o el político por el poder. El primero se vale de todos los medios, lícitos y menos lícitos, para alcanzar su dorado sueño y su escabroso camino lo debe recorrer, la mayoría de la veces, solo; pero el segundo nada puede lograr en solitario y necesariamente tiene que valerse de fautores de todos los niveles, desde los llamados cargaladrillos, pasando por jefes de todas las pelambres, hasta los más destacados caciques; pero todo político en campaña que desconozca que las elecciones se ganan con los funcionarios públicos, fracasa. El aforismo reza, que más vale pájaro en mano, que ver un ciento volar y en ese mismo orden de ideas, quienes están conectados al surtidor del erario se vuelven adictos y defienden sus posiciones a dentelladas.
La experiencia muestra los siguientes resultados aproximados:
En nuestras “democracias” se abstienen de votar o votan en blanco alrededor de la mitad de los electores habilitados para ejercer el voto, y estos son más o menos la mitad de la población. Los “servidores” públicos suman, burócrata más, burócrata menos, el tres por ciento (3%) de la población y todo funcionario tiene el “deber” de llevar a las urnas a otros cinco votantes (mamá, papá, esposa, esposo, hijos, hermanos, en fin, los que se lucran directa o indirectamente del erario). Todo esto en cifras concretas quiere decir, que toda elección se gana con el doce y medio por ciento más uno de la población total y que el potencial de votos de quienes están en nómina oficial es del 15% del país en contienda “democrática”. Esto expresado en otros términos, significa, ni más ni menos, que partido o grupo o sistema que se haya entronizado en el poder, es casi imposible sacarlo y mucho menos, con la tan cacareada “confrontación de ideas” y es una prueba más de que la “democracia” no pasa de ser una imposición, un noble concepto deformado e instrumentalizado en beneficio del clan oculto y sus áulicos vividores.
Muchos preguntarán: ¿Pero si el trabajo de los servidores públicos es de tanta responsabilidad y sus estipendios tan bajos, cómo pueden entonces ser utilizados de esa manera? La respuesta es tan simple, como ingenua la pregunta: Porque a diferencia del sector privado, el público no exige ni calificación, ni resultados (sólo aparentemente), porque las coimas se manejan a todos los niveles a la carta y el único que puede remover la silla de un burócrata oficial, es su superior “democráticamente” elegido, que lo hace, casi sin excepción, por dos únicos motivos: o porque el desdichado se dejó pillar por ojos indiscretos con las manos en los bolsillos ajenos (erario), o por no ser un electorero eficiente. Por lo demás y si no comete estos delitos contra la administración pública, puede tener la certeza de que podrá seguir conectado al surtidor inagotable sin tener que sufrir nunca el síndrome de abstinencia, como cualquier heroinómano que se quedó sin recursos.
Este sistema perverso que está sufriendo la sociedad ha sido concebido y puesto en marcha tan mañosamente, que los interesados necesitan hacer grandes esfuerzos para defenderlo a través de los medios de comunicación bajo su control, porque ya nació desprestigiado.
Para que esa misma opinión no dé un paso más allá de la perplejidad que le producen sus gobernantes y los tolere, hasta que sus amos no dispongan otra cosa, ha debido ser convertida en una masa anodina, mediocre, trivial y sin rebeldía de la buena, capaz de tragarse y hasta de creer la vanilocuencia de sus líderes.
Vivimos en un mundo en trance de un asombroso desarrollo técnico, pero en vías de un deplorable subdesarrollo mental.
El diseño socioeconómico de nuestras naciones es absurdo para cabezas claras y bien intencionadas, pero una obra maestra para mentes y conciencias torcidas que sólo buscan alcanzar sus fines, veamos:
El ser humano se transforma, para bien o para mal, a través de la educación. En los países del Tercer Mundo, donde el camino es todavía incipiente y aún les falta mucho recorrido para ser preparados para la “Nueva Sociedad”, el maestro de escuela ocupa uno de los últimos peldaños de la escala social y el profesor universitario es, por lo regular, un deshecho de la empresa privada. Quien no logra acomodo en el mundo económico por su bajo nivel o por su falta de relaciones, va a parar frustrado a una cátedra mal remunerada.
El Estado mantiene una educación pública que es el fiel reflejo de la mediocridad de sus dirigentes y tolera e incentiva una educación privada que parece estar sólo interesada en los logros económicos de los propietarios de los establecimientos educativos y en mantener un cierto ambiente social de frivolidad en las relaciones de sus alumnos.
Los padres de los educandos de esas instituciones privadas, hacen parte, sin darse cuenta, de esa gran clase media que es víctima del sistema que ellos creen bueno, pero que sólo les reporta hijos blandengues y el cierre de las posibilidades de progreso económico, pues ambos, padre y madre, deben trabajar duro para poder pagar los costos injustificada y escandalosamente elevados de esa educación. Por lo menos el cincuenta por ciento (50%) de los ingresos de una pareja de profesionales, padres de dos o tres hijos en edades escolares, va a parar a las arcas de colegios privados.
El sistema permite una formación aceptable únicamente en áreas específicas no deliberantes, como las ingenierías y las profesiones médicas, pues con la mayoría de las demás se podría poner en peligro su funcionamiento. Es así como nos encontramos con un número exagerado de egresados de otras áreas, que apenas chapalean en la superficie. Así lo exige este sistema: Una Justicia que refleja la falta de rigurosidad y la mediocridad de sus protagonistas para manejarla a su antojo; una economía enclenque, pero adornada de raquíticos pavos reales que sólo pueden ostentar sus plumas; unos medios de información que repiten los libretos de sus desconocidos mecenas que dictan lo que la masa debe conocer.
No se entiende, porque no tiene explicación aceptable, que muchas industrias y comercios de los países pobres, vendan a precios iguales o más altos sus productos, que similares o mejores en países altamente desarrollados, cuando los salarios que pagan son ocho o diez veces inferiores. Los costos financieros y los servicios bancarios en el Tercer Mundo son los más caros del planeta.
Muchas naciones andinas, por ejemplo, tienen veinte veces menos ingresos per capita que las germano parlantes o las escandinavas; pero los precios que deben pagar sus habitantes (pobres) son iguales y, a veces, hasta mayores en ciertos rubros.
La evasión tributaria y los balances de la banca en el mundo subdesarrollado lo dicen todo.
Las cotas que impuso la corrupción y el narcotráfico retroalimentados, con su poder de pago casi ilimitado, fueron creando en la población más pobre un sentimiento de impotencia que terminó abriendo las válvulas de escape contrarias y alimentando un “síndrome de pobretería” que se reconoce, porque quienes nada o muy poco tienen, pero viven permanentemente oyendo hablar de las cifras que se mueven en la economía subterránea, que ni siquiera son capaces de leer, acaban por encontrar todo “regalado”, como califican a lo muy barato.
Una sociedad presionada por angustias financieras; atemorizada por el desempleo; a la que se le ha suministrado apenas la instrucción indispensable para que el engranaje no se detenga; con una justicia en el bolsillo de los amos y sus áulicos; que no dispone de los elementos de juicio indispensables para entender lo que sucede; a la que se le han arrebatado sus motivaciones y alicientes fundamentales como religión, moral, familia, pertenencia, patria; en una palabra, una sociedad light globalizada, es el caldo de cultivo perfecto para ser moldeada sin resistencia.
El suprapoder, en la antiquísima y rigurosa planificación de su obra, determinó los niveles desde los cuales le debería servir la población planetaria subyugada. Al tercer y al cuarto mundo, con sus poblaciones de color y mestizas, les asignó la servidumbre más baja. Aldous Huxley en Mundo Feliz, lo escribió premonitoriamente por órdenes de los manejadores, cumpliéndose así la sentencia de que: nada hay nuevo bajo el sol.
Para llevar a estos pueblos subdesarrollados a una resignación alegre que no amenace la perennidad de su espíritu leve y superficial y así consolidar sus propósitos, el poder detrás del telón ha sabido manejar magistralmente el garrote y la zanahoria, veamos:
Sus comunicadores son aupados constantemente a enviar mensajes destructores de cualquier sentimiento de patriotismo, pero al mismo tiempo, a fomentar un patrioterismo ridículo y vulgar logrando mantener exaltadas a las masas.
La tribuna obnubilada ve indiferente cómo su país es estigmatizado en todo el mundo por una clase dirigente podrida que mantiene exprimidas las arcas públicas, la justicia amarrada y chantajeada, una población desvalida; pero se indigna porque no le otorgaron el más alto galardón internacional de la ciencia a un mediocre alquimista de menjurjes catapultado únicamente por su servilismo a intereses superiores.
Nada les importa ser tratados en aeropuertos internacionales como delincuentes, porque compatriotas suyos en contubernio con los políticos sean protagonistas de las más temibles mafias planetarias de los estupefacientes, pero si se rasgan las vestiduras porque unos desnutridos analfabetos de su tierra no lograron clasificar y menos ganar, en justas olímpicas mundiales, como se los habían prometido sus admirados locutores deportivos.
No se inmutan cuando un juez absuelve a un destacado “padre de la patria” sorprendido in fraganti, pero sí despotrican alterados contra el corrupto jurado que no le otorgó la corona universal de belleza a su paisana, a pesar de tener el mejor trasero o derriere y ser absolvente de la escuela de inglés de verano y de la Universidad de Glamour y Pasarela, como aseguraron sus presentadoras favoritas de la televisión.
La sociedad, incluida la llamada gente de bien, acabó por acomodarse y la mayoría camina, sin darse cuenta, al borde de la moral, cuidándose únicamente de no pisar el código penal. La diligencia y el espíritu de lucha se fueron cambiando por una sed de tenerlo todo con el mínimo de esfuerzo. La economía asimiló esta inequitativa lección y fue así como los conceptos de monopolio y especulación ya no aparecen en su código ético como pecados.
En los países pobres, que son los más cercanos a la línea ecuatorial, con ingresos per capita hasta sesenta veces inferiores que en algunos de los situados más al norte, es donde más directamente golpea la miseria y donde más descarada y cínica es la corrupción. Allí ya ni produce extrañeza que, por ejemplo, un nuevo sistema de salud gratuito o cuasi gratuito, diseñado para atender a los desprotegidos, termine también convertido en la más desvergonzada cueva de Alí Babá, pues su manejo, y como nó, fue a parar a manos de políticos que no tardaron en convertirlo en una rebatiña burocrática más y en exprimirle hasta el último céntimo para sus propios bolsillos.
Pero el ejemplo que ha dado la administración pública y los mensajes de los medios de comunicación han sido tan dañinos, que la población terminó por encontrar normal el estado de completa anormalidad en que vive, pues las mayorías, especialmente los menores de sesenta años, no han conocido otro distinto.
Las supuestas “autoridades morales” de la sociedad en que vivimos y que han sido consagradas y ratificadas por los medios de comunicación, son las que absuelven o condenan, las que santifican o satanizan y no son otra cosa, que obedientes mandaderos de sus verdaderos amos. Quien en ejercicio de su libertad pretenda desconocer sus dictámenes, pasa de inmediato a convertirse en el hazmerreír de sus congéneres instigados por los medios.
Persecución política, es la muletilla que mantienen a flor de labios los corruptos.
Cuando un servidor público es sorprendido metiendo las manos en el erario, le llueven rayos y centellas, pero paradojicamente no al transgresor, sino a quien no queriendo convertirse él mismo en delincuente encubriéndolo, lo denuncia.
La cínica indignación del galafate retumba por los cuatro puntos cardinales y los áulicos de los medios de información le hacen eco, pues tan “eximio tribuno“ no ha sido declarado culpable por juez alguno y seguramente nunca lo será, porque la única justicia que conocen los hombres públicos de casi todo el mundo, es la investigación exhaustiva que irremediablemente termina en prescripción y olvido, o en archivo del expediente por falta de pruebas.
En gran delincuente se convierte pues ahora quien no quiso serlo y creyó defender los intereses de sus conciudadanos. Los juicios por falsas imputaciones le llueven de una justicia que de pronto despierta de su letargo y como por arte de magia surgen jueces diligentes que por ningún motivo dejarían vencer los términos legales. De pronto y sin darse cuenta por la velocidad de los acontecimientos, el difamador es conducido tras las rejas ante las miradas despreciativas y los insultos de quienes quiso defender, que luego se trasladarán a llenar sus estómagos en la mesa del convite de desagravio al ofendido.
Una regla del periodismo reza, que no se deben servir recalentados, que lo trillado ya no es noticia, pero la farsa de los juicios por falsas imputaciones a políticos escapa a la norma y anestesia las conciencias, o lo que queda de ellas. Quienes gobiernan y administran justicia consiguen su finalidad de hacerle creer a la masa que se persigue la corrupción y como un perpetuum mobile leemos y oimos, uno y otro día, el monótono y desapacible martillar del mismo ritornello.
Con la misma pobre, ígnara y pedante partitura, los demagogos acusan del subdesarrollo y de la miseria de quienes sólo buscan sus votos a sus opositores, procediendo de igual manera de quien siente hedor a excremento y se mira la suela de los zapatos, luego busca debajo de la cama, después tras las puertas y finalmente se tranquiliza y le endilga la culpa al vecino, sin darse cuenta de que las heces están en su bigote.
La cresta, la causa de todas las causas de las miserias sociales, es la corrupción. Esa desgracia es una insaciable ave de rapiña que mantiene en jaque las arcas de la sociedad; que desvalija los hospitales y las escuelas; que defrauda las sala-cunas y los asilos de ancianos; que despoja a orfanatos y lazaretos. Los fondos de la justicia se desvanecen al paso de los tesoreros. Los camiones sobrecargados con lingotes de oro abandonan las pagadurías de las obras públicas y llegan a los sitios de las construcciones, siempre inconclusas, con unas exigüas monedas, después de haber pasado por los peajes de los políticos.
Dice un viejo aforismo moral que la pereza es la madre de todos los vicios y parafraseando en el campo de los pecados sociales, se puede afirmar, que la corrupción es la madre de todos ellos.
Una sociedad en la que los corruptos mantienen exangües las arcas públicas, no puede impartirle educación, ni salud, ni techo, ni servicios básicos, ni justicia, ni protección, ni fuentes de trabajo a sus asociados, haciéndose la corrupción culpable de la ignorancia, de la enfermedad, de la insalubridad, de la injusticia, de la desprotección, del desempleo y en una palabra, de la miseria.
Todas las modalidades del delito, todas las pravedades que atropellen a una nación están relacionadas, casi sin excepción, con la corrupción.
Los corruptos en su codicia y en sus carreras hacia el poder, no se bastan con el erario y se tienen que aprovisionar de la delincuencia común y de la organizada. El narcotráfico, el secuestro, el desvalijamiento de lo ajeno; son apenas una consecuencia natural que se hace posible por su fomento desde el poder y por la impunidad garantizada por la putrefacción de políticos que revisten con la toga de la justicia a hombres venales de conciencias laxas, que se convierten en jueces que supuestamente velan por impartir justicia.
Ya sentenció La Bruyére: El esclavo no tiene más que un dueño; el ambicioso tiene tantos cuantas son las personas que pueden ser útiles a su fortuna. Y Tácito a su vez: Para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio.
A veces se le quiere dar la razón a quienes afirman que los pueblos del tercer y cuarto mundo se quedaron en ese rango, por haberse independizado a destiempo.
La fementida democracia perversamente controlada por intereses oscuros, impelió a la masa ingenua a buscar un justificado mejor bienestar, sustituyendo una clase gobernante tradicional, supuestamente oligárquica, por representantes de sus propias filas, y fue así como cambiaron a dirigentes educados en valores morales, por ramplones e inescrupulosos buscadores de prebendas, cometiendo así suicidio colectivo.
No pasó nada diferente en las naciones emergentes con sus clases igualmente emergentes, a lo que denunció Stefan Zweig en su magistral biografía MARIE ANTOINETTE de editorial Herbert Reichner, Viena – Leipzig – Zurich, 1936, pág. 476:
El Barón de Batz con su mirada experimentada reconoció el punto débil de la revolución, su más íntimo y secreto germen de veneno que Robespierre buscaba quemar con un hierro candente: La incipiente corrupción. Con el poder político, los revolucionarios lograron puestos estatales, y de todas las posiciones del Estado está pegado el dinero, ese peligroso vehículo de desmoralización que se adhiere a las almas, como la herrumbre al hierro: Gente menuda, que nunca había manejado sumas mayores; artesanos, escribientes y agitadores desempleados, disponen ahora de grandes sumas para compras de guerra, para pedidos; de la venta de los bienes de emigrantes (fugitivos) y lo administran todo sin ningún control y no muchos tienen la rigurosidad de Catón para resistir a esa inmensa tentación.
La suma de los valores de los individuos da como resultado la magnitud del patrimonio moral de una sociedad, así como la de sus vicios muestra el grado de esclavitud y miseria de la misma.
Como el fuego templa los aceros, así la práctica de las virtudes va haciendo del niño un hombre recio, apto para la lucha, varonil, confiable. Pero estamos siendo cada vez con más frecuencia testigos atónitos de cómo se están educando las nuevas generaciones en un ambiente contemporizador, permisivo, frívolo, mediocre. El producto es un ser abúlico, blandengue, poco viril, proclive a los desórdenes pasionales, incapaz de dominarse ni de negarse, que se deja llevar por la lujuria y por la gula, pero, como es incapaz de esforzarse, como no ha sido preparado para la lucha y no puede dominar sus caprichosos antojos, se deja llevar de la corriente y acaba siendo un corrupto obsequioso, si encuentra el camino expedito a través de enchufes, o un delincuente común, si no lo encuentra.
Adolescentes que pisotean y se burlan de los derechos ajenos, que ponen en jaque la paz y la seguridad de los demás, que emplean las noches en orgías, droga, alcohol y escándalo; y los días para dormir al cobijo alcahueta de padres manguianchos y pusilánimes, es un cuadro cada vez más frecuente de estas sociedades consumistas y decadentes.
Los pueblos atrasados, pero al día en comunicaciones, se obnubilaron con el oropel y los espejuelos iridiscentes del mundo rico y se convirtieron en importadores sin criterio de los cachivaches de los fabricantes de futilidades para aborígenes y de las costumbres de faranduleros baratos. La juventud endeble copió el camino fácil y fue atrapada por la pornografía, por la violencia y los productos alucinantes. Surgieron caminos fáciles para conseguir dinero con rapidez; las cervices se agacharon para adorarlo; el ser ya no contó y fue suplantado por el tener. La palabra y el honor fueron borrados del mapa y toda la moral se volvió relativa.
Los menos mal librados de esta generación, con el rescoldo de ley natural que emerge a regañadientes en sus deformadas conciencias, dejan que el miedo a la vida triunfe sobre el miedo a la muerte y acaban suicidándose, y los que no, y no tienen los arrestos suficientes para ingresar al bajo mundo, como la serpiente del paraíso, penetran sinuosamente y con engaños en la administración pública.
En la ya citada obra MARIE ANTOINETTE, refiriéndose a la sociedad, Stefan Zweig afirma: Ya que hasta la más elevada idea se vuelve rastrera y pequeña en el momento en que se le dé poder a seres insignificantes de actuar inhumanamente en su nombre.
Estos políticos son los que suelen exclamar: Me haré acompañar de los más honestos, lo que equivale a decir, de los menos deshonestos. Se es honesto, o se es deshonesto. Se está embarazada, o no se está.
Ya afirmaba Bacon: El malo, cuando se finge bueno, es pésimo.
Estamos viviendo en un ambiente que le rinde pleitesía a la ingravidez, no a la sublime de las “primas ballarinas”, sino a la hueca de quienes nada tienen por dentro y que suben en gracia de no pesar.
Confucio en el Tercer Libro Clásico, capítulo VIII, punto 13, afirma: Si un reino es gobernado de acuerdo con los principios de la recta razón, sólo los perversos se hallarán sumidos en la miseria y la pobreza. Si, por el contrario, un reino no es gobernado de acuerdo con los principios de la recta razón, quienes disfrutan de honores y riquezas serán los perversos. Pareciera que esta milenaria sentencia hubiese sido acuñada expresamente para naciones de finales del siglo XX y principios del XXI; ¿o será, que con los seres humanos nunca se ha podido contar?
El corrupto es un criminal que asesina con premeditación, alevosía y ventaja a los miembros más indefensos de la sociedad. A esos delincuentes se deben las muertes a diario y por montones, de enfermos que no pudieron ser tratados porque no hubo los medios, los cuales fueron a parar a sus bolsillos sin fondo. Las parturientas que a cada momento pierden sus vidas y las de sus bebés ante las puertas cerradas de hospitales en bancarrota y los ancianos que van feneciendo antes de tiempo en asilos que no tuvieron con qué comprar sus medicinas, ni con qué darles una alimentación de subsistencia, porque esos facinerosos se apropiaron de los presupuestos. A diario son asesinados ciudadanos inocentes y desprevenidos en las calles por atracadores que actúan al cobijo de policías venales, o porque no hubo presupuesto para garantizar la vigilancia pública.
La corrupción es el abortivo infalible; los contribuyentes parecen resignados ante el desolador panorama de obras empezadas y abandonadas, porque los inflados presupuestos se enredaron en manos pegajosas; analfabetas sueñan con la escuela que nunca se terminó; los enfermos añoran el hospital que no pasó de los cimientos y los campesinos ven impotentes cómo sus cosechas se pierden porque no hubo presupuesto para la compra del repuesto o del combustible para la máquina que debía destapar la vía de acceso al centro de consumo.
Con la corrupción y las miserias de la sociedad surge el mismo interrogante del huevo y la gallina. ¿Fueron primero las miserias, o éstas surgieron porque la corrupción las hizo posibles?
Una sociedad en la que los poderes públicos se benefician directa o indirectamente de la corrupción, nunca recibirá de sus legisladores las leyes que señalen el delito de corrupción como el peor crimen que puede prever la legislación penal y lo castigue como es debido, esto es, liberando a la comunidad de la putrefacción de los delincuentes de cuello blanco.
Aunque estos criminales no podrán escapar a la inapelable e implacable Justicia Divina, es una obligación de la justicia humana, extirpar ese tumor purulento en el cadalso.
El gran pensador y teólogo, Joseph Cardenal Ratzinger, en quien la Iglesia Católica ganó un gran Pontífice, sacrificando un portentoso doctor de la Iglesia, en su obra Werte in Zeiten des Umbruchs, (Valores en tiempos de Agitación) Herder, Spektrum, Friburgo, 2005, en su capítulo IV, punto 1, páginas 50, 51 y 52, afirma:
El concepto de verdad ha sido desplazado a la zona de la intolerancia y de lo antidemocrático.
Y en este mismo capítulo más adelante: De una parte encontramos la posición radicalmente relativista que quiere eliminar de la política el concepto de bien (y con ello el de verdadero) por ser una amenaza a la libertad. El derecho natural se rechaza como metafísicamente sospechoso y así poder defender consecuentemente el relativismo; según esto, no hay otro principio político que la decisión de la mayoría que suplanta a la verdad en la vida del Estado, y luego:
La democracia se reduciría entonces a un mecanismo de elecciones y votaciones.
En la página 50 de su obra, el Cardenal Ratzinger ya había escrito:
No sin motivo, aquellos que pretenden una hegemonía totalitaria, provocan primero una desordenada libertad individual y un estado de lucha de todos contra todos, para luego poderse presentar con su ordenamiento como los verdaderos salvadores de la humanidad.
Somos testigos continuamente de cómo se ejerce una desfigurada democracia, donde unos cachicanes corruptos compran por unas cuantas monedas de cobre a famélicos incapaces de discernir y lavan los cerebros de las mayorías a través de una prensa que de todo tiene, menos de libre.
El idioma alemán que suele dar más directamente en la cabeza del clavo, llama al círculo vicioso, Teufelskreis, esto es, círculo del diablo y es en lo que se ha convertido la corrupción.
Un sistema que voltea la mirada cómplice ante funcionarios que meten sus garfas en el erario y en el que esos mismos venales servidores públicos van a todas las elecciones con las bolsas repletas de lo que le esquilmaron a esos electores, que por calmar una vez el hambre los reelegirán, nunca podrá liberarse de esas insaciables sanguijuelas, pues quienes deberían impedirlo, navegan en el mismo barco sobre aguas putrefactas.
Uno de los engaños más propagados por quienes manejan los bienes públicos es: la lucha contra la corrupción, estribillo que nunca pasa de ser un lugar común de quienes están inmersos en el torbellino de la intriga de los muñidores de elecciones, que no escatiman esfuerzos por tenderles zancadillas a los despistados honestos que ingenuamente creen poder salir airosos de una rapiña de buitres.
El rey de los gallinazos, ya instalado en su trono, después de la rebatiña democrática, de la que, como siempre, quedaron los ecos de gobernaré con los más honestos, y acabaré con la corrupción, empieza a nombrar comisiones integradas por respetables ancianos de la tribu, ya sin dientes, que le garanticen a la masa su pulcritud y los arroja desarmados y desprotegidos en medio de un tropel de tiburones, mientras el cachicán se dedica a feriar el manejo de los dineros de los contribuyentes, que es el premio que reciben los caciques que le llenaron las urnas.
Los electores desconcertados no entienden cómo sus gobernantes ignoran la verdad de Perogrullo, de que no se puede amarrar perros con longaniza y cómo tampoco aplican las medidas de control conocidas desde hace siglos y que para nadie son un secreto.
No entienden cómo esos mismos funcionarios logran una eficiencia, prácticamente total en el manejo de sus negocios particulares, que castigan con el asesinato a través de sicarios a su servicio a quienes osen defraudar la más ínfima de sus pertenencias, pero no consiguen taponar ninguna de las venas rotas del Estado.
No hay que seguir creyendo, pues, en los denodados esfuerzos de gobernantes que combaten la corrupción sin éxito, ya que la clave de esa lucha está a la mano: Eregir una barrera infranqueable entre los poderes públicos y el erario; entregar los dineros de la sociedad en custodia y manejo a organismos ajenos a la política y de reconocida solvencia moral, y contratar auditorías privadas internacionales.
Pero no se rasguen todavía las vestiduras señores electoreros ante tamaño despropósito, pues ustedes bien saben, que mientras apliquen su gramática parda, las urnas no lo permitirán.
La lacra más grave del Tercer Mundo es tener una clase política de tercera clase, una dirigencia estatal no templada en la fragua de las virtudes; unos políticos dispersos en un mar de futilidades. Mientrás esos prohombres sólo piensan en hinchar sus bolsilllos y sus estómagos, sus mujeres vegetan frente a mesas de juego o alimentan su envidia a la orilla de pasarelas convertidas en modernos serrallos, para después marchar unidos a anestesiar sus conciencias en cofradías manipuladas desde lo invisible por prestidigitadores del mal, que a la vez que les lavan el cerebro, les hacen creer que están arreglando el mundo con las irrisorias migajas que sobran del festín y así siguen afanosos por el camino que lleva a la sociedad al despeñadero.
Esos servidores públicos, que ostentan hojas de vida jaspeadas de incontables cargos rimbombantes que disfrutaron fugazmente sin ejercer, creen firmemente en el precepto que compendia toda su moral, de que lo único prohibido, es prohibir.
Cuando Federico Nietzsche escribió en su obra Más allá del bien y del mal (Editores Mexicanos Unidos S.A., 3ª. Reimpresión, Febrero de 2003, Pág. 136), pareció estar profetizando sobre las sociedades del Tercer Mundo: ...en Europa, donde el animal gregario es el único que recibe honores y los otorga, donde la igualdad de derechos tiene marcada tendencia a transformarse en una igualdad de injusticias, todo lo que es raro, singular y privilegiado en el hombre superior, es menospreciado.
Asomado a la orilla de esa laguna estigia, en que está convertido el mundo, no podemos evitar la repugnancia que se siente al contemplar la arrogancia de los mediocres, ni inclinarnos ante la humildad de los sobresalientes.
La concupiscencia de letra de molde, de micrófono y de pantalla, es el distintivo de esas aves trepadoras, que suben y suben, gracias a la abundancia de plumas en sus alas y a su escasez de gravedad. Esos paradigmas de una sociedad dividida en quienes figuran y en quienes trabajan, no son conscientes de su mezquindad y aturdidos por los vítores de sus beneficiarios, se creen importantes.
Son desconcertantes los zalameros aplausos de comunicadores de masas convertidos en fabricantes de falsos héroes, porque viven de ello. Esas prostitutas del periodismo viven lanzando cínicas medianías a las alturas, que desvergonzadamente comparan con los grandes de la humanidad y proponen para las distinciones más altas que otorga la sociedad. Es así como somos obligados a oir, atónitos, cómo un vulgar prestidigitador de sufragios es comparado con Churchill; o un simple admirador de las estrellas, con Newton o hasta con Copérnico; o cómo se propone a un charlatán de laboratorio, para el Premio Nóbel de Medicina. De la misma familia de estos Orientadores de masas son los que, para viajar sin tener que pagar nada de su bolsillo, engañan al rebaño haciéndole creer que van a cubrir las grandes noticias de la entrega de las medallas de oro olímpicas a unos compatriotas, de hecho subalimentados, deficientemente entrenados y sin posibilidades; o a acompañar al glorioso equipo de fútbol del país en su victoriosa gesta, hasta la conquista de la Copa Mundo, mientras los bien informados no desconocen que deberán regresar apabullados, después de la primera ronda eliminatoria.
Estos mismos patrioteros son quienes le imputan antipatriotismo a quienes no quieren ver envilecida ni ridiculizada su tierra; a quienes critican a sus malos hijos que la viven haciendo el hazmerreir ante las otras naciones.
Esas zorras, que no lobos, vestidos con piel de ovejas, que cubren su traición con ropajes de pérfido amor, son quienes de continuo prostituyen el himno nacional haciéndolo sonar hasta en la inauguración de lupanares.
El buitre mayor, entretanto, se desgañita predicando el Estado de Derecho, el privilegiado País de Leyes en que vivimos, mientras los buitres menores, sus tributarios, motivados por jugosos premios y desde posiciones de poder, chantajean a los contribuyentes y les esquilman el dinero que no deben, validos de absurdas interpretaciones de los códigos, para llenarle las arcas a su rey.
Unos y otros engendran la futura generación de gobernantes en la dinastía plebeya en que se debate la corrupción. El martirio de los gobernados es pues por partida doble, causada por padres e hijos desde el Poder.
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