viernes, 9 de abril de 2010

III

III




La vanidad engendra avaricia y ambas, codicia; pero las tres se nutren mutuamente. En su obra; “La Insoportable Levedad del Ser”, Milan Kundera hablaba de “la infinita vanidad de los discursos y las palabras, la vanidad de la cultura, la vanidad del arte”; pero la lista podría alargarse de manera insospechable, hasta llegar a la sentencia de Salomón: Vanidad de vanidades y todo vanidad (Eclesiastés1,2).
Los vanidosos sin posibilidades en contiendas económicas o del intelecto y sus congéneres femeninos con iguales perspectivas para alcanzar una corona de belleza, se ven impelidos, los que pueden, a refugiarse en un partido político, donde normalmente operan otras consideraciones o antivalores, como la intriga, la adulación, la desvergüenza, el engaño, la traición… y como escribía Gay Talese en “Honrarás a tu Padre”:
“…un excesivo énfasis en la apariencia, parte del síndrome FARE BELLA FIGURA…”
Prácticamente en todos los países del orbe existe consenso acerca de que el oficio más desprestigiado es el de la política. La experiencia nos confirma continuamente el imposible de poner talanqueras infranqueables a la codicia y a la vanidad, inmemoriales surtidores de la corrupción. Hemos también aprendido la lección, a pesar de los pesares y de lo que rezan todas las teorías politológicas, que un ser humano virtuoso está perdido y no se puede mover en el sinuoso mundo de los partidos y de la política.
Produce desconcierto ver cómo los políticos en la carrera por el poder bajaron a su medida el nivel de las vallas. Toda la sociedad debió sacrificar la calidad en aras de la cantidad. La concupiscencia de micrófono y de pantalla se le despertó a los mediocres y tenemos que oír indefensos a quienes precisamente nada tienen que decir, invadiendo tribunas y escenarios. Terminada la perorata ante un público generalmente adocenado que no puede discernir, el héroe de turno apoyado por la galería se siente con méritos y títulos para constituirse (¿o ya lo ha sido?) en lazarillo o en faro de sus conciudadanos y no hay nada más peligroso que un lazarillo ciego o que un faro apagado. Ya sentenciaba Nietzsche de los vanidosos: El que niega en si mismo la vanidad, la posee generalmente bajo una forma tan brutal, que cierra instintivamente los ojos delante de ella, para no verse obligado a despreciarse.
Es una verdad documentada, que las grandes realizaciones y los grandes saltos de las sociedades hacia adelante, han ocurrido porque cada vez algún genio sobresalió notoriamente entre sus congéneres y no, porque se hubiesen sumado las ideas de muchos. Es suficientemente sabido que el resultado del cerebro de un solo idiota, equivale al de todos los tontos del momento reunidos.
La iluminación siempre esperará en el silencio de las bibliotecas y en la austeridad de las cátedras magistrales, pero sólo a las mentes claras, abiertas y dispuestas al esfuerzo.
Vemos desconcertados cómo las grandes mayorías de los países pobres se encuentran atrapadas en un círculo vicioso en el que viven confundidos entre el aparentar y el ser. Pedantes convertidos en modelos de medianías hacen imposible que la sociedad reaccione y se sacuda.
La historia parece aferrarse a la sentencia de Giambattista Vico de “corsi e recorsi”. Todo parece regido por las “marchas y contramarchas”, idea defendida por Schopenhauer y después por Nietzsche. El progreso sólo existe en las mentes esclarecidas, en las corrientes puras del pensamiento.
Camus afirmó: Indudablemente cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión.* ¿Serán perennemente actuales las afirmaciones de este gran hombre?. Todo indica en los albores del tercer milenio, que sí.
¿Se accedió al poder a través de la corrupción, o fue el poder el que corrompió el alma humana?
Quienes creemos que el hombre nace con el lastre por la soberbia mostrada por sus primeros antepasados ante su Creador, aceptamos la vanidad y la codicia como males congénitos, pero controlables y encauzables, incluso a fines nobles y pueden transformarse en laboriosidad productiva y en dignidad y amor propio, indispensables para ser útil a la sociedad.
Pero quienes persistieron y persisten en la soberbia, en interpretar a su amaño los mandatos de Dios y obran en contravía de la ley natural, hicieron posible el poder corrupto y corruptor.
Estos falsos profetas, prevalidos de falsos o desfigurados mandatos son los que han hecho posible que los perversos acaparen el control sobre la comunidad.
El hombre es una criatura que se diferencia de las demás por la ley natural. Ninguna otra tiene discernimiento entre el bien y el mal, con el consiguiente sentimiento de culpa o conciencia.
Una sociedad en la que impere la ley natural por encima de cualquier constitución o ley humana, será una fortaleza. No es una frase de cajón hablar de “la fortaleza moral”.
Pero en los últimos tiempos venimos siendo apabullados por los medios de masas con el falso sermón relativista; la moral, que siempre fue una y no puede ser otra, fue reemplazada por la ética contingente sujeta a votaciones. Un axioma no puede someterse a las manipulaciones “democráticas” que hoy se manejan, porque bien aceitada la maniobra, seguramente se puede conseguir que el vulgo acepte en las urnas que el agua no moja.
El pobre homo faber de la anticultura tecnicista es forzado psicológicamente con elementos mediáticos al consumo, potenciándole su codicia.
El consumismo enfermizo se ha encargado de arrasar los restos de recta moral que todavía no había destruido el relativismo.
La impetuosa ansia de poder insiste en consolidar una “moral” sin Dios, que conduce indefectiblemente a la esclavitud, o sea, al derrumbe de la fortaleza.
Es sabido que todo obedece a un minucioso plan que pretende atraer el rebaño al despeñadero.
En su documento EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD*, el eminente Psiquiatra y Teólogo Juan Bautista Torelló, expone:
Esta soledad existencial ha sido explorada en todas sus dimensiones y el hombre ha redescubierto el infierno, ha encontrado otra vez el demonio. El demonio: con él dialoga Iván Karamazov (Dostoievsky), con él pacta Adrián Leverkuhn (T Mann), con él lucha cuerpo a cuerpo el Abbé Donissan, de Bernanos, después de una larga noche de errar juntos por un paisaje laberíntico de pesadilla. El infierno: en él pasa una estación del año Rimbaud, a él desciende Freud con su psicoanálisis («¡Allá abajo es horrible!»), en él se mueven los personajes de Strindberg, de Wedekind y Sartre: el infierno del amor, del matrimonio, de la sociedad en general: «Lénfer cést les autres!». Los subterráneos de Nueva York (Kerouac), el sanctuary, de Faulkner, la ciudad visitada por los rinocerontes, de Ionesco, el hotel bergmaniano de Timoka, el trágico cocktail-party de «¿Quién teme a Virginia Wolf?», de Albee, y el manicomio de Marat-Sade-Peter Weiss... son las nuevas imágenes del infierno del hombre que, después de la nietzscheana «muerte de Dios» y con el embarazoso peso de su cadáver en los brazos, cae en un estado de esencial condenación.
En un principio se levantó la protesta («me siento culpable y por esto acuso a Dios»). El mal es sentido como una tragedia, y la tragedia, incluso la del demonio, despierta compasión: el abismo fascina a Shakespeare y a Marlowe, pero desde Milton y Blake, pasando por Bohme, Schelling y Hegel -la negación creadora, que sin embargo, no niega a Dios-, pasando por el satanismo de Baudelaire y de Balzac y por el pandemonismo de Jouhandeau, desemboca en la compasión de Papini por el mismo Satanás. Iván Karamazov «rechaza el billete de entrada en el cielo» como protesta contra el desorden del mundo. Kafka siente la culpa como algo externo que nos asalta y condena sin razón y sin posible explicación: Dios permanece tan escondido que no se sabe si realmente existe.
La curación de la corrupción debe necesariamente partir de reconocer la culpa y aceptarla y nunca de la ortodoxia freudiana que persigue la liberación de toda vivencia de culpa. Continuamos con Torelló:
No es casualidad si los pervertidos Gide, George y Wilde predican la asunción del mal como fuente de vitalidad y de belleza, como experiencia del espíritu y del mismo bien. Actitud y doctrina que Thomas Mann desarrolla poco a poco desde la degeneración progresiva de los Buddenbrocks, pasando por las fosforencias de la corrupción de la Muerte en Venecia y precipitándose en el infierno mismo del Doctor Faustus.
El paso sucesivo era inevitable: situarse en la indiferencia absoluta, más allá del bien y del mal, en la siniestra región en la que culpa y virtud se identifican con definitiva superioridad sobre «el diablo y el buen Dios» (J. P Sartre). Allí se vive la desesperada libertad humana, que se vuelve contra Dios, contra el bien y contra el mal, con la misma náusea ante el bien que ante el mal, con el mismo tedio y aburrimiento, como fracaso total de la existencia.

Finalmente, desaparece de este escenario espeluznante cualquier sentimiento vital: ninguna revuelta, ninguna angustia existencial, ninguna voluntad de humanismo. La descomposición domina en una literatura que amalgama hombres y cosas, que sólo sabe describir objetos con enervante minuciosidad: el hombre se convierte en una cosa, en un hecho meramente relacional. Robbe-Grill, el fundador del nouveau roman, declarará: «el mundo no tiene sentido ni carece de significado. No es más que esto: objetos y gestos que se superponen por la sola fuerza de su desnuda facticidad.» El mundo de Becket, de Ionesco, de algunas películas de Antonioni y de la nouvelle vague francesa y alemana: el mundo de la total alienación, poblado de insectos y larvas esquizofrénicas...
Dentro de los insectos y larvas esquizofrénicos se encuentran los corruptos y sus víctimas.
El círculo vicioso de la corrupción, a veces, hace inevitable que nos sintamos inclinados a creer con el protagonista de La Vorágine, José Eustasio Rivera (Editorial La Oveja Negra, Bogotá) cuando afirmaba: La mansedumbre le prepara el terreno a la tiranía y la pasividad de los explotados sirve de incentivo a la explotación y más adelante: …a quienes venceré con armas iguales, aniquilando el mal con el mal, ya que la voz de paz y justicia sólo se pronuncia entre los rendidos.
¿Es tan ciega la masa que no ve la deshonestidad, que no la reconoce?
¿Por qué casi siempre los corruptos encuentran el camino franco a los cargos públicos de manejo?
¿Qué ha hecho posible que el sistema se corrompa?
Para responder a estas preguntas tenemos que analizar cómo un alto valor del orden social, la forma tal vez ideal de gobierno, la más perfecta y elevada, fue pervertida, desfigurada y utilizada; fue como la violación de una casta doncella.
En el año 508 antes de Cristo, Atenas como Ciudad–Estado se dio una constitución democrática y luego Aristóteles catalogó la democracia como tercer sistema de estado, después de la monarquía o reinado de uno solo y de la aristocracia, pervertida hoy en oligarquía, o dominio de unos cuantos.
Esta aplaudida forma de gobierno, que es el sistema democrático, parte de la igualdad y libertad de todos los ciudadanos y de que se debe gobernar según la voluntad del pueblo.
El pueblo como soberano es llamado a expresar su voluntad a través de votaciones en las que se deben respetar las decisiones mayoritarias, y fue precisamente con este hecho, que el sistema democrático empezó a mostrar sus flaquezas.
No se hace necesario explicar lo obvio.
A nadie se le escapa que en el manejo de los negocios públicos hay asuntos complejos que exceden la capacidad de análisis de las mayorías y entonces el sentido común indica que esas decisiones deben ser delegadas a personas calificadas, pero la experiencia nos demuestra que el vulgo tampoco tiene capacidad de discernimiento para elegir representantes idóneos y sobre todo, honestos; por el contrario, son los más proclives a dejarse engañar o confundir por acaparadores de sufragios. Fueron precisamente estos últimos quienes desde hace más de dos mil quinientos años vienen corrompiendo y degradando la democracia, hasta convertirla en lo que está hoy, en la meretriz que se vende al mejor postor.
Como no hay mayores devotos, cuando de perorar sobre el amor a la patria se trata, que los que con su proceder más la envilecen y deshonran, tampoco nadie supera en fervor democrático a un político corrupto, y valga la redundancia.
Paradójicamente hoy se ha convertido la crítica a los solapados traidores a la patria en el más vituperable pecado público y ¡Ay! de quien se atreva a cuestionar la democracia.
Para aclarar un poco mejor el funcionamiento de la democracia en la práctica, nos valemos del siguiente silogismo:


Primera proposición:
El gobierno es elegido por el pueblo.

Segunda proposición:
El gobierno es corrupto.

Deducción:
Entonces el pueblo es corrupto.

Cómo la deducción no es válida, entonces el silogismo cojea en alguna parte; Veamos: Si el gobierno es corrupto y el pueblo no lo es por naturaleza, entonces la Primera Proposición es falsa por incompleta y habría que completarla así:
El gobierno es elegido por el pueblo manipulado y engañado.
Se puede también dar el caso de que la segunda proposición sea falsa y entonces se debería cambiar corrupto por honorable en ambas proposiciones y estaríamos así ante el caso ideal de una perfecta democracia, que no pasa de ser un vehemente deseo en el corazón de los idealistas.
En su obra SOBRE HEROES Y TUMBAS, Editorial Seix Barral S.A. 2003, III Informe Sobre Ciegos, el genial Ernesto Sabato nos alerta:
…Y con esa eficacia, rápida y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte.
Este testimonio más, entre miles, nos ayuda a entender como funciona una sociedad manejada por corruptos.
En aras de la tergiversación de democracia y libertad de prensa, el poder oculto ha diseñado en su beneficio, unos Estados a su servicio y no al de los gobernados.
El sistema impuesto persigue bajar el nivel de la clase dirigente de antes, que ellos sustituyeron, para reemplazarlo por otro que mantenga a la masa en un estado de postración cultural, reservando la educación privilegiada para los miembros de sus conciliábulos.
Fue así como, con su discurso democrático mentiroso, fue sacrificada la calidad a la cantidad, porque supuestamente se le daban oportunidades a todos, pero callando que esas “oportunidades” en vez de beneficiar, perjudican a la sociedad. Nadie se atrevería a negar, que es más útil para una comunidad un médico con una exigente formación y óptimamente capacitado, que cien mediocres curanderos provistos de diplomas de “universidades” muy cuestionables. Esto mismo es válido para todas las carreras, artes, y oficios. Pero lo que la inmensa mayoría desconoce, es que ese bajo nivel para el rebaño, es mantenido intencionalmente por el verdadero poder que maneja los gobiernos, porque es bien sabido, que un pueblo que no sobrepase los niveles de “entrenamiento” que exige la buena marcha de la carpintería social, puede ser manejado a su antojo, especialmente, si se le niega la formación humanística, hoy casi desaparecida del homo faber de la globalización neoliberal que le impusieron al planeta.
El progreso del común de los hombres actuales está convertido en un círculo vicioso, en el que al ser humano lo han ido transformando en un autómata, le han suministrado la instrucción necesaria para su oficio específico, pero ha sido privado de cultura y formación humanística, menguándole sensiblemente su libertad y en la medida que más lo “tecnifican”, van haciendo de él una más dócil marioneta.
Afirmaba Alexander Rose que: Cuando no hay guerra, la democracia es un sistema político cómico. En opinión de muchas de las grandes mentes de la historia, la propia idea de permitir que la plebe elija a sus líderes, para que después éstos satisfagan sus deseos, es de por sí ridícula. Más adelante este mismo autor agrega: “…Comparada con la estabilidad del gobierno aristocrático o el orden divino de la monarquía, la democracia es una forma de gobierno caótica y confusa.
Cuando se observan y analizan cuidadosamente las campañas electorales, se siente una combinación de admiración, compasión y burla al ver un puñado de Quijotes hacer proselitismo, ponderando los valores de su candidato e invirtiendo todas sus energías, pues carecen de dinero, para meterles en la cabeza a unos analfabetos de ojos desorbitados y estómagos vacíos, que su hombre es quien les garantizará que no se roben el dinero de su salud, de su educación y de su bienestar, sin darse cuenta, que ese discurso ni lo oyen, ni lo entienden, pues lo que les interesa es el ya y el ahora, no intuyendo que la suerte ya está echada. El día de las elecciones siempre tienen que ver desconsolados el mismo cuadro: Los mensajeros de los dueños de la maquinaria llegan por única vez al barrio de miseria armados de inagotables fajos de billetes de bajas denominaciones, de cargamentos de licores baratos y de una flota de camiones cargados con grandes ollas de humeantes bazofias y se sitúan al lado de las urnas, ante las miradas de despreocupados guardianes del orden, que la mayoría de las veces, prefieren escurrirse. Como nubarrones de moscas en torno a la carroña, se arremolinan sin necesidad de ser llamados, urgidos de depositar el voto por el candidato del poder desconocido, a quien ni siquiera han visto, para poder recibir, cuanto antes, el condumio, la botella y el billete, mientras los prosélitos de la honradez se desgañitan sin que nadie les pare bolas. Esta es la DEMOCRACIA, que tanto predican y temen perder.
En su citado conmovedor testimonio de rectitud y valentía, que tituló: “IMPUNIDAD”*, la admirada jurista Eva Joly, ante quien me descubro e inclino con respeto, afirma:
… la magnitud de una cultura de la corrupción donde la transgresión de la ley no es ni siquiera lo que está en juego.
Antes había ya sentenciado: Sé que lo increíble es posible.
Narrando en esta misma obra esa valerosa señora acerca de la detención de una vaca sagrada, que después de desfalcar miles de millones tomó las de Villadiego, su arresto fue presentado como el retorno de la Inquisición española. Decididamente, las palabras ya no tienen sentido. Únicamente valen las fanfarronerías y la demagogia verbal.
Al referirse en otro aparte a la instrucción del caso de uno de los más abultados desfalcos en una empresa estatal francesa, dice:
Era antes de que comenzase este culebrón y de que yo fuese demonizada por haberme acercado demasiado al corazón del poder, ese que muerde y quema.
El relativismo que le han insuflado a las masas ha calado tanto, que estamos confrontados ante la triste realidad de que ya la gente se pregunte: ¿Cuál verdad?, como si la verdad no fuera solo una y única. Lo mismo es válido para “democracia” ¿La que todos soñamos? o ¿la que practica el poder invisible?, que ha llevado al aberrante estado de cosas que hoy debemos presenciar, cuando los hermanos, jefes de Estado dominantes se reúnen, deba montarse un operativo de protección contra quienes los eligieron, más fuerte al que precisaría una nación para defenderse de su peor y más peligroso enemigo.
Entonces se explica y entiende perfectamente cuál es el resultado de esa “democracia” así desfigurada: Corrupción.
La corrupción con que se maneja la sociedad, con su predicada y nunca suficientemente defendida “libertad de expresión” que tanto ponderan y que ellos son capaces de tapar, de transformar, de adornar y hasta de convertir en virtud, como también podrían sacar perfume de los excrementos.
Pero dejemos que sea Federico Carlos Sainz de Robles en su “Diccionario Español de Sinónimos y Antónimos” que nos diga cuáles son los verdaderos significados de CORRUPCION:
Putrefacción. Podredura. Pudrición. Pudrimiento. Descomposición. Sepsia. Fermentación. Infección. Pus. Moho. Tomaína. Bacteria. Corruptela. Estrategia. Bizantinismo. Estrategamiento. Vicio (V.). Perversión (V.). Depravación. Alteración (V.). Tergiversación, Error (V.).
Y sus antónimos: Salud. Virtud.
¿Libertad de expresión? Claro que es un derecho básico que ningún ser humano con una aceptable salud mental y una recta conciencia se atrevería a negar. Pero una “libertad de expresión” y una “democracia” como algunos clanes para su beneficio les han inyectado soterradamente a las masas para su ruina, son los engaños más perniciosos jamás propalados, una auténtica ley del embudo.
Sé que vendrán con sus argumentos de siempre:
• Cualquiera puede libremente tener un medio de comunicación.
• Todos son libres de expresar sus opiniones.
• Nadie le puede coartar su libertad de expresión.
Yo les respondería:
Claro, todos podemos ejercer nuestro derecho a la vida, a la
educación y todos los demás derechos humanos que garantizan nuestras constituciones, pero sólo teóricamente, porque en la práctica el derecho a la vida depende sólo de la buena suerte de no toparse con un atrabiliario asesino que desconoce tu derecho o a quien no le importe; también el derecho a la educación, pero si tenemos acceso a ella porque disponemos de medios económicos para pagarla o porque tengamos la suerte de ingresar a un establecimiento público, aunque sea de muy baja calidad.
Si tenemos hambre, por supuesto podemos ejercer nuestro derecho a mitigarla, siempre y cuando tengamos con qué.
Siguiendo este razonamiento, los medios de comunicación manipulados por otros intereses saben que mienten cuándo repiten su manido discurso de libertad de expresión con vehemencia.
La inmensa mayoría de quienes formamos la “opinión pública”, carecemos de recursos para establecer un periódico, una emisora o un canal de televisión y sólo tenemos acceso al modesto rincón de “la tribuna de opinión”, que no acoge sino lo que en nada contradice su ideario, el del clan, claro está.
Nietzsche también había identificado el papel de los medios de información: …¿qué importancia puede concederse a la prensa, tal como hoy existe, con su ridícula audacia pulmonar para gritar, ensordecer, excitar y espantar?. La prensa es un ruido absurdo y persistente que inclina los oídos y los sentidos en una falsa dirección.

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