viernes, 9 de abril de 2010

I

I





En Viena, una de las canciones de protesta de los años setenta repetía el estribillo der Mensch ist eine Sau, esto es, “el hombre es una marrana”. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios fue también dotado de una capacidad inagotable de autodestrucción y empezó a descender, casi desde el comienzo, por abismos insondables.
Ese arrogante iluso pertinaz, que en su incorregible megalomanía se cree con poderes superiores, se miente y le miente a sus congéneres al afirmar que puede desentrañar el universo físico y el metafísico, cuyo misterio, peso y dimensiones confunden su cerebro de apenas unos pocos gramos y lo apabullan. Su egolatría lo empujó a tener que demostrar su imaginaria superioridad.
Primero, tuvo la necesidad de apoyarse en un ser superior tras el que pudiera resguardarse de sus miedos y que le sirviera de explicación a lo que él no podía explicar. Había descubierto a Dios, no por su inteligencia, sino, porque Él se dio a conocer.
Todo parecía ir satisfactoriamente, hasta que ese homo sapiens quiso explicar a Dios, y lo que es peor, trató de apoyarlo inventándole unos atributos a su conveniencia y hasta llegó al exceso de la arrogancia y de la mentira, que puso en boca de Dios lo que Él nunca dijo.
Siguiendo por ese mismo despeñadero, el hombre invirtió los papeles y pasó de creatura a creador.
El hombre-creador empezó a inventar dioses a la medida de sus miserias. Los avaros codiciosos, siempre cobardes, concibieron un dios cruel, implacable y vengador, pero sólo con sus enemigos; otros, no contentos con uno sólo, ingeniaron y engendraron dioses lascivos, dipsómanos, glotones, derrochadores, celosos, violentos…
Algunos llegaron al colmo, que hasta pusieron a descansar a Dios.
Como si fuera poco, apareció en escena un inválido espiritual que llegó al extremo de matar a Dios.
Esa creatura hedonista, sin espíritu de lucha, desechó al Dios bueno que le había infundido cosas buenas, la ley natural y sentó así bases sólidas para su propia destrucción.
El hombre que se endiosa es la más grande de las paradojas, pues no hay nada más opuesto y distante de Dios, que un ave de rapiña altanera, que sólo se remonta para poder ver la carroña, que es lo único que la satisface y sustenta; es un microbio infinitesimal, presuntuosamente tratando de abarcar a Dios, que es infinito.
Ebrio de soberbia y de codicia inventó religiones y se declaró ungido. No satisfecha aún su egolatría y proclive a la pereza, puso a trabajar más su imaginación e ideó las colectas, que pronto convirtió en simonías para hacerlas más eficientes y hasta empezó a vender lotes en el cielo por dinero sonante y contante. Nada le importaron los verdaderos ungidos que Dios envía espaciados por siglos, o milenios, sino, que los instrumentalizó y abusó de su liderazgo espiritual en su propio beneficio.
Las masas, salvo contadas excepciones, nunca le creyeron a los voceros de Dios, sino que siempre se dejaron obnubilar por farsantes prevalidos de magias iridiscentes, “maestros” en el manejo del rebaño, que les fueron edificando estructuras religiosas y sociales deleznables, que a medida que crecen se van resquebrajando, pero para evitar que se derrumben, sus beneficiarios las remiendan una y otra vez. Esas trabazones, sólo sustentadas por innumerables cuñas, van agigantándose, haciendo cada vez más peligroso su derrumbe.
Las mayorías prefirieron doblegarse ante los autoungidos o ante los ungidos por los hombres y siguiendo a tan hábiles propagandistas y mercadotecnistas, fueron edificando su propia perdición.
Una sociedad huérfana de caudillos espirituales auténticos, se fue descaminando, no se ejercitó en virtudes y se volvió blandengue, dúctil y maleable.
Los andamiajes sociales y económicos acabaron siendo el reflejo de los morales y es por lo que vemos seres humanos viviendo en contra de la ley natural, de las leyes económicas, de la ley positiva o de las mismas normas de sentido común que deberían orientar a una sociedad que persigue el bien general.
Aunque el hombre haya sido castigado por Dios por habérsele querido igualar desde un principio, despojándolo de la coraza que lo protegía del mal, haciéndolo susceptible al dolor y lastrándolo con una libertad que se le convirtió en la generadora de sus problemas, no todos fueron propagándose con iguales predisposiciones para el bien o para el mal.
Esa libertad capaz de arrojar al hombre soberbio y desobediente al abismo, tiene como regulador la conciencia, que actúa de freno o de castigo y es precisamente en la orientación de esa conciencia donde pueden actuar los conductores de la sociedad, para su beneficio o para su perdición.
El estado de cosas que palpamos a principios del siglo XXI, nos demuestra incontrovertiblemente, que los líderes que se han impuesto hasta ahora, han sido falsos. Esos farsantes han podido fácilmente desplazar a los voceros de Dios y han construido a su antojo esa armazón disconforme que es el aparato social que tenemos, y me estoy refiriendo al de todo el planeta, aunque pueda haber marcadas diferencias de forma, no de fondo, entre las distintas naciones.
No hubiese sido posible engañar a toda la humanidad en beneficio de unos cuantos, de no haber mediado un gigantesco aparato de propaganda mentirosa.
El ser humano ha sido impelido con su cómplice indiferencia e ingenuidad a vivir en un mundo contaminado, caótico e injusto.
Las grandes mayorías, o viven anestesiadas, o han perdido la esperanza, porque apenas ahora están empezando a comprobar que no pueden creer en sus dirigentes y, que es imposible enfrentarlos con armas desiguales.
Al prepotente hombre-dios sólo le importan el poder y el tener, y por ellos ha ido tejiendo esa informe colcha de retazos, ese laberinto en que convirtió el aparato social para confundir y dominar. Las armas contundentes que ha empleado con sus semejantes para lograr sus fines, han sido: la desmoralización, el miedo, el hambre, la enfermedad, el chantaje y la esclavitud.
El malvado cuenta con la ventaja de saber que sus víctimas son indulgentes, incapaces de emplear las armas que ellos emplean y que son las grandes mayorías. Son conscientes además de su inmunidad ante una justicia humana que ellos mismos han confiado a jueces venales de su misma condición. Esto está en concordancia con lo que afirmó Platón: Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte.
Habiendo usurpado los puestos de mando de la comunidad, estos gangsters de la política consolidaron un sistema que proclaman bueno y en beneficio de las mayorías, pero que analizado, resulta ser un engaño monstruoso que sólo beneficia los torcidos intereses de sus inspiradores.
Hecha esta corta introducción, queremos reflejar lo que hizo el hombre de su hábitat, visto en los albores del tercer milenio.
El codicioso no se ocupó de transformar, adaptar y poner a producir la tierra que poseía, sino que pensó en cómo beneficiarse del trabajo de otros, y para ello, debió ingeniarse maneras para lograrlo. Empezó entonces a desarrollar armas de ataque que le dieran ventaja sobre las armas defensivas de los pueblos laboriosos y medios para trasladarse. Ensayó con animales mansos y pacientes, como los elefantes, pasando por camellos, asnos y mulares, hasta lograr domesticar el caballo salvaje que le garantizó mayor velocidad y por lo tanto, eficiencia. Luego quiso husmear del otro lado del agua y se valió de troncos de árboles que había visto flotar, hasta que resolvió atarlos y resultó una balsa. Alguien que se puso a limpiar un leño apagado, extrajo carbón del centro y vió que esa cavidad podía servir para enviar objetos sobre el agua y así nacieron las primeras canoas.
Estas generalizaciones simples, que eso son, no pretenden ahondar en disquisiciones históricas, pues no es el objetivo de estas modestas inquietudes, sino, que sólo tratan de subrayar una perogrullada que se debe mantener presente en lo que aquí se presentará, y es la de que unos nacen inclinados a la justicia, mientras otros a atropellar los derechos ajenos. En la naturaleza siempre hay hienas que arrebatan la caza de las otras especies, o simplemente la hurtan con argucia.
Este instinto, con el crecimiento del número de habitantes, debió ir modificando y complementando los medios simples para ajustarlos al aumento y a la evolución de la población.
El violador de los derechos ajenos hubo de constituir para sus fines, alianzas políticas, militares, religiosas…
Sólo fue cosa de tiempo llegar hasta la enmarañada red del actual entramado social, que contradictoriamente es llamado “ordenamiento de la sociedad”. En ese desorden planetario, los distintos grupos sacaron su rebanada y resultaron países, muchos eufemísticamente llamados estados de derecho, y estos agrupados en “organizaciones”, uniones, pactos u otras denominaciones hipócritas de las distintas agrupaciones.
Reza un refrán popular, que “buen pájaro no ensucia el nido”, pero el gran nido que compartimos todos los hombres, se hizo imposible mantenerlo limpio, pues las aves de rapiña no cesan de excretar sobre él.
La definición de Dios que más me lo explica y que le imprime, a mi parecer, el atributo que más lo diferencia del hombre, es la de que “Dios es infinitamente simple”. Estas cuatro palabras encierran un contenido filosófico-teológico inconmensurable. Creo modesta, pero sinceramente, que de esa corta definición se puede derivar todo lo que el hombre es capaz de intuir acerca de Dios: Ese “Ente Infinito”, como lo llamó Fenelón, es por deducción: infinitamente bueno, sabio, justo, perfecto, poderoso y en resumen, le son propias todas las virtudes en grado infinito.
Pero aterricemos y volvamos al hombre. ¿Qué hizo el hombre para alejarse más de Dios? No tratar de imitarlo siendo simple, sino, apartarse de la línea recta, buscando una torcida para hacerlo todo complejo, confuso y desapacible, pues vió que produciendo un caos, se le facilitaba enormemente dominar y explotar a sus congéneres.
Como iremos viendo más adelante, el orden lo transformó en desorden; de la justicia hizo un esperpento de parcialidad e iniquidad; la moral la acomodó a sus intereses y la volvió relativa; arrogantemente ha pretendido aprisionar la sabiduría tras los muros de unas ciencias naturales que él sea capaz de entender; quiso justificar su pravedad atribuyéndole descaradamente a Dios crueldad y venganza; y en lo único que sí quiso imitarlo fue, en convertirse él en un ser poderoso, lo que ha conseguido en dosis humanas, a fuerza de pisotear la ley natural.
¿Sería por ello que Dostoievski parafraseando a Nietzsche puso en boca de Iván Karamázov, que si el diablo existe, lo creó el hombre a su imagen y semejanza?
Aquí hacemos un parón en el camino para enfatizar, con Ortega y Gasset, la diferencia entre el comprender y el saber. “¡Sabemos tantas cosas que no comprendemos!” afirmaba Ortega en sus “Meditaciones del Quijote”; y más adelante: “La filosofía es idealmente lo contrario de la noticia, de la erudición”. No desconocemos que lo que venimos consignando sean lugares comunes para muchos, pero nos mueve el interés de comprenderlo, esto es, verlo desde el ángulo filosófico. Creo, que el hombre ontológicamente visto, sus propiedades trascendentes condicionan su comportamiento en la vida mortal.
El pasado es un cadáver putrefacto, que aunque repugnante, valioso para estudiar la anatomía de la historia humana y explicarnos el fracaso y la frustración de la sociedad en la que tenemos que vivir. Sólo los premiados con esperanza pueden encarar la incertidumbre del futuro con optimismo.
No temo equivocarme al afirmar, que muchas leyes humanas se fueron haciendo para poder violar más sutilmente y en provecho de sus inspiradores, la ley de Dios. El hombre ha producido tal cantidad de leyes, decretos, disposiciones, ordenanzas, etc., que ha creado un supuesto “ordenamiento jurídico” caótico, de aplicación casi imposible, que sólo ha servido de obstáculo para la aplicación de justicia. No sin razón afirmaba Descartes: La multitud de leyes, frecuentemente presta excusas a los vicios.
Los pueblos primitivos confiaban a los ancianos la jurisdicción de la tribu y lo hacían prevalidos de su recto sentido común, esto es, de la ley natural y experiencia. A diferencia de hoy, todos los sometidos al tribunal de los ancianos sentían que se les había hecho justicia.
Siempre los malos quisieron aparentar ser buenos y hasta los peores bribones quieren ser tenidos por virtuosos. Había pues que ocultar la protervia tras un manto de probidad y ello no se podía alcanzar sin deformar lo indeformable, la moral. El hombre debió entonces ingeniarse la sentencia de que “La autoridad proviene de Dios”; esto es, que quien llega al mando de un conglomerado social, no importando los métodos, ha sido ungido por Él. Así prevalido de semejante mandato, se siente autorizado hasta para interpretar, modificar y corregir la Ley de Dios.
El mandato divino de “no matarás”, lo explica diciendo, que el hombre del común es incapaz de penetrar el arcano del dador de esos mandamientos y que él, como elegido para regir los destinos de la sociedad, ha sido iluminado para interpretarlos y explica, que el creador naturalmente quiso decir: No matarás, pero excepción hecha de quienes perjudiquen el “interés común”. Con esta aclaración de la ley natural, “tan obvia”, está apoderado, no para matar, sino, para ejecutar en nombre de la sociedad.
De esta manera fue deformando a su conveniencia toda la casuística y lo que es peor, le hizo creer a la masa, que esa es la verdadera moral.
La teología, la deontología y hasta la filosofía pura le estorbaron, entonces resolvió que sólo puede ser verdad lo medible o comprobable mediante las ciencias naturales.
Una sociedad con la conciencia así deformada es el caldo de cultivo idóneo para que se esparza la maleza.
De este estado de cosas surgió la mediocridad, tan útil para los tiranos. De la masa acondicionada por falsos guías emergieron los mediocres, esas mayorías adocenadas que viven en un letargo, anestesiadas con permanentes dosis de lavado cerebral, pero que creen vivir en Jauja. De estos especímenes hay dos clases, los mediocres que creen que lo son, y los que se creen iluminados; los primeros pueden ser hasta adorables, pero los segundos, siempre serán detestables. No obstante, las dos categorías constituyen el rebaño dócil que obedece pronta y sumisamente, que no cuestiona, que no tiene metas elevadas, que se basta con los cachivaches iridiscentes que le arrojan sus amos, que vive contento, aunque nunca alcanzará la felicidad a la que tampoco aspira, pues sus pensamientos no alcanzan hasta allá.
A diferencia de quienes no permitieron la invasión de su fuero interno, esa masa anodina nunca sospecha de quienes le ordenan desde altas posiciones, ni de quienes aparecen tras pantallas o micrófonos o simplemente, de quienes discursean desde una tribuna.
Ese mediocre recuerda a un personaje de don Pío Baroja en sus “Inquietudes de Shanti Andia”, Libro Segundo, JUVENTUD, Capítulo III: Don Matías era el tipo del buen burgués: bruto, rutinario, indelicado y, en el fondo, inmoral. Toda rutina le parecía santa; el precedente, la mejor razón.
El rebaño creyó y cumple ciegamente el mandato de sus líderes que ordenan no criticar, por ser de mal gusto, mala educación y ser la crítica el distintivo de frustrados y fracasados. Bien escribía Ortega en las ya citadas Meditaciones del Quijote, que: Ciertas almas manifiestan su debilidad radical cuando no logran interesarse por una cosa, si no se hacen la ilusión de que es ella todo o es lo mejor del mundo. En este orden de ideas se entiende por qué toda fruslería que le ofrece su mayoral, la considera la panacea.
Siguiendo por el mismo camino puede verse con claridad el mundo que creó Dios y el mundo que transformó el hombre.
Dios le dio a su creación un aire puro y diáfano, unas aguas cristalinas y limpias, un clima predecible y ordenado, un equilibrio que garantizaba un suministro holgado a todos los seres vivientes y una capacidad de transformación y absorción de deshechos para no poner en peligro el balance y así empezaron a manejarlos los primeros hombres aun no contaminados.
Lo que a la naturaleza le tomó millones de años, el ser humano ha sido capaz en apenas unos cuantos siglos de malograrlo, cubriendo con cemento y supuestas obras de progreso superficies enormes de tierra y en su rapacidad, no permitió que el crecimiento de las plantas se hiciese a ritmos naturales, sino, que también debió ayudar con agroquímicos y con pesticidas, exterminando de paso miles y miles de especies. No satisfecha su codicia, empezó a industrializar, y a motorizar su hábitat, contaminándolo hasta límites insoportables.
Es claro que el hombre sólo tiene un destinatario para hacer el bien y ese es el prójimo, porque a Dios nada le puede dar ni agregar, pues lo posee todo en grado infinito, incluyendo gloria, que algunos pretenden darle sin saber que a Dios no le cabe ni un ápice de nada bueno.
Pero hay varios móviles para hacer el bien: el desinteresado, el altruista, el que se hace por caridad, esto es, por puro amor o el que se hace para parecer bueno; o para conseguir beneficios, sin importar el bien de los congéneres.
Normalmente es este último el que practican los dirigentes de la sociedad, especialmente los políticos.
El psicólogo francés Gustav Le Bon acuñó el preocupante concepto de “muchedumbre psicológica”, según el cual:
Cualesquiera que sean los individuos que componen la muchedumbre psicológica, y por semejantes o no que sean su género de vida, ocupaciones, carácter e inteligencia, por el solo hecho de transformarse en muchedumbre adquieren una clase de alma colectiva que los hace pensar, sentir y obrar de una manera completamente diferente a aquella como pensaría, sentiría u obraría cada uno aisladamente.
Lo anterior no es nada distinto al “conformismo social” del que habló el norteamericano Solomon Asch y que demostró con experimentos, según los cuales, al menos tres cuartas partes de los conglomerados pueden cambiar sus opiniones propias correctas, por opiniones erradas, cuando son influidos desde afuera. Las investigaciones de Asch fueron corroboradas por un profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) que afirmó: La información que nos facilitan otras personas puede influir en nuestra percepción hasta un nivel muy profundo”, independientemente de si es o no veraz.
Como era de esperarse, estos conceptos no han encontrado difusión, pues ponen en entredicho la forma en que funciona la democracia tal como la promueven sus beneficiarios.
Muchos, al ver una Historia deformada y falaz, una democracia que actúa en beneficio de unos pocos contra el bien común, creen que pueden aferrarse a la tabla de salvación, a la que sirve de control a los poderes públicos, a la prensa. Nada más lejos de la verdad y aquí baste reproducir las palabras de John Swinton, jefe de redacción por muchos años del New York Times, durante el almuerzo de despedida que le ofrecieron sus compañeros de trabajo con motivo de su jubilación. Al final, uno de los asistentes levantó su copa y propuso brindar por la independencia de la prensa, a lo cual Swinton expresó:
No existe una prensa independiente, a no ser en una pequeña ciudad de provincia: vosotros lo sabéis y yo lo sé. No hay ni uno sólo entre vosotros que ose escribir su honesta opinión y, si lo hiciera, sabéis de sobra que vuestro texto jamás sería publicado…. El oficio de periodista en Nueva York, y en toda América, consiste en destruir la verdad, en mentir abiertamente, en pervertir, en envilecer…. ¿Qué locura es esa de beber a la salud de una prensa independiente? Somos herramientas y criados de hombres ricos que se ubican tras las bambalinas. Somos unos polichinelas: ellos tiran de los hilos y nosotros bailamos. Nuestros talentos, nuestras posibilidades y nuestras vidas son propiedad de otros hombres. Somos unos prostitutos espirituales.
Goethe afirmaba que: La memoria llega sólo hasta donde llegan nuestros intereses.
Su manía de ir en contravía del sentido común lleva al hombre a que en su conciencia y en la toma de decisiones no gobiernen la razón y el sentimiento, sino sus intereses egoístas y los de sus patrocinadores. El cerebro lo emplea principalmente para manipular la sensibilidad de las masas y así sacar provecho personal o grupista.
Probablemente uno de los fraudes más grandes a que haya sido sometida la humanidad, sea la falsificación que se ha hecho de los conceptos de democracia y de libertad de expresión. Mientras no se condenen estas grandes farsas, artificiosamente maquilladas y disfrazadas por sus beneficiarios para presentarlas a unas masas previamente enajenadas, como axiomas y hasta como incuestionables dogmas a los que sólo es posible tributar devoción y adoración, no será posible sustraer a la sociedad del oprobio, de la mentira y de la esclavitud.
Aunque la corrupción no sea un sistema político, y no haya estado ausente prácticamente de ninguno, sí ha sido la inspiradora y el lubricante de muchos que fueron concebidos ya corruptos.
Alguien me argumentaba, que “la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”, y yo me permití responderle, que no estaba de acuerdo, pues la prostitución es de suyo una actitud corrupta, y ya antes había políticos.
Kant expresó: Dos cosas me llenan el espíritu de admiración y espanto, el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral de mí mismo.
El hombre siempre ha luchado por conseguir lo que la sociedad admira, y en su egolatría y vanidad no ha cejado esfuerzos por tener o aparentar tener, porque para las abrumadoras mayorías es irresistible el deseo de ser adulados.
Shakespeare sentenció: Vale más ser despreciado y saberlo, que vivir adulado y tenido siempre en desprecio.
El corrupto se comporta hacia afuera como si desconociera esta evidencia, pero para sus adentros se siente culpable. No obstante, persiste en su corrupción soterradamente y haciendo ingentes esfuerzos por esconder y negar sus actos vergonzosos, pues es sabedor que no hay nada que genere más desprecio que su vicio.
Los grandes pensadores de la humanidad en todas las épocas han predicado la recta moral y han dejado criterios para un obrar a la altura de la dignidad del hombre.
Pero el comportamiento que vemos en la sociedad parece estar cada vez más alejado del ideal que planteó Kant: Obra de manera que la razón de tus actos pueda servir de ley universal.
La corrupción no se combate condenando los pecados de los otros, ni tampoco justificando los propios, ni con “un millón de muertos”, como nos recordó José María Gironella, ni con los treinta y cinco millones de víctimas de la Revolución de Octubre, ni con los supuestos seis millones de los campos nazis; mucho menos con conferencias internacionales y sus declaraciones de buenas intenciones, ni tampoco con organismos dedicados a buscar soluciones, pues un general honesto nunca enviaría una patrulla al mando de un cabo para hacerle frente a una división blindada.
Los vicios electoreros democratizantes han sido tan profundos y están tan arraigados en la naturaleza de quienes hoy se dedican a la política, que no es posible una enmienda o dar marcha atrás. Sería como hacer que el tiempo se devuelva, o como “pedirle peras al olmo”.
El programa de sujeción de masas no es posible desarrollarlo sin acceder a los puestos de toma de decisiones.
La corrupción siempre surgió del abuso del poder y de hecho, ya esta tendencia está marcada desde la primera edad; el niño más grande abusa del más chico; el más listo, del tonto; quien dispone de más dinero se compra el ingreso en el equipo que representará a su clase...
Lord Acton sentenció que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
La corrupción ha sido uno de los temas más señalados y discutidos por el público, por los medios de información y por supuesto, por los políticos, especialmente por los corruptos, y existe una abigarrada clasificación de este flagelo, tanto en la terminología corriente, como en la jurídica. Se habla de corrupción personal y de corrupción oficial; de tráfico de influencias, de valimiento, de soborno, de extorsión, de peculado, de concusión, de abuso de información privilegiada, de abusos con los subordinados o con los más débiles; de clientelismo, de populismo, amiguismo y nepotismo, y hasta de cleptocracia.
El tema de la corrupción es imprescindible en cualquier campaña política y en cualquier gestión de gobierno y todos sin excepción, corruptos y no corruptos, la atacan y promueven leyes para perseguirla, pero leyes sin dientes y se ha vuelto tan trillado el asunto, que ya se oye como oír llover en una región de un continuado monzón. Resulta paradójico constatar, que en la medida en que la sociedad hace avances científicos y materiales, se percibe un retroceso proporcional en la moral, llevando a las mayorías a una esclavitud de nuevo cuño, porque unos pocos acapararon para si la tajada del león, y esto no fue posible sin el fomento de la corrupción.
La tan invocada lucha contra la corrupción por las “democracias actuales”, no pasa pues de ser la de la zorra con las uvas que nos narra la fábula. ¿Pero qué político, especialmente en campaña electoral, no incluye dentro de sus demagógicas promesas la de acabar con la corrupción, sabedor de los votos que esa mágica palabreja, ya degradada a expresión estereotipada, reditúa?
Pero la más perniciosa, a mi juicio, de las manifestaciones de corrupción, es la que ejercen intencionalmente o como idiotas útiles, comentaristas de medios de “información”, bajo el control de organizaciones secretas. Estos supuestos periodistas, unos ya bien amaestrados y otros simplemente como muñecos de ventrílocuo, son aupados desde arriba a transmitir falacias que a fuerza de repetirlas una y otra vez, con toda suerte de disfraces, acaban deformando las conciencias débiles.
Es así como conceptos tan altos y tan caros, como libertad de prensa y democracia, han sido insidiosa y machaconamente tergiversados y la masa ha terminado creyendo, o por lo menos, aceptando las interpretaciones con que la sociedad es constantemente apabullada.
Las grandes mayorías están atrapadas en un poderoso remolino informático del cual es casi imposible escapar, pues son muy escasos o insignificantes los medios que no están bajo la vigilancia de intereses ocultos.
Vemos como ese torbellino mediático está destruyendo obstinadamente el patrimonio moral e histórico de todos los pueblos, pues son sabedores que naciones desmoralizadas, libertinas, sin apego a sus tradiciones, ni a su pertenencia; con una conciencia de democracia y de libertad deformadas, son presas fáciles de dominación.
Con la triste realidad de cerebros lavados, hemos caído en un círculo vicioso, pues combatir la corrupción desde micrófonos, pantallas o imprentas controlados, es tan efectivo como encerrar el perro en la carnicería para cuidar la carne.
El mercado, ha sido otro criterio, que espías al servicio de intereses que gobiernan las naciones más poderosas, han deformado y degradado para convertirlo en instrumento de oprobio.
Las fuerzas todopoderosas del mercado lo han convertido en dogma de fe para terminar de exprimir las venas ya exangües del rebaño.
Son corruptas las leyes de la competencia en la globalización que vivimos.
El poder económico abusa de las debilidades de la competencia para devorarla.
Estamos siendo espectadores de unas “Justas deportivas” en las que compiten por la totalidad del trofeo briosos caballos purasangre contra asnos famélicos.
Este concurso disconforme está polarizando cada día más a los habitantes del planeta y está logrando a pasos agigantados lo que pretenden sus promotores, esto es, unos escasísimos dueños de las riquezas, y el resto, una masa de vasallos. La sociedad mundial está pues indefectiblemente en camino de una esclavitud económica forzada, tan soñada y minuciosamente planificada.
La corrupción existe pues a todos los niveles y se puede hablar objetivamente de corrupción de clases, desde la del mendigo menos impedido que por unas monedas de más, con amenazas desplaza a su colega de la puerta mayor de la iglesia; hasta la del Jefe de Estado de la gran potencia que por adicción al supremo poder y a las grandes riquezas, traiciona a sus conciudadanos, les miente, los engaña y los vende.
La primera en este mundo paradójico es vituperable, causa oprobio y el desprecio de las gentes. La segunda en cambio, gracias al lavado de cerebros de los medios, despierta admiración y sus autores son elogiados como ingeniosos, clarividentes, hábiles, sagaces y el vulgo los califica hasta de aviones, porque vuelan muy alto. Ocurre el mismo fenómeno del pobre cuando se embriaga que es tildado de borrachín, de degenerado; en cambio el rico es sólo el señor que reposa, o sabatiza, o santifica las fiestas.
Grupos como Transparencia Internacional, que colabora con la Conferencia Mundial Anticorrupción, con la Universidad de Göttingen y el Banco Mundial, entre otros, no pasan de la teoría y de hacer pronunciamientos que ya se han vuelto lugares comunes y que los medios ignoran o relegan a últimos planos. Su arte se ha comparado con el de Cantinflas, el célebre cómico mexicano de la pantalla, que consistía en hablar y hablar, sin decir nada.
En países como los Estados Unidos de Norteamérica, donde casi todas las grandes multinacionales, con la mirada complaciente de los gobiernos, manejan cuentas off shore para sobornar gobiernos extranjeros, partidas que son contabilizadas y aceptadas en muchos países como erogaciones especiales, hay y como no, agencias gubernamentales encargadas de la supervisión de actuaciones corruptas. Para las operaciones bursátiles y para la administración de impuestos, por ejemplo, existen Securities and Exchange Commission o el Internal Revenue Service, que hipocritamente han conducido a lo que se ha llamado el apresuramiento corporativo a confesarlo todo, The corporate rush to confess all.
Según un estudio sobre 350 empresas en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Holanda, Hong Kong y Brasil – realizado por el gabinete Control Risks, especializado en la corrupción, y el de abogados Simmons & Simmons – un 43% de ellas dicen haber perdido contratos por las “coimas”.
La economía de Hong Kong es la más afectada de las siete estudiadas, pues tres cuartos de sus empresas afirman haber perdido contratos por esta causa en los cinco últimos años, un aumento con respecto al 69% en 2002.
En Holanda, la corrupción aumentó en la misma proporción de 6 puntos y pasó a 46%, mientras que en Estados Unidos pasó a 44%, cuando era 32% en 2002.
Un 38% de las empresas brasileñas dicen haber perdido contratos por las “coimas” pagadas por sus rivales, lo mismo que 36% de las alemanas, 34% de las francesas y 26% de las británicas.
“La corrupción sigue siendo un enorme problema internacional y una gran proporción de empresas honradas siguen perdiendo frente a competidores deshonestos”, declaró John Bray, consultante de Control Risks.
Un 10% de las empresas consultadas estiman que las comisiones ilegales podrían representar hasta la mitad del costo total de los proyectos en juego, y 7% afirman que las “coimas” pueden representar un costo más elevado aun.
Según el estudio, los niveles de corrupción tienen un impacto desfavorable en la capacidad de un país para atraer la inversión extranjera: más de 35% de los inversores consultados dicen haber sido desalentados de arriesgarse en un país con mala reputación en la lucha contra la corrupción.
Al palpar tanta miseria y tanta injusticia, martillan en lo más profundo de los seres humanos decentes las frases de Ernesto Sabato en sus memorias “Antes del fin”*:
Al parecer; la dignidad de la vida humana no estaba prevista en el plan de globalización. La angustia es lo único que ha alcanzado niveles nunca vistos. Es un mundo que vive en la perversidad, donde unos pocos contabilizan sus logros sobre la amputación de la vida de la inmensa mayoría. Se ha hecho creer a algún pobre diablo que pertenece al Primer Mundo por acceder a los innumerables productos de un supermercado. Y mientras aquel pobre infeliz duerme tranquilo, encerrado en su fortaleza de aparatos y cachivaches, miles de familias deben sobrevivir con un dólar diario. Son millones los excluidos del gran banquete de los economicistas.
Cuando por la calle veo tantos negocios cerrados, o vecinos del barrio me detienen para decirme que no podrán seguir manteniendo su tallercito, que no les rinden las ganancias para cubrir los impuestos, pienso en la corrupción y la impunidad, en el grosero despilfarro y en la sensación de que estamos en el hundimiento de un mundo donde, a la vez que cunde la desesperación, aumenta el egoísmo y el “Sálvese quien pueda”. Mientras los más desafortunados sucumben en la profundidad de las aguas, en algún rincón ajeno a la catástrofe, en medio de una fiesta de disfraces siguen bailando los hombres del poder; ensordecidos en sus bufonadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario